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Fotograma de Qué bello es vivir.

Cuando Dios brilla por su ausencia

El séptimo arte puede ser un vehículo muy apropiado para representar la grandeza y la miseria del corazón humano y para plasmar el misterio de lo sobrenatural, aunque sea de forma indirecta.

Por Alfonso Basallo

El más eficaz cine religioso es el que no lo es explícitamente, ya que la hagiografía suele ser contraproducente, salvo excepciones como La pasión de Cristo, de Mel Gibson. Esta reúne cuatro cualidades que no se dan en la mayoría de ese tipo de películas: producción de lujo, valor cinematográfico per se, carencia de complejos, y un tema universal. El resto propende a la estampa, y entonces puede provocar desinterés o grima. Se salvan pocas: De dioses y hombres, Calvary o El noveno día. El cine italiano tiene algún caso notable, como Santa Rita de Casia, de Giorgio Capitani. Y en el cine español destacan, sobre todo, algunos documentales, como Libres, de Santos Blanco, un filme sobre la vida contemplativa  que nada tiene que envidiar a El gran silencio, la película alemana sobre la Gran Cartuja.

El documental está teniendo un revival en España, con propuestas muy interesantes como las de José María Zavala, las de Juan Manuel Cotelo y el nutrido catálogo de Goya Producciones. El abanico de posibilidades que abre el documental para transmitir la fe es muy amplio y soslaya, creemos, los riesgos de la ficción.

Cuestión aparte, en el cine clásico, es Frank Capra, un caso único, con películas como Vive como quieras o Qué bello es vivir, que no son religiosas, sino frecuentemente comedias, pero que remiten al Evangelio de forma plástica: el desprendimiento, la fe en la Providencia, la alegría, la caridad. Pablo Alzola explica en su ensayo El silencio de Dios en el cine que hasta el reverso de lo religioso puede ser un vehículo para transmitirlo, mostrando la necesidad de Dios en medio del mal, la frustración o la desesperanza. Pone, entre otros, dos ejemplos. En Tres anuncios en las afueras, los personajes evolucionan dejando que el perdón se imponga a la violencia, en una historia donde el motor es la sed de venganza de la madre de una adolescente violada y asesinada. Y en la dostoyevskiana Delitos y faltas, de Woody Allen, se plantea si existe un Dios que nos ve y nos juzga. El protagonista, un prestigioso médico, encarga que maten a la amante que lo chantajeaba, y una vez cometido el asesinato, él se atormenta pensando que la vida carece de sentido si el crimen queda sin castigo, es decir, si nuestros actos no tienen consecuencias. Como dice el personaje de otra novela de Dostoyevski (Los hermanos Karamazov), si Dios no existe, “todo está permitido”.

“El séptimo arte puede ser un vehículo muy apropiado para representar la grandeza y la miseria del corazón humano ”

Las nieves del Kilimanjaro, película francesa, de Robert Guediguian, sobre un estibador del puerto de Marsella que no sólo perdona a sus atracadores, sino que además los acoge. Tiene un trasfondo socialista explícito, pero también un trasfondo cristiano implícito, ya que quien patentó el invento del amor a los enemigos fue Jesucristo. Otro caso es el de Solas, de Benito Zambrano, con la historia de esa mujer semianalfabeta, maltratada por un marido zafio y machista y que, a pesar de estar en segundo plano, transforma a los que la rodean y hace posible que su hija no aborte a la criatura que lleva en su seno. Representa a un tipo de mujer que ha pasado de moda, en la época de las superwomen emancipadas, una mujer como nuestras bisabuelas, heroínas del pañal y la sartén, que no se daban importancia, que lo hacían todo con tanta discreción que ni nos enterábamos. Calladas, abnegadas, frecuentemente ninguneadas, pero que poseían esa sabiduría paradójica de las madres de toda la vida y su  “capacidad de fingir, sufrir y amar” como dice Pedro Almodóvar. El personaje –encarnado por la actriz María Galiana– tiene un rasgo muy cristiano: toma la vida como viene. No es mera resignación, sino algo más profundo: elegir lo que a uno le pasa y asumirlo, el ejercicio supremo de libertad.  Todo ello demuestra que el séptimo arte puede ser un vehículo muy apropiado para representar la grandeza y la miseria del corazón humano y para plasmar el misterio de lo sobrenatural, aunque sea de forma indirecta.

Artículo publicado en la edición número 75 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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