Georg Gänswein

Georg Gänswein: “Adaptarnos a la lógica del mundo sería una traición al Señor»

Georg Gänswein, reflexiona sobre la ideología de género, los abusos sexuales o la relación Iglesia-política.
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Por Margarita García

Por José Antonio Méndez

Artículo publicado en la edición número 60 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

De solo dos o tres personas en la Historia se puede decir que han sido el hombre de confianza de dos Papas a la vez. Monseñor Georg Gänswein es una de ellas. Secretario personal de Benedicto XVI (desde diez años antes de ser elegido Sucesor de Pedro) y ratificado como Prefecto de la Casa Pontificia por Francisco, este arzobispo alemán de 64 años ha sido no solo testigo, sino también una pieza clave en la relación –y en la transición– entre el Papa emérito y el Pontífice argentino. 

Su posición inédita y delicada le ha valido no pocos ataques, difamaciones y juegos de equilibrio (de hecho, hace pocos meses el propio Papa Francisco decidió mantenerle nominalmente en el puesto aunque le exoneró de toda actividad). Pero, sobre todo, le ha permitido fortalecer su fe, contemplar la marcha de la Iglesia y del mundo desde una perspectiva privilegiada, y alumbrar reflexiones de alcance profético. Algunas de ellas las acaba de recopilar en Cómo la Iglesia católica puede restaurar nuestra cultura (Rialp, 2021). 

¿Por qué es necesario que la Iglesia restaure la cultura occidental, y cómo debe hacerlo?

El núcleo central de la respuesta está en una palabra clave:  “evangelización”, o mejor, más precisamente, “nueva evangelización”. Esta es la tarea y el compromiso primordial que la Iglesia debe perseguir con todos los esfuerzos posibles, proclamando sin miedo la Palabra de Dios.  “A tiempo y a destiempo”, citando a san Pablo, el Apóstol de los gentiles.

La Palabra de Dios tiene en sí misma un poder capaz de convertir y cambiar todo y a todos. Debemos comprometernos con el anuncio salvífico del Evangelio para que la sociedad se vuelva más humana y, en consecuencia, más cristiana.

¿Qué pautas debe seguir la Iglesia para contrarrestar la cultura relativista, materialista y antihumana (o transhumana) que hoy se afianza?

Para ser difusores creíbles del kerygma [el anuncio de Cristo muerto y resucitado], debemos, fundamentalmente, estar nosotros mismos convencidos de él en primera persona y, sobre todo, dar testimonio con nuestra vida, a pesar y más allá de las dificultades y obstáculos.

Vale la pena recordar la feliz intuición de Pablo vi:  “El hombre contemporáneo escucha con más gusto a los testigos que a los maestros, y si escucha a los maestros es porque son testigos”. De hecho, el hombre de hoy siente una aversión instintiva a todo lo que pueda parecer una fachada, un engaño, algo que se muestra solo por compromiso. En este contexto, entendemos la importancia de una vida que realmente resuene con el Evangelio.

En su libro afirma que una de las mayores tentaciones para la Iglesia es volverse mundana. Hoy, sin embargo, no faltan voces (incluso de obispos y cardenales) que exigen “adaptarse” al mundo en temas como la homosexualidad, el feminismo, la teoría de género… ¿Debemos callar en estos temas para no alejar a la gente?

Como recuerda a menudo el Papa Francisco, adaptarse a la lógica del mundo, vivir según un espíritu mundano, sería una traición a la fe y al Señor. Para quien cree, la salvación viene solo del Señor y no del mundo, con sus sugestiones hechizantes y sus tentaciones engañosas. Si pensáramos solo en replicar el lenguaje de los hombres, nuestra fe sería espiritual y humanamente insignificante.

Entonces, ¿qué criterios deben regir la acción evangelizadora en un mundo poscristiano e incluso anticristiano?

Nuestro anuncio debe ser la Buena Nueva, el amor y la misericordia del Padre, presentados a los hombres en un lenguaje comprensible, y acompañando las fragilidades de todos, empezando por nosotros mismos. Como dijo san Francisco: “Predica siempre el Evangelio y, si es necesario, también con palabras”.

Habla del presente como de “encrucijada histórica” y afirma que “vivimos el final de una época en la historia de la Iglesia, pero no vemos el final de ese cambio: no sabemos cómo será el futuro de la Iglesia”. Este cambio se percibe en todos los niveles y la pandemia ha acelerado un sentimiento de angustia y desconcierto. ¿Cómo deber ser la relación de los católicos con Cristo en este momento? 

Su pregunta toca un punto neurálgico, me gustaría decir que esencial, para nuestra fe: la relación individual con Jesucristo. Evidentemente, toda nuestra existencia surge de Él. Si en la base de nuestra vida no existe el compromiso de establecer una relación directa, viva, profunda y eficaz con el Señor, la fe se empobrece y se convierte en una armadura hipócrita y desconcertante para lucirse ante los demás, pero que ya no toca los resortes íntimos de nuestro ser.

La relación personal con Jesucristo es condición sine qua non porque es real, concreta, vivificante, significativa y sustancial para nuestra vida. Hasta qué punto es esto importante y esencial, nos lo dice el mismo Jesús:  “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada”. La existencia del creyente está en juego en estas palabras.

Y usted, que conoce profundamente a la Iglesia, y por tanto cuánto de santidad y de pecado hay en ella, ¿cómo cuida su relación con el Señor para que su fe no se vea sacudida por las olas?

Es una pregunta delicada, personal y significativa. Personalmente, trato cada día de cultivar una relación personal con Cristo, ante todo en la celebración de la Santa Misa, en la oración y en la meditación de la Sagrada Escritura.

Todo creyente debe encontrar su forma, su medida, su manera de expresarse y permanecer en una relación viva y nutritiva con Jesucristo. Creo que esta es la única forma de resistir  los golpes de las olas que golpean nuestro barco. Y también es la única forma de crecer en las certezas que nos da la fe.

Un perfil único

Riedern am Wald es un pequeño pueblo de 412 habitantes (según su censo de 2015), ubicado en la Selva Negra alemana, a pocos kilómetros de la frontera con Suiza. Allí nació Georg Gänswein el 30 de julio de 1956, primer hijo de una maestra y de un herrero de séptima generación que le darían, con los años, cuatro hermanos. Montañista consumado, fue monitor de esquí y cartero para pagarse los estudios de Filosofía.

El fútbol y el tenis son aficiones que no ha abandonado del todo. Antes de ingresar en el seminario de Friburgo a los 18 años se planteó dos vocaciones: la de cartujo, y la de esposo de la joven que durante dos años fue su novia. Es Doctor en Derecho Canónico y una de las personas con mayor conocimiento de la diplomacia vaticana, pues de 2012 a 2020 ha estado presente en todas las audiencias (públicas y privadas) de Benedicto xvi y del Papa Francisco.

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