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Hijo único

Hijos únicos, de la excepción a la norma: la llegada de una generación solitaria

Crecer con hermanos era hasta no hace mucho lo habitual. En Misión analizamos cómo las familias con un solo hijo pueden atenuar los posibles efectos negativos de tener una infancia solitaria.

Por Javier Lozano

Más de un tercio de los niños en España crecen hoy sin hermanos ni primos. Y el porcentaje aumenta día a día. Muchos de ellos lo harán, además, sin primos, lo que dejará a estos pequeños sin un punto de referencia: vínculos familiares fuertes y extensos que tanto bien han hecho siempre a los propios niños y a sus familias. Ante una cultura de hijos únicos que se irá acentuando en el futuro, las familias necesitan herramientas y los niños ayudas para suplir, en la medida de lo posible, el hecho de no convivir con otros niños, como posiblemente sí hicieron sus padres.

“Ser hijo único, como todo, puede tener sus pros, como por ejemplo que con un solo hijo, a priori, la atención de los padres sobre el niño es mayor”, señala a Misión Andrea Bonilla, psicóloga clínica experta en infancia, adolescencia y familia del Centro de Atención Integral a la Familia de la Universidad Francisco de Vitoria. Sin embargo, también afirma que “se sabe que la familia es el lugar primario para aprender a relacionarnos, pues los hermanos son el primer vínculo con el que aprendes empatía, tolerancia o a poner límites”.

Crecer sin hermanos puede afectar a los niños, sobre todo, a la hora de sentirse acompañados y apoyados, ­especialmente frente a las dificultades que puede haber en el hogar. “La relación que estableces con tus hermanos no se puede comparar con ninguna otra, el apoyo suele ser incondicional y el sentimiento de protección entre ellos es muy grande, lo que aminora en los hijos la sensación de soledad”, asegura Bonilla.

Existe el doble peligro de tratar a los hijos únicos como pequeños adultos o de sobreprotegerles en exceso

La gran diferencia

A tenor de su experiencia profesional, Bonilla percibe ciertos contrastes que se pueden dar en la educación entre estos niños y otros que sí tienen hermanos, como “el peligro de que se les trate como adultos demasiado pronto, por vivir rodeado de adultos, y más cuando también son nietos y sobrinos únicos. O todo lo contrario: que se les siga tratando como niños pequeños mediante una excesiva sobreprotección”, señala.

Esta psicóloga constata que “tener hijos únicos puede dar lugar a dicotomías con mayor frecuencia que con niños con hermanos”. No hay recetas milagrosas, más allá de una ya probada con éxito: dejar a los niños ser niños y no temer ir dándoles alas, en la medida en que aprenden a asumir responsabilidades cuando van creciendo.

¿Niños mimados?
Siempre se ha unido el concepto de hijo único al de niño mimado. Esta psicóloga afirma que esto no tiene que ser así si los padres ponen de su parte. La austeridad, que no significa carencia, sino disfrutar con lo necesario, es una cualidad importante para todas las familias, pero, si cabe, más para las que tienen un solo hijo. Los niños que no tienen hermanos tienen más probabilidad de vivir en sobreabundancia, lo que puede ser negativo para su educación y desarrollo. Por ello, esta psicóloga considera que es importante exponerlos “a situaciones sociales en las que aprendan lo que en casa no pueden”, como a saber compartir, ceder o negociar, y esto se puede propiciar a través de campamentos, prácticas deportivas de equipo o realizando planes que impliquen una convivencia con otras familias con hijos.

Artículo publicado en la edición número 74 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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