La educadora vulnerable

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Ilustración: Rikki Vélez

La fragilidad propia se hace más palpable ante la perspectiva de un nuevo hijo. No importa que sea el primero, el quinto o, como en mi caso, el séptimo. La experiencia, las maternidades múltiples o llevar casi doce años bamboleándome en el arte de educar no me convierten en una mujer con mayor capacidad para acoger una vida, sino al contrario, me hacen más consciente de mi gran vulnerabilidad.

Por Isis Barajas
Me sigue pareciendo un misterio que Dios entregue en mis manos de barro la vida de un bebé. Un gran don conlleva una gran tarea. Y mientras divago pensando en dónde le haremos sitio en nuestro piso de 80 metros cuadrados o en si podremos asumir siquiera un ápice más de alboroto y caos familiar, me voy haciendo cada vez más pequeña ante la ingente labor que va a suponer educar a un hijo más.
Dicen los expertos (y no sé si alegrarme por ello) que los padres no podemos no educar. Lo hacemos todo el tiempo. Cuando estoy alegre y también cuando estoy agotada; cuando soy atenta, comprensiva y cariñosa y también cuando ladro enfurecida; cuando tengo altas dosis de motivación y también cuando anhelo encerrarme con pestillo en el baño. Esa célebre frase de “no importa que tus hijos no te escuchen, te miran todo el rato” se me clava en la nuca haciéndome tangible mi incoherente y, en ocasiones, pobre ejemplo.
En este bullicio de pensamientos, una idea viene a suavizar ese drama de la educación. En una visita reciente a España, el pedagogo italiano Franco Nembrini dijo una frase que se me quedó grabada: “Siempre daré gracias a mi padre porque se preocupó de su santidad, no de la mía”.  “A mi padre –prosiguió– no le preocupaba si nosotros rezábamos, él rezaba”.

“Ante el don inmenso que suponen cada uno de mis hijos, se me abