Por Marta Peñalver
Amazon, Netflix, Uber, TikTok, WhatsApp, Bizum… hace sólo unos años eran palabras inexistentes en nuestro vocabulario y, sin embargo, hoy muchos las pronuncian a diario. Todas las comodidades y beneficios asociados a ellas han conquistado a grandes y pequeños, pero son los niños quienes, habiendo nacido en ese contexto cultural tan marcado por la inmediatez, tienen el peligro de perder la capacidad de reflexionar, de esperar, de elegir el camino bueno, aunque sea el más largo.
Y es que hoy los niños y adolescentes están acostumbrados a que todo suceda ya, Fernando Alberca, neuropsicólogo y autor, entre otros, de La magia del esfuerzo (Toromítico, 2025), explica a Misión que “esta impaciencia crónica debilita la voluntad, el esfuerzo y el disfrute y además genera nerviosismo, ansiedad y si no se gestiona bien, insatisfacción vital y depresión”. Como antídoto, Alberca asegura que el único camino posible es “educar en la demora y en la espera, en el deseo de lo profundo, que es educar en la libertad”. Y añade que “el tiempo es de las pocas cosas que el ser humano posee y de cómo lo utilice dependerá que tenga una vida más lograda”.
“El tiempo es de las pocas cosas que el ser humano posee, y si lo utiliza bien, tendrá una vida más lograda”
Desear lo profundo
Esta inmediatez en la que vivimos inmersos es consecuencia de la cultura consumista y genera impulsividad, falta de reflexión y concentración, baja autoestima, apatía, desánimo, ansiedad, insatisfacción, desuso de la reflexión y pérdida de la inteligencia sustituida por la satisfacción efímera, que distrae e impide la satisfacción duradera. Es como tomar una chuchería antes de comer: hará que perdamos el apetito y además provoca mala alimentación. Algo que, a la larga, tiene consecuencias graves para la salud.
Pero “el problema no es que los niños quieran cosas, sino que han dejado de desear lo esencial, lo que necesitan”, explica Alberca. Por eso es deber de los padres educar para encender en ellos el deseo por lo duradero, lo verdadero, lo bello y lo profundo, frente a la falsa plenitud que ofrecen los likes y clics inmediatos. “Hay que enseñar que el deseo humano está hecho para lo infinito, no para lo inmediato. Educar es enseñar a vivir, a esperar y amar lo bueno. A quien no sabe esperar, le costará amar, distinguir lo bueno, vivir y ser feliz”.
Otro de los efectos de esta sociedad a golpe de clic es la falta de profundidad. Nos quedamos generalmente con lo primero que llega, sin preguntarnos si esa información es verdadera, si es completa o si está sesgada. Esa sensación de conocerlo todo, de tener toda la información es falsa pues, en realidad, sucede todo lo contrario. El acceso a la información, sin estructura ni reflexión, genera una falsa sensación de saber. “La educación debe ayudar a ver la unidad de todo, no datos sueltos, que nos esconden la verdad si no se relacionan entre sí. La unidad completada con la reflexión y el suceso del tiempo tiene un valor pedagógico, espiritual y psicológico que un resumen jamás podrá ofrecer la experiencia parcial, inmediata y a corto plazo de lo que se vive. Ver partes sin comprender el todo produce ignorancia disfrazada de conocimiento”, señala Alberca.
«La libertad es la capacidad de elegir lo mejor aunque cueste más»
Mejor el camino largo
En este contexto donde la satisfacción instantánea está al alcance de cualquiera, los padres y educadores deben mostrar que la verdadera felicidad se encuentra muchas veces en el camino más largo y costoso: estudiar, amar bien, perseverar, dominarse… Y es que, a la satisfacción duradera, a la ilusión y a la felicidad se llega por estos caminos. Esto es, según Alberca, educar la libertad, “que es la capacidad de elegir lo mejor, aunque cueste más”. Y añade que “lo fácil no educa y crea apatía. Lo difícil hace fuerte, satisface y enamora”.
Educar desde el vínculo
En una cultura de hiperestimulación, donde los dispositivos están diseñados para liberar dopamina al instante, la educación debe centrarse en cultivar el pensamiento profundo, el asombro y la interioridad. Esto requiere silencio, tiempo, y relaciones humanas auténticas, aprendizaje de lo importante, lo bueno, lo coherente y lo verdadero. “El cerebro que más aprende no es el más estimulado, sino el mejor utilizado y el que más ama y es más amado, el que más aprende lo esencial y lo verdadero, por tanto, es más sabio.”
Y aunque el móvil no maleduca por sí solo, su mal uso tiene consecuencias nefastas. En este sentido, Alberca recomienda retrasar y reducir la exposición de los niños a las pantallas y fomentar el contacto personal. “Frente a una educación cada vez más tecnológica, hemos de descubrir el poder insustituible de la relación humana: el maestro que escucha, el padre que confía, que perdona, que apoya y abraza, la madre que corrige con amor, que exige, que intercede y que consuela. Lo que transforma y llena son las personas presencialmente, no los dispositivos ni los contactos virtuales”.
Pero ¿de dónde nace esta necesidad de llenarse con lo primero que nos propone una pantalla? Muchos jóvenes están desmotivados porque no saben para qué viven, cuál es su misión o qué sentido tiene su existencia. “La cultura de la inmediatez ofrece placeres, pero distrae del sentido verdadero. La educación debe ayudar a descubrir la vocación, la identidad y la misión: quién soy, para qué existo, qué me hace feliz y para qué estoy aquí y ahora”, señala Alberca.
Guía práctica para educar en la sociedad de la inmediatez
1. Proponer cualquier actividad que fomente la paciencia, la espera, la reflexión.… es un antídoto infalible para combatir la cultura de la inmediatez. La lectura, los juegos de mesa, las manualidades, las excursiones, la investigación, escribir, la poesía, los microcuentos, el buen cine, hacer vídeos caseros, exigiendo y premiando más lo bueno y el esfuerzo que el resultado.
2. Ejercitar mucho su paciencia enseñándole a esperar para satisfacer sus apetencias: sed, hambre, comodidad, ganas de saber un dato o de conseguir algo que quiere.
3. No adelantar los regalos ni las sorpresas. Cada cosa llega a su tiempo.
4. Educar en que hay unas cosas más importantes que otras.
5. Enseñar a subrayar, a hacer esquemas y resúmenes, hablar de las películas que ha visto, de los libros que lee…
6. Acostumbrarles a escuchar y a ser escuchados hasta el final.
7. Enseñarles que hay cosas que parecen verdad, pero que son mentira; y cosas que no parecen verdad, y sí lo son.
8. Enseñar a distinguir lo necesario de lo apetecible, lo superficial o accidental de lo profundo o esencial.
9. Educar en valores como opinar sin faltar al respeto a los demás; obedecer a sus padres y profesores; hacer cosas por otros sin esperar nada a cambio.
10. Y como en todo aspecto educativo, los padres deben ser el mejor ejemplo posible, esforzándose y rectificando si hace falta.
Artículo publicado en la edición número 77 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





