Por Miguel Sanmartín Fenollera
El autor danés fue un maravilloso narrador, quizá el mejor de todos. Con gran destreza y preciosismo, elevó el alma del relato a alturas que pocos han podido alcanzar. Y lo hizo con delicados toques poéticos –una especie de preciosismo melancólico– y manteniendo, a un tiempo, el tono verbal y coloquial de las historias ancestrales transmitidas de generación en generación al calor del fuego.
El genio de Hans Christian Andersen consistió en transmitir a todos –pero especialmente a los niños– una verdad que parece una paradoja: que lo grande está en lo pequeño. Y lo hizo jugando con las palabras, creando con ellas relatos –aparentemente frágiles como el cristal y ligeros como un copo de nieve– en cuyo corazón late una visión del universo más sólida que la que encierran muchas bibliotecas.
Hay infinidad de ediciones que recopilan sus cuentos más famosos, pero unas pocas, en un esfuerzo editorial poco frecuente, nos ofrecen la delicia de reunirlos todos. Algunos de ellos han dejado una huella especial en mis hijas. Cada una guarda para sí un cuento favorito: la mayor no puede olvidar Los cisnes salvajes y a la pequeña le fascina La reina de las nieves.
Andersen renovó el cuento de hadas, pero lo hizo con cuidado, delicadeza y respeto, aportando la frescura de su poderosa imaginación. No se trató de una ruptura, ya que para escribir sus relatos se inspiró en el folclore de su país. Pero afortunadamente, aun conservando la estructura clásica de estos cuentos, su estilo se impone y da a sus historias una belleza y delicadeza inconfundibles.
El espíritu cristiano de su obra
A diferencia de los cuentos de los hermanos Grimm, Andersen no introduce en sus historias un mensaje moral evidente. Sin embargo, en todas ellas se puede entrever un indudable espíritu cristiano. Él mismo se sintió, al parecer, profundamente atraído por un versículo bíblico del Evangelio de san Marcos (Mc 10,15): “Quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Así que lean sus cuentos con este versículo en mente y captarán su mensaje moral más profundo: que debemos regresar a la infancia y tratar de volver a ser niños. Andersen, de manera delicada y sutil, desliza entre las páginas de sus historias, casi sin que nos demos cuenta, aquello que el niño necesita. Como en el caso de El patito feo, en el que enseña que el sentido de la vida no es encajar, sino descubrir quiénes somos de verdad y llegar a donde de verdad pertenecemos, por mucho que duela la espera. Y eso tiene más valor que mil sermones o consejos. Es verdad desnuda, pero ofrecida entre algodones y maravillas. Esta visión cristiana, que Andersen nunca abandona, es una de las principales características de sus historias. Sus relatos son así un infatigable intento por transmitir la Verdad a quienes pueden recibirla con mayor facilidad: los niños. Despertemos pues en los niños el hambre por la verdad y, para ello, comencemos poniendo en sus manos los fantásticos cuentos de hadas de Hans Christian Andersen. ¿Qué, si no estas historias maravillosas, podría preparar su corazón para recibir la más preciosa de todas las Verdades?
Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





