¿Es posible convertir el trabajo en oración?

¿Te gustaría orar más? Aunque nada suple los ratos de diálogo con Dios, las labores diarias pueden ser lugar para encontrarte con Él
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Por Isabel Andino e Isabel Molina E

Cinco pautas para orar mientras realizas tu trabajo o tus tareas domésticas:

1. Pon tu trabajo en manos de Dios 

El primer paso para vivir la “espiritualidad del trabajo”, como explicó San Juan Pablo II en 1981 en la encíclica Laborem Exercens, es ponerlo en manos de Dios. Cristo quiere estar en tu trabajo, sea el que sea, como hizo con los apóstoles cuando les acompañó a pescar. En su visita a Marta y María mostró que la vida activa y la contemplativa no están reñidas. Al contrario: “Jesús mismo era un hombre del trabajo”, recordaba el Papa polaco en su encíclica. Aprovecha todas las oportunidades del día para ir hablando con Él y darle gusto con tu labor, y pide ser dócil a lo que te va pidiendo a través de tus obligaciones cotidianas.

2. Hazlo lo mejor que puedas

La segunda pauta es hacer bien aquello que haces en tu día a día. Eso no significa hacerlo perfecto, sino intentar desplegar todas tus facultades físicas e intelectuales. Joan Costa, sacerdote experto en Doctrina Social de la Iglesia por la Universidad Pontificia de Salamanca, explica que “el trabajo, vivido con el deseo auténtico de colaborar con Dios en la marcha del mundo, tiene valor de eternidad, contribuye a embellecer el Cielo nuevo y la Tierra nueva, y es otra manera de rogar y dar gloria a Dios”. 

3. Pídele ayuda y ofrece tus cruces

El trabajo no es un castigo, como a veces se ha interpretado. Antes de que el hombre rompiera su relación con Dios, Él ya le había pedido “trabajar la tierra y custodiar su jardín”, en palabras del Génesis. Pero a veces el trabajo y las tareas domésticas cuestan y requieren esfuerzos heroicos. Si ofreces las dificultades pequeñas y grandes por intenciones concretas, das a tu trabajo un sentido corredentor con la cruz de Cristo. 

4. Resérvale a Él un lugar físico

 Además de darle a Dios un espacio interior, concédele un espacio físico de modo que puedas mirarle con frecuencia. Ten a la vista un crucifijo, una imagen de la Virgen, una oración para recitar en un momento del día…

5. Abandónate y descansa

Trabaja intentando dar lo mejor de ti, y cuando termines, descansa. El poema de la Creación ejemplifica esta necesidad al decir que, al séptimo día, Dios descansó; y en Laborem Exercens, San Juan Pablo II apuntó que el descanso –¡exterior e interior!– es querido por Dios para ponerle a Él en el centro, y cuidar de nuestra familia y de nuestra vocación. Y si las cosas “no salen tan bien como esperabas, puedes abandonarlas con paz en el regazo de tu Padre, que sabe que cada día haces lo mejor que sabes la misión que te ha encomendado y cuenta con tus fallos”, apunta la experta en educación Ana Aznar. Y añade: “Trabaja intensamente por amor a Dios, y descansa en la confianza de saberte hijo suyo”.

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