Por Isabel Molina Estrada
En su libro Romper el Hielo (Palabra, 2025) cuenta que el obispo anterior, cuando lo conoció, le dijo: “Tú serás mi sucesor”. ¿Profecía o juego de adivinanzas?
(Ríe a carcajadas). No me gustó nada. Cuando lo dijo pensé: “Es un chiste clerical malo, malo”. Yo estaba recién llegado a Finlandia. Ahora lo ves con perspectiva y dices: “¡Caray!”. Yo no debí poner buena cara porque él insistió: “Sí, sí, lo he visto clarísimo; es una luz del Espíritu Santo”. Y ese remache me gustó menos.
Sin embargo, 17 años después recibe el nombramiento…
Me llegó el nombramiento del Papa Francisco y acepté, ¡qué iba a hacer! Con mucha alegría, sabiendo que hay tanta gente que me quiere, me apoya y reza por mí; que no estoy solo.

Su diócesis se creó hace 70 años. ¿Cómo es esta historia?
Finlandia fue católica unos 400 años, desde 1150 hasta 1550. Después vino la reforma luterana por otros 400 años. ¡Un empate de cuatro siglos! (Ríe de nuevo con su contagiosa carcajada). Después de la independencia de Finlandia, en 1917, entra en vigor la Ley de libertad religiosa en 1921, y la Iglesia recomienza. Hoy es una iglesia pequeña, un 0,2 % de la sociedad, pero va creciendo por abajo, con un boom de bebés del que estoy contentísimo; y por arriba, pues cada vez más adultos reciben el bautismo.
¿Cuál es su principal desafío?
Nuestro gran desafío son las distancias. Ahora tengo a 100 adultos recibiendo catequesis en las parroquias (tenemos 8 parroquias), y unos 200 en catequesis online, porque para muchos la parroquia católica más cercana está a 300 kilómetros. Afortunadamente tenemos misas también en 20 iglesias luteranas y en 5 ortodoxas, es decir, en un total de 33 ciudades. El ecumenismo para nosotros es una bendición; y para ellos es también un don de Dios.
¿De qué otra manera va reviviendo la Iglesia católica en Finlandia?
Llegan muchos inmigrantes por trabajo, por amor, y muchos refugiados. El mundo por desgracia está enfermo. Hemos recibido unos 7.000 greco-católicos de Ucrania, y cientos de nicaragüenses y venezolanos. Tenemos inmigrantes de todos los países de América, desde Canadá hasta Chile y Argentina; y de las 55 naciones de África. Nuestra iglesia es realmente católica. ¡Es un bonsái de la Iglesia, con más de 100 nacionalidades!
Usted la llama la Iglesia del “fin del mundo, Fin-landia” y, sin embargo, ¡llegan todos estos inmigrantes!
Sí, y tenemos una labor social preciosa. Los que vienen de fuera, sobre todo los refugiados, no se fían del Estado ni de la Policía, entonces los sacerdotes hacemos un trabajo de integración, de ayuda a las familias y a las personas. Servimos de -intérpretes, les buscamos piso, comida… Es una labor en la que el Estado no nos ayuda; no tenemos subvenciones. Y aunque Finlandia es un país muy rico, creo que somos la Iglesia más pobre de Europa. Los precios son altísimos. No llegamos a fin de mes. Por eso, estoy pidiendo muchas oraciones, y pidiendo que la gente nos ayude.
¿Qué otras necesidades tienen?
Necesitamos estructura diocesana: más iglesias (ahora empezamos una en Helsinki y otra en Vaasa); vamos a empezar el primer colegio católico y una casa para ejercicios espirituales y campamentos. Todo esto requiere mucha fe… y mucho dinero que no tengo. Es un desafío económico y humano, porque para poder llegar a todos los católicos dispersos por el país hay que hacer muchos viajes. Yo hago miles de kilómetros para estar con la gente, pues como pastor quiero estar con ellos. Al Papa Francisco le dije: “Usted dice que un buen pastor huele a oveja. Pues yo huelo a reno”.
¿Cuenta con sus 12 apóstoles?
Pues he creado 12 equipos de trabajo con un sacerdote y laicos. En Finlandia, gracias a Dios, rezamos mucho, pues la oración es lo que mueve el motor de la Iglesia. A más oración y más sacramentos, más gracia. Mi ilusión es que cualquier católico puedo un día ir a misa y rezar ante el Sagrario todos los días, allí donde esté. Eso supone una maratón de trabajo.
Viví en Suecia 7 años y conozco la Iglesia en Escandinavia. ¿Cómo logra usted vibrar con tanto entusiasmo en estas tierras frías y remotas?
