Justo Lofeudo

Justo Lofeudo: «Este mundo apóstata solo podemos cambiarlo con la adoración»

El sacerdote argentino Justo Lofeudo es misionero de la Eucaristía y recorre el mundo formando equipos capaces de mantener una capilla de adoración perpetua. Ha sido testigo de los milagros que ocurren cuando Dios es adorado en la Sagrada Hostia... y también de las desgracias sociales y eclesiales que llegan por olvidarlo.
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Por José Antonio Méndez

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

La pandemia suscitó interés por Dios, pero la vuelta a la normalidad ha mostrado que incluso personas que iban a misa han dejado de hacerlo…
Lo que veo es que ni se despertó tanto interés en Dios, ni la Iglesia ha vuelto a la situación de antes. A muchas personas la pandemia les sirvió para hacer un parón y plantearse la vida, sí, pero para muchas más supuso incrementar el consumo de pornografía, la soledad, el pecado, la desesperación… Y muchas que antes iban no han vuelto a misa. Por eso necesitamos reevangelizar, ¡pero empezando por los católicos!

¿Qué quiere decir?
Nuestra sociedad es pagana y los católicos vivimos inmersos en una atmósfera de apostasía: muchos confunden resurrección y reencarnación, no creen en la salvación o en la condenación, no adoran a Dios, no aman al prójimo… Y peor: muchos en la Iglesia ya no creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Eso son palabras mayores…
Solo hace falta leer algunas declaraciones que se hacen, ver la rutina de muchos sacerdotes, la vulgaridad de tantos templos, cuánta gente comulga sin confesarse, cuántos sacerdotes celebran y reparten la comunión sin reverencia; cuántos fieles cogen al Señor como a un objeto, a veces con una sola mano como diciendo “dame esto”. La devastación litúrgica ha sido una de las causas más importantes de la pérdida de fe, si no la principal.

“La devastación litúrgica ha sido una de las causas más importantes de la pérdida de fe, si no la principal”

¿Devastación litúrgica?
Sí. La liturgia es el reflejo de nuestra fe porque celebramos la fe en la que creemos. Pero en las últimas décadas se ha dado una terrible espiral: a menos fe, peores celebraciones; y a mayor banalización del culto, más pérdida de fe. Hemos degradado la Eucaristía y eso es gravísimo porque ir a misa es estar en el Gólgota junto a la cruz, no un aperitivo entre amigos. Al banalizar la Eucaristía por tratar de ser simpáticos y atraer gente, hemos acabado expulsando a los fieles.

¿Y qué ha causado esa banalización?
Durante años hemos dejado de hablar de la Iglesia como Cuerpo Mísitico de Cristo, donde Él es la cabeza y nosotros sus miembros, para hablar solo de Pueblo de Dios y asamblea de hermanos. Hemos hecho de la misa un banquete entre amigos y hemos callado que cada Eucaristía renueva el sacrificio redentor de Cristo por nuestros pecados. Hemos planteado la falsa alternativa de adorar a Dios o hacer acciones caritativas, como si lo uno no fuese junto a lo otro. Nos hemos quedado en “tomad y comed” y “tomad y bebed”, pero lo importante no es comer y beber, sino comer y beber el cuerpo y la sangre del Señor, derramada para perdonar nuestros pecados.

¿Y se puede revertir la situación?
Sí, pero haciendo lo que el Señor nos mandó: proclamar el Evangelio, vivir los sacramentos y anunciar que nuestros pecados son salvados con la vida de la gracia que se vive en la Iglesia. Y hacerlo a través de la adoración, de la reparación y del culto debido a Dios. La pérdida de fe llega siempre a través de la pérdida del culto debido a Dios… y también cuando en lugar de anunciar la Palabra, la Iglesia anuncia otras cosas, o peor, la manipula para ganarse el aplauso del mundo.

