Una pequeña mota de tiempo

Hogar, dulce caos

Artículo publicado en la edición número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Por Isis Barajas. Ilustración: María Elisa Melisa

En la sala de espera del centro de salud, un señor ya entrado en años se sentó a mi lado. Con tono alegre, saludaba a las personas que pasaban junto a él y todo el mundo parecía conocerlo. Reparó en mí y, con grandes dosis de humor, empezó a hablarme de sus achaques, de su hija que vivía en Florida y de que estaba deseando cruzar el Atlántico para conocer a su nieto. Fue media hora de espera agradable y serena, y me consta que lo único que propició aquella conversación fue que yo estaba  “disponible”; mi móvil descansaba en el bolso.

Con demasiada frecuencia el teléfono nos saca abruptamente de la escena. Rellenamos con él, fiel aliado siempre a mano, todos los huecos libres que se abren en nuestra vida: desde pequeñas esperas diarias hasta esos tiempos muertos que aparecen entre una actividad y otra. Dejamos entonces de estar realmente presentes, aunque nuestro cuerpo permanezca en el sitio; e inconscientemente alzamos un muro entre nosotros y los demás, como diciendo: “Estoy ocupado; por favor, no moleste”. 

El móvil parece haber llegado para liberarnos de todas esas tediosas esperas a la salida del colegio o antes del comienzo de una reunión. Ya no sabemos ni queremos esperar. No como hacen nuestros ancianos, sentados durante horas en los bancos de piedra de cualquier pueblo con su mirada atenta a la vida y su transcurrir. Y es que en la espera ocurren cosas; transcurre con mayor calma nuestra vida. Esa misma que, eliminando la lentitud de la espera, sentimos que se nos escapa sin tregua para poder admirarla o contemplarla.  

«Cuando decimos ‘imposible orar’ debemos buscar esas pequeñas motitas de tiempo y utilizarlas tal como son»

Levantar la mirada de la tragaperras (así llama al smartphone el minimalista digital Carl Newport) ensancha nuestra vida y también nuestro tiempo. A veces son solo instantes, pero en ellos sucede, por ejemplo, la mirada de nuestro hijo mientras nos cuenta por qué le han puesto una estrella hoy en el colegio; sucede ese reflejo de luz que entra por la ventana iluminando la fotografía de un ser querido que hace tiempo que murió; y sucede que de repente sí hay un momento para rezar. 

Probablemente no tengamos grandes periodos de tiempo para dedicar a la oración en nuestra frenética rutina diaria, sin embargo, como decía la mística urbana Madeleine Delbrêl, “en la más ocupada y ajetreada de las existencias se deslizan pequeñas motitas de tiempo libre (…). Cuando decimos ‘imposible orar’, debemos buscar esas pequeñas motitas de tiempo y utilizarlas tal como son”. Esto es posible, creo yo, siempre que no las ocupemos antes con el omnipresente teléfono móvil.

Una forma de vivir más anclada en la realidad, presente y consciente, se abre ante nosotros cuando guardamos en el bolsillo todo ese ruido que nos separa no solo de los que tenemos al lado, sino también de Dios, e incluso de nosotros mismos. Porque no es que no nos dé la vida, sino que se la hemos dado a aquello que nos la absorbe vanamente, con sigilo y a traición. Unas cuantas motitas de tiempo bastan para hacer de la espera una esperanza y para pasar de una existencia autómata a una vida mucho más intencional.  

Artículo publicado en la edición número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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