Rezo mucho y, además, trabajo. Hay que rezar más que trabajar. A mí la misa me mantiene; es lo más importante del día. En la Santa Misa está todo. Ese pan es fruto del amor de Dios, pero es fruto también del trabajo del hombre. Y ahí, en esas partículas, en ese pan, en ese vino, veo también a todos los cristianos de Finlandia, que tenemos una misión muy bonita. ¡Tenemos todo Finlandia para nosotros!
“Rezo mucho y, además, trabajo. Hay que rezar más que trabajar”
¿Esos pocos católicos son sal y luz?
Siempre les digo que aunque sean el único católico en su escuela, fábrica, taller u oficina, sería triste vivir camuflados. Su alegría tiene que ser: tengo aquí a todo el mundo para darles ejemplo cristiano, hablarles de Jesús, quererles, rezar por ellos. Y la mayoría han elegido esta opción de ser testigos de Jesús. Y también nuestra alegría es que somos una Iglesia local muy unida… y muy unida al obispo.
¿En qué se nota?
Cuando viajo –he viajado ya a las 33 ciudades donde hay grupos católicos extensos–, al acabar la misa, se forma otra fila para saludar al obispo. Todos quieren darme un abrazo, pedir la bendición, contarme sus preocupaciones, hacerse el selfi (ríe, una vez más a carcajadas). Y esa cola puede durar una hora. Eso me emociona. A veces lloro por ver el cariño que me tienen, y el cariño que yo les tengo. La unidad en nuestra iglesia es el fundamento de esta evangelización que estamos haciendo. Por eso, sueño ya con muchas más conversiones.
Hablemos de su trabajo ecuménico. ¿Cómo lo hace sin canjear nunca la fe?
Con la iglesia luterana y ortodoxa tenemos diálogo oficial, y con los luteranos publicamos en 2017 un texto donde afirmamos nuestra creencia común sobre la Iglesia, el Ministerio y la Eucaristía. Ahí no se compromete ninguna verdad. Somos clarísimos, y somos una referencia para ellos. Nosotros no dependemos de mayorías de parlamentos, parroquias o diócesis. En la Iglesia católica la verdad está clara. Habrá gente con ideas nuevas, pero nosotros tenemos el Evangelio y el Catecismo; y la gran riqueza del Magisterio, la autoridad. Un obispo luterano me decía: “Gracias y por favor seguid enseñando sin tapujos”. La verdad no se negocia, se presenta con belleza y se ofrece. No la imponemos, pero ofrecemos a Jesús. Y Jesús no negoció con las cosas malas. Él murió en la cruz por ser Camino, Verdad y Vida.
¿Da frutos ese trabajo?
Yo he aprendido muchísimo del ecumenismo. No es “caminar juntos”, es escuchar y, después, ofrecer el Evangelio con cariño. Luego es la gracia de Dios la que toca el corazón y la mente. Por eso, al mismo tiempo, hay que rezar muchísimo por ellos y decir las cosas que quizá no entienden: el matrimonio es entre un hombre y una mujer (no hay más sexos), para toda la vida, abierto a la vida; la vida humana es desde el primer momento de la concepción hasta el fin de la vida… La verdad es bella y la gente con sentido común y con apertura del corazón ve que la Iglesia católica defiende la verdad del hombre sin tapujos, venga de donde venga, tenga la edad que tenga: una hora de vida en el seno materno o cien años fuera de él. Yo lo veo clarísimo, sin negociar con mayorías o minorías. Jesús quiere la salvación de todos.
“Nosotros no dependemos de mayorías. En la Iglesia católica la verdad está clara”
Ha sido testigo de muchas conversiones, ¿nos cuenta alguna?
Un amigo que era pagano, aficionado del Athletic de Bilbao, y por eso enganchamos. Un buen día me dijo: “Háblame de Jesús”. Hablamos de Jesús, y le di un Evangelio. Leyéndolo empezó a hacer un ratito de oración todos los días. Un día me dice: “Quiero bautizarme”. Lo bauticé en Roma. Bautizar a un amigo del que has visto el proceso de conversión y que, además, conocí por casualidad, me dio muchísima alegría. He vivido muchísimas conversiones, pero creo que hay muchos más frutos apostólicos y -milagros que no vemos. Si viéramos todo lo que hace Dios en nosotros y con nosotros estaríamos todo el día alucinando de alegría. Pero eso no es lo que Dios quiere. Vemos lo que hay que ver: la punta del iceberg. En el Cielo tú verás a mucha gente que desconoces que está ahí por ti. Eso es parte del Cielo.
¿Cuál es el punto de inflexión para que una persona abra el corazón a Jesús?
