Espías de Dios

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Ilustración: María Olguín Mesina

El coronavirus nos ha dejado dramas y tragedias que no olvidaremos nunca; y, además, la suspensión en tantos lugares de la Santa Misa cum populo, que tampoco deberíamos olvidar. Ha sido una medida inédita en dos mil años de cristianismo en los que nos han azotado pestes, cóleras, lepra, catástrofes, hambrunas, guerras y revoluciones; pero siempre hubo misas para consuelo y esperanza de las gentes.

Por Enrique García-Máiquez

Un buen número de obispos ha preferido cerrar las iglesias o prohibir los ritos públicos. Entiendo que, desbordados por una pandemia sin precedentes, se haya optado por la máxima prudencia. Pero en mitad de la crisis, Juan Manuel de Prada escribió un artículo extraordinario explicando por qué el catolicismo es sacramental y requiere, por naturaleza, la presencia y la figura, en fidelidad al Dios encarnado (hasta las últimas consecuencias) que lo fundó. También ha habido obispos heroicos que, contra tanta presión externa (e interna), mantuvieron abiertas sus iglesias como “hospitales espirituales de campaña”. Los que hemos tenido la suerte de ser sus feligreses nunca se lo agradeceremos bastante.
Eso no se ha aceptado socialmente como sí se hacía sin problemas con panaderías, quioscos, gasolineras y ultramarinos, y tantos otros trabajos, algunos terribles, como los abortorios, que no han cerrado porque el Gobierno los ha considerado esenciales [sic]. Y eso que a misa íbamos poco, pocos, muy distanciados y a horas discretas, como espías de Dios, doblando las esquinas sigilosas camino de la iglesia con el corazón en un puño.
“La suspensión en tantos lugares de la Santa Misa cum populo tampoco la deberíamos olvidar. Ha sido una medida inédita en dos mil años de cristianismo”
Aquí, los párrocos que en conciencia optasen por dejar de celebrar tenían la dispensa del obispo. Y ha sucedido algo llamativo. Era oír a un sacerdote comentar que “íbamos a misa cuatro gatos”, y saber que enseguida dejaría de celebrarla —aunque debería ser un motivo para mantenerla, haciendo tan fácil guardar astronómicas distancias de seguridad—. En cambio, tuvimos la suerte de entrar en otra iglesia y que estuviesen montando el monumento del Jueves Santo. Venga a meter espuertas de flores, que no sé quién se la habría jugado —superespía de Dios— en ir con una furgoneta a qué mercado negro de flores (si me permiten la paradoja). Uno que andaba por allí dijo al sacristán que vaya hartura de trabajar se estaba pegando para que al final asistiesen a los oficios cuatro monos o que incluso los suspendiese la policía… El sacristán lo miró desde abajo y de lado, como él es, pero desde arriba y le dijo:  “¿Tú qué te crees, que monto esto pa la gente? Esto se monta pa er Señó, anda que pa la gente iba yo a montá ná…”.
Las misas en streaming y demás recursos espirituales online, por muy virales que hayan resultado, no pueden dejarnos satisfechos. Nuestra fe pide realidad y, a ser posible, flores. Las cosas se han hecho lo mejor que se ha podido con las mejores intenciones, pero con más tiempo, voluntad e imaginación, hay que encontrar otras formas para que ninguna crisis vuelva a dejarnos tan fácilmente sin los sacramentos, con tan hondo dolor.