Un cura torturado en Siria: “La oración y la Virgen me salvaron del ISIS”

Durante los cinco meses que estuvo secuestrado por el Estado Islámico, cada día pensaba que sería el último. Hoy, ya libre, el sacerdote sirio Jacques Mourad subraya la importancia que tuvo la oración durante su cautiverio para sobrevivir a torturas y a pruebas como escapar a través del desierto en moto.

Por Blanca Ruiz Antón Fotografía: Ayuda a la Iglesia Necesitada

El padre Jacques Mourad durante la celebración de La noche de los testigos, organizada por Ayuda a la Iglesia Necesitada en París (Francia)

Era el 21 de marzo de 2015. El Estado Islámico iba avanzando implacablemente en Siria. Sin previo aviso, unos encapuchados entraron en el monasterio de Mar Elian, en la provincia de Homs, donde vivía el padre Jacques Mourad junto con otros religiosos de la congregación Al Kahil, “Amigos de Dios”.

Sin poder coger nada, en medio de un gran desconcierto, le obligaron a él y a un postulante de su congregación a entrar en el maletero de un coche. Fueron atados de pies y manos con cadenas, y con los ojos vendados.

Así fue como el padre Mourad fue secuestrado por el Estado Islámico. Ahora nos cuenta cómo sobrevivió física y espiritualmente a la prueba más fuerte que jamás se le había presentado: “Cuando estaba en el maletero del coche y no sabía qué iba a pasar, me dirigí a la Virgen, como un niño que necesita del cuidado de su madre. No sé por qué, pero supe que tenía que hacerlo. Empecé a rezar el rosario y me invadió una gran paz; supe que la Virgen estaba presente a mi lado”, explica el sacerdote de rito siro-católico.

A diario lo amenazaban con degollarle con un cuchillo si no se convertía al islam, pero cada día él respondía: “Soy nazareno”, es decir, “Soy cristiano”

“¿Qué eres? Soy nazareno”

Durante cuatro días, el sacerdote y el postulante estuvieron encerrados en el maletero. Después los condujeron a un cuarto de baño, con el único objetivo de humillarlos. En aquel aseo de la ciudad de Al Raqa permanecerían gran parte de su secuestro.

En esa situación, el padre Mourad tenía la liberación muy cerca: tan solo debía renegar de su fe católica para quedar libre. Cada día, durante los cinco meses que estuvo secuestrado, los miembros del Estado Islámico lo amenazaban con cortarle la cabeza si no apostataba.  Y cada día el padre Mourad prefirió la muerte a negar a Cristo. “A diario alguien entraba en mi prisión y me preguntaba: ‘¿Qué eres?’, y yo respondía: ‘Soy nazareno’, es decir, ‘soy cristiano’.  Y me decían: ‘Entonces eres un infiel, y si no te conviertes (al islam), te degollaremos con un cuchillo’”, recuerda para Misión.

Torturado en un baño

Las torturas psicológicas eran peores que las físicas, porque no sabía si al día siguiente seguiría vivo, sin embargo, “mientras estuve prisionero esperaba el día de mi muerte con una gran paz interior. No tenía ningún problema en morir por Nuestro Señor. No sería ni el primero ni el último, sino uno entre los millares de mártires por Cristo”.

Según explica, “gracias a la oración, a la Virgen María y al Espíritu Santo, no hice caso a mis miedos ni a los sentimientos negativos. Me abandoné en Dios, rezaba todos los días la “oración del abandono” de Charles de Foucauld y comprendí durante esa soledad que la verdad siempre necesita sacrificio. Quería celebrar la Misa, comulgar y unirme a Jesús, pero era imposible. Así que celebré la misa en mi corazón todos los días; la llamé ‘Misa de la nostalgia’”.

“Quería celebrar la misa, comulgar y unirme a Jesús, pero era imposible. Así que celebré la misa en mi corazón todos los días; la llamé ‘Misa de la nostalgia’”

El padre Jacques Mourad durante su primer encuentro con la prensa, en Roma, tras ser liberado.

Hoy asegura que lo único que le mantuvo con vida fue la oración personal y la comunión de los santos. Su tiempo de cautiverio fue como un “retiro espiritual, como un camino de purificación” en el que comprendió “solo un poco de lo que Jesucristo sufrió por nosotros”.

En la soledad de su encierro, aprovechaba para rezar por su comunidad, por la paz en Siria, por la Iglesia… “Y también sentí de un modo muy fuerte la oración de todo el mundo por mí. Sé que la oración me salvó”, cuenta. Entonces no sabía que los feligreses de su parroquia se reunían todos los días a rezar el rosario por su liberación, a pesar del miedo a ser también secuestrados.

Una misa clandestina

De hecho, cerca de 250 de sus feligreses fueron secuestrados en redadas posteriores, y con muchos de ellos se reencontró cuando los terroristas trasladaron su cautiverio de Al Raqa a Qaryatayn. Al verse de nuevo juntos, celebraron una misa clandestina, escondidos en un sótano: “Celebramos la misa por primera vez en cuatro meses. Fue un milagro encontrar el pan y el vino. Estábamos escondidos y teníamos miedo, pero comenzamos a cantar y el miedo se pasó. Fue muy especial”.

En la ciudad de Qaryatyn encontró a algunos jóvenes musulmanes. Y a los 40 días decidió escapar. Pidió ayuda a un joven musulmán, quien arriesgando su propia vida decidió colaborar con él. El 10 de octubre de 2015 aprovechó un descuido de sus captores y cruzó el desierto en la motocicleta del joven, sin dejar de rezar a la Virgen.

“Estoy vivo para dar testimonio de que nuestra fe es eficaz, porque conmigo Dios ha hecho un milagro”

En los tres días posteriores a su fuga, junto con algunos jóvenes musulmanes, el padre Mourad ayudó a escapar a 58 cristianos. Y poco después, los cerca de 190 restantes también huyeron. Hoy el padre Mourad no tiene duda alguna: “La oración, el rosario y la Virgen me salvaron del ISIS. Estoy vivo para dar testimonio de que nuestra fe es eficaz, porque conmigo Dios ha hecho un milagro”.

La oración del abandono de Charles de Foucauld

 

Padre mío,

me abandono a Ti.

Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí te lo agradezco,

estoy dispuesto a todo,

lo acepto todo,

con tal que Tu voluntad se haga en mí

y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en Tus manos.

Te la doy, Dios mío,

con todo el amor de mi corazón, porque te amo,

y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida, con infinita confianza,

porque Tú eres mi Padre.

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