Dios no va a forzar a nadie, pero siempre está tocándote el corazón. Estoy convencido de que toda persona que no lo ha conocido, en el momento de la muerte tendrá la posibilidad de encontrarse con Él y decirle: “No te he conocido pero te acepto”. También habrá gente que le diga que no, y ese es el infierno. Pero Dios siempre te da una oportunidad. Y para los que lean esta entrevista, no esperen al último día para abrir la puerta a Dios. El Cielo empieza en esta tierra cuando abres el corazón a Jesús y le dices: “Aquí estoy, hágase en mí según tu palabra”. Ahí Dios se encarna en ti.
Esta entrevista la van a leer muchas familias. ¿Qué mensaje les da?
Esperanza y magnanimidad, porque Dios cuenta con nosotros. Los católicos en España sois muy importantes. Ahora parece que somos minoría. ¡Pues como los primeros cristianos! El número no importa. Soñad sueños de fe, que de vuestro sí a Dios de cada día, cuidando a esa familia, estáis haciendo la Iglesia. Y vuestro testimonio de fidelidad se contagia. El día de mañana de nuevo en España habrá muchos católicos. Repito: no es cuestión de números. Pero de lo que tú hagas con Dios dependen muchas cosas grandes.
¿Va a ser usted el primer santo finlandés del tercer milenio?
Si soy mártir, sí. (Y, una vez más, ríe a carcajadas). Hoy el martirio que nos pide Dios es el de la fidelidad del día a día. Tenemos un santo en Finlandia de origen inglés, san Henrick; y un beato, Hemming, de origen sueco. Los dos, obispos de Finlandia. Yo soy de origen vasco, pero mi aspiración sí es ser santo. Y espero que todos los católicos que lean esta revista tengan esta aspiración: ¡ir al Cielo con mucha gente para estar con todos ellos eternamente!
¿Hay algo más que quiera añadir?
Que estamos empezando una nueva etapa en la Iglesia. Cada Papa es una nueva página de la historia de la Iglesia y de la humanidad. El Papa León está repitiendo desde el comienzo: “Jesús en el centro”; habla de oración, de sacramentos, de testimonio… Esta es la misión de todo cristiano: tener a Jesús para llevarlo a los demás. Pues estar muy unidos al Papa, que es un hombre bueno, un hombre de Dios. Rezar por él y soñar con él esta nueva evangelización.
También el Papa ha mostrado una
De carcajada contagiosa, quien lo conoce se asombra de encontrarse esta bocanada de fuego arrollador en medio de la fría Finlandia, el país al que el prelado del Opus Dei le pidió ir a trabajar hace 19 años, y donde hoy preside la única diócesis del país. Es Raimo Goyarrola, obispo de Helsinki, un vasco, médico de profesión y “médico de almas” por vocación, al que el Señor le ha confiado evangelizar esta tierra vastísima: “Nuestro desafío son las distancias. Para muchos, la parroquia más cercana está a 300 kilómetros. Mi sueño es que un día cualquier católico en Finlandia pueda ir a Misa y rezar ante el Sagrario todos los días”. devoción mariana.
Indudablemente. María es el camino más corto a Jesús. Ella es la primera creyente, la que nos lleva a Dios: “Haced lo que Él os diga”, es su mensaje. Pues que como la Virgen todos los católicos digamos: “Aquí estoy; hágase en mí según tu Palabra”.

“JESÚS SIEMPRE TIENE ALGO QUE DECIRTE”
Usted ha enseñado a muchas personas a rezar. ¿Cómo lo hace? Yo he aprendido de san Josemaría: oración es hablar con Dios. ¿De qué? De tus alegrías, tus preocupaciones, tus penas… Pero también, y mucho más importante, es escuchar. Por eso, siempre aconsejo: para rezar, ponerte en presencia de Dios y dale a Él la primera oportunidad, que Él tiene más cosas que decirte. Que tengo un examen, una abuela enferma… Muy bien, pero primero hay que decirle a Jesús: “¿Qué quieres ahora de mí? ¿Me quieres decir algo?”. Él siempre dice algo. A veces no lo escuchamos porque habla bajito. A la oración también hay que llevar el Evangelio, leerlo, porque es un libro vivo; te interpela. No es un libro sólo histórico. Métete en cada escena. También ayuda a la oración mental la oración contemplativa durante el día, vivir en presencia de Dios desde que te levantas: “Jesús, gracias por este día”. Y, a lo largo de la jornada, decir jaculatorias, ver a Jesús en la gente que te rodea, llevar el Rosario en el bolsillo e irlo rezando por la calle… El Rosario, además, es terapia porque si tienes problemas y les estás dando vueltas, los dejas en manos de la Virgen. La oración también son esos minutos concretos de diálogo con Jesús: esa visita diaria en la que nadie te molesta. Un cristiano sin oración no puede ser cristiano. Imposible.