¿Qué anuncia hoy la Iglesia en lugar de la Palabra de Dios?
Cuestiones que interesan a la sociología; espiritualidades no católicas, como esas casas de retiro donde se enseña “yoga cristiano”; y propuestas de vida que no son las de Cristo. Esto implica ocultar la verdad del Señor a personas que están hambrientas de Dios, aun sin saberlo. A mí me ha ocurrido ir de misionero entre los indios wichis y que me dijeran: “Solo es bienvenido si habla de Cristo; si habla de otras cosas, como otros misioneros católicos, váyase”. ¡Estaban cansados de que les hablasen de promoción social, de política y de liberación sin Dios!

“Al banalizar la Eucaristía por tratar de atraer gente y ser simpáticos, hemos expulsado a los fieles”

Ante un presente tan convulso y un futuro tan incierto como el nuestro, ¿no es inútil hablar de Eucaristía?
Le devuelvo la pregunta: ¿Puede este mundo salvarse sin Cristo y sin la Iglesia? ¡No! ¡Las personas pierden la vida si no la tienen con Cristo! Y para ponerle a Él en el centro del mundo, adorado como debe ser adorado y servido en los demás como debe ser servido, la Iglesia solo puede hacerlo a través de la Eucaristía, porque es donde el Señor está. Al quitar a Dios del centro, el hombre se vuelve excéntrico, no sabe a qué aferrarse; se deshace su ser y con él la sociedad. En las grandes crisis, como la actual, viene la desesperación y el suicidio, y también los suicidios del espíritu: consumismo, droga, pornografía… La única forma de cambiarlo es volver a Cristo, único salvador del mundo. Y Él está en la Eucaristía.

Entonces, ¿basta con ir a misa?
No se trata solo de ir, sino de participar de forma consciente, y de adorar y hacer oración de reparación ante el Santísimo. Ahí empieza la transformación personal y social, porque la Eucaristía es fuente y culmen de la vida espiritual del mundo. Es la presencia viva, real, de Cristo, ¡que es Dios! En las capillas de adoración se recibe una paz diferente, no un sosiego natural por el silencio y la quietud, sino serenidad de orden sobrenatural. E impresiona ver cómo las personas son transformadas al ponerse ante el Señor en la Eucaristía.

Usted conoce casos concretos…
Tener al Señor expuesto día y noche en la Eucaristía es replicar el Cielo en la tierra, porque todo el Cielo adora al Señor. Y Él, desde ahí, llama a las personas de forma misteriosa. Conozco muchos casos diferentes por el mundo, con grandes cambios en las personas, en las comunidades e incluso en ciudades enteras. En Móstoles, por citar un ejemplo reciente, un chico apareció a las cuatro de la mañana en pijama, como un zombi, en una capilla que no se distingue desde fuera, y le contó a un diácono que estaba allí que había caminado 5 kilómetros buscando un sitio para suicidarse. Había sentido una fuerza inmensa para empujar la puerta de la capilla pensando que iba a encontrar el lugar para matarse, y al estar ante el Santísimo, había decidido no hacerlo. El Señor transforma a las personas en una especie de onda expansiva: si recibo la gracia y me impregno de ella, no se queda en mí, me convierto en portador de la gracia en mi ambiente. La gente se pregunta: ¿qué le pasa a este? ¡Antes no era así!

“Las capillas de adoración no son refugios para devotos, sino centros radiantes de gracias divinas”

O sea, que es también un motor de evangelización directa.
Las capillas de adoración no son refugios para devotos, sino centros radiantes de las gracias divinas que atraviesan los muros para alcanzar hogares, hospitales, y llegar incluso a lugares oscuros. Y todo, por un puñado de adoradores fieles. Cuando adoro a Jesús Eucaristía, me voy encendiendo, llamo a otros, evangelizo. Recuerdo una vez, en México, a tres adoradores que tenían un amigo que hacía 40 años que no se confesaba. Lo llevaron un par de veces a la adoración y no aguantó un mes sin confesarse. El Señor transforma porque ¡es Dios Todopoderoso!

¿Por qué habla también de reparar?
Este mundo apóstata ofende gravemente a Dios, y necesitamos reparación, intercesión y penitencia. Al mundo no lo cambiamos con palabras, sino desde la oración y la adoración humilde, porque no somos nosotros los que lo vamos a cambiar, sino Aquel ante quien clamamos ayuda y misericordia.

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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