El apoyo más seguro en tiempos de dificultad

Entre los santos, el único que conoció la intimidad cotidiana de Jesús y de María ha sido san José. ¿Cómo y por qué acudir a su asistencia?
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Por Rut Sanchez

Por Isabel Molina E. y José Antonio Méndez / Icono Elena Muñoz

Por primera vez en la historia, y con motivo del 150 aniversario de la proclamación de san José como Patrono de la Iglesia Universal, tenemos un año dedicado a él. Una oportunidad única, impulsada por el Papa Francisco, para contemplar a esta pieza clave “que une el Antiguo y el Nuevo Testamento”, según apunta el Papa en su carta apostólica Patris Corde. En definitiva, un año para conocerle y quererle más. Porque, como atestiguan santos de la talla de Juan Crisóstomo, Teresa de Jesús o Juan Bosco, cada vez que se le busca, él acude presto.

La era de san José

El escritor Miguel Aranguren, quien se adentró de lleno en la figura de José para escribir su novela J.C. El sueño de Dios (Homo Legens, 2018), ilustra con un ejemplo personal el modo providente (casi imperceptible) en el que fieles de todos los tiempos han encontrado en san José a un santo de referencia para la vida cotidiana y “para los momentos de angustia”, según indica el decreto de 1870 que lo proclamó Patrono de la Iglesia: “En casa de mi abuela –relata Aranguren para Misión– me llamaba la atención una lámina muy grande en la que san José portaba al Niño en brazos. Aquella sensación que me daba, de patriarca y padre, me gustaba casi de manera inconsciente”.

Esa simpatía natural y espontánea hacia san José suele replicarse en cualquiera que se acerca a su figura. Y cada vez son más los que lo hacen. En los últimos tiempos han sido muchos los Papas, teólogos, sacerdotes y personas devotas del padre legal de Jesús quienes lo han sacado del anonimato y aseguran, rotundos, que estamos en “la era de san José”.

Similitudes históricas

Resulta llamativo comprobar hasta qué punto, cuando Pío IX lo proclamó un 8 de diciembre de hace 150 años Patrono de la Iglesia Universal, la situación guardaba paralelismos notorios con el presente: además de otras enfermedades ya arraigadas en aquellos años, varias oleadas de cólera mataron a millones de personas sin que la medicina lograse contenerla, y suscitaron un pánico generalizado en la población (como recogió Galdós en su Cronicón).

A la vez, el mundo obrero iniciaba una revolución tecnológica que supondría cambios a gran escala; se incrementaban las desigualdades sociales; surgían violentos movimientos de izquierda; los valores del antiguo régimen eran abandonados de forma acelerada; y la tensión política dibujaba bloques cada vez más polarizados.

Además, debido a la guerra franco-prusiana, aquel 1870 se había suspendido el Concilio Vaticano I que pretendía revitalizar la misión de la Iglesia en un mundo cambiante, y a la vez, combatir desviaciones que adulteraban la fe para asimilarla a corrientes del momento, como el racionalismo o el galicanismo (que incidía en la ruptura de la unidad y la doctrina de la Iglesia).

Con el mundo y la Iglesia gestando cambios turbulentos (que eclosionarían muy poco después), fieles y obispos de todo el orbe pidieron al Papa que san José fuese erigido como referencia. “En estos tiempos tristísimos –reza el decreto de Pío IX– la misma Iglesia es atacada por doquier por sus enemigos y se ve oprimida por tan graves calamidades que parece que los impíos hacen prevalecer sobre ella las puertas del infierno”. Así que nada más sensato que pedir protección a quien protegió a Cristo y a su Madre. Y más aún: tomarlo de ejemplo, pues “al que tantos reyes y profetas anhelaron contemplar, José no solamente lo vio, sino que conversó con él, lo abrazó, lo besó con afecto paternal, y con cuidado solícito alimentó al que el pueblo fiel comería como pan bajado del cielo para la vida eterna”, añade el decreto.

Un paso al frente

El sacerdote norteamericano Donald H. Calloway, MIC (Padres Marianos de la Inmaculada Concepción), autor de Consagración a San José: Las Maravillas de Nuestro Padre Espiritual (de momento disponible solo en formato electrónico), explica a Misión que, tras esa proclamación de hace 150 años, se ha conocido más sobre san José que en los 1870 años anteriores: “Se añadió su nombre a las Plegarias eucarísticas II, III y IV del Misal Romano; se le han dedicado encíclicas y cartas –las más recientes, Redemptoris custos (Guardián del Redentor) de san Juan Pablo II (1989) y Patris Corde (Corazón de Padre) del Papa Francisco (2020)–; y se han añadido fiestas en su honor al calendario litúrgico, como la de San José Obrero”.

«La vida de san José fue del todo cristocéntrica»

Se diría que incluso Dios ha propiciado que el santo haya dado un paso al frente para que nos fijemos en él, pues se dejó ver por los videntes de dos apariciones marianas aprobadas por la Iglesia. En Knock (Irlanda, 1879), se presentó a la derecha de la Virgen con la cabeza inclinada hacia Ella en signo de saludo y reverencia, y en Fátima (Portugal, 1917) se le vio durante el célebre milagro del sol. “San José con el Niño parecían bendecir al mundo, con gestos que hacían con la mano en forma de cruz”, apuntó luego sor Lucía. En aquel momento, el mundo se desgarraba entre el auge del comunismo y la Primera Guerra Mundial, y la pandemia de gripe española estaba a punto de estallar.

Aunque el Evangelio no refiere ni una palabra suya, la Tradición muestra que san José es la permanente voz tácita. Y pasa así desapercibido, explica Aranguren, porque “no quiere distraer nuestra mirada de Jesucristo, pues su vida fue del todo cristocéntrica”. Así que, como recuerda el Papa en Patris Corde, de la mano de Jesús y de María podemos encontrar hoy en él a “un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad”.

33 DÍAS PARA CONSAGRARSE A SAN JOSÉ

Donald H. Calloway, MIC, explica a Misión que hace cuatro años, al ver la destrucción de las familias y de los matrimonios que día tras día acudían a él en busca de su asistencia espiritual y ayuda, decidió solicitar a la intercesión de san José. “Había notado que la consagración a la Virgen con la fórmula de san Luis María Grignion de Montfort estaba resultando poderosa para muchos, así que pensé: además de tener a la madre, tenemos que recuperar al padre en la familia. Necesitamos que muchos hombres y mujeres se consagren a san José”.

Calloway se dio cuenta de que para esta consagración se podía adaptar la “brillante fórmula” de Grignion de Montfort, así que se dio a la tarea de escribir un programa similar de oraciones preparatorias durante 32 días y la consagración en el 33, coincidiendo con una fiesta que honre a san José, como San José Obrero o la solemnidad de la Sagrada Familia.   

¿Por qué consagrarse?     

“Si conseguimos que el hombre imite a san José, podremos subsanar la ausencia paterna en la familia que ha sido el drama de los últimos 50 años”, explica Calloway. Además, asegura que a raíz de esta consagración “muchos hombres se han liberado de la adicción a la pornografía; otras personas dicen haber superado trastornos de insomnio –porque san José no era un workaholic (adicto al trabajo), le gustaba dormir bien, tanto que sabemos que Dios le habla en sueños–; o se han curado total y milagrosamente de un cáncer. Hay también quien ha descubierto la vocación al sacerdocio tras consagrarse”.

¿Qué implica consagrarse?

Tanto la consagración a la Virgen como a san José son consagraciones a Jesucristo a través de su Madre o de su padre, “dos modelos para acercarnos a su Hijo”, puntualiza el padre Calloway. En particular, la consagración a san José “ayuda a la persona a convertirse en ‘otro’ José para estar muy unido a Jesús y a María”, explica el sacerdote. Además, la consagración “da un impulso para crecer en virtud y en santidad”.

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