Por Mónica Zorita de la Morena, Wurzburgo
Artículo publicado en la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Cuando Johan decidió dejar Siria, el país vivía su quinto año de guerra. Meses atrás, una bomba había destruido su taller de orfebrería y él lo había perdido todo: las máquinas, el oro y los metales preciosos con los que trabajaba. Esa situación crítica le forzó, tras muchos quebraderos de cabeza, a comenzar una nueva vida, desde cero. Algo que en su país no podía hacer: huir de la guerra era la única solución. Con todo el dolor de su corazón se despidió de su hija de 10 años –quien, por ley, tiene que vivir con su madre en la capital siria–, y malvendió los dos pisos y el coche que tenía. Llenó una pequeña mochila con documentos, una muda y un jersey, y se escondió en los pantalones los 4.500 euros que había conseguido al vender todas sus pertenencias.
Hoy recuerda su historia de manera sosegada, tomando un café y tocando constantemente la cruz que lleva colgada en su muñeca derecha. Johan es católico de rito bizantino, y uno de los pocos refugiados cristianos que hay en la ciudad alemana de Wurzburgo. “Antes de la guerra, en Damasco éramos más de tres millones de cristianos y vivíamos muy bien; ahora no creo que queden muchos”, cuenta con tristeza mientras saca de su mochila un misal traducido del árabe al alemán.
Un viaje angustioso
Johan asegura que sin su fe no habría logrado superar los momentos duros que ha pasado en estos años, sobre todo durante el periplo que le trajo a Europa. “Cuando llegamos a la costa turca –recuerda–, conocimos a un ucraniano que nos vendió un pasaje para Grecia. Éramos 55 en un bote de 35 plazas. Intentamos salir tres veces, pero siempre fallaba algo: una vez las olas nos tiraron abajo, otra se quemó el motor… El conductor de la barca nos empujaba constantemente para que nos agachásemos para no ser vistos por los barcos militares turcos, pero los bebés no paraban de llorar. Había muchísima tensión. Recé todo el viaje y sabía que Dios estaba ahí, sentado a mi lado en el bote”.
Un solo euro
La desesperación no acabó al pisar suelo griego, sino que fue repitiéndose en cada uno de los países que Johan atravesó hasta llegar a Múnich, donde consiguió el reconocimiento de refugiado. “Por fin empezaba una nueva vida cuando me quedaba solo un euro en el bolsillo”, detalla levantando el dedo para recalcar esa única moneda.
Cuando los solicitantes de asilo llegan a Alemania, se les acoge en campos de refugiados o lugares adaptados. Johan empezó durmiendo en una escuela infantil, en la que al ser periodo de vacaciones se habían colocado camas como solución de emergencia, y después pasó a un apartamento. Ante la llegada masiva de personas que huyen de la guerra, el Gobierno alemán ha reformado las antiguas casas-cuartel que ocuparon los soldados americanos hasta la caída del muro de Berlín, y las ha convertido en bloques de tres o cuatro pisos, con apartamentos bien equipados de una habitación y baño individual, en los que la cocina y la sala de lavandería se comparten por turnos.
De la caridad al trabajo
Durante sus primeros días en Alemania, unos voluntarios le llevaban comida y le daban conversación, y de ahí nació una bonita amistad que aún continúa y que le permitió conseguir unas prácticas como ayudante en un taller de orfebrería. Hoy cuenta con un contrato de media jornada, gana 1.100 euros netos, vive en un pequeño apartamento a las afueras de la ciudad por 400 euros, y “ya he dejado de recibir la ayuda del Estado –explica satisfecho–, porque aquí saben valorar mi experiencia como orfebre”.
Lejos quedan ya el dolor de la guerra y la angustia del viaje; pero también el amor de su hija y el cariño de los suyos. Johan, como los miles de refugiados que han huido de Siria, encara el futuro con incertidumbre. Aunque, al menos, él sabe que la respuesta a todas sus dudas se esconde, de un modo u otro, entre las oraciones de su misal traducido…
Europa frente a los refugiados
Alemania se ha puesto a la cabeza de Europa en la acogida a los refugiados que huyen de Siria. Solo en Baviera, cada refugiado recibe 400 euros al mes y 200 por cada hijo menor de edad. Así, un matrimonio con tres hijos recibe 1.600 euros. Además, se les paga la casa, el transporte y cursos de alemán. Muchos refugiados optan por estudiar después una Formación Profesional, a pesar de traer diplomas universitarios de sus países, y otros comienzan a trabajar en ‘minijobs’ para obtener dinero extra, o hacen prácticas laborales, como Johan. Este grado de acogida, y las diferentes formas de integrarse en la sociedad europea, han creado en Alemania tres actitudes frente a los refugiados. Algunos –una minoría– no quieren a los extranjeros y menos a los refugiados; otra parte de la población siente compasión por ellos, pero piensa que Angela Merkel se excedió al acoger a tantos (más de 1.356.000 desde 2015, según confirma a Misión la Oficina Federal para inmigrantes y refugiados); y por último, están los que se vuelcan con ellos y les ayudan cuanto pueden.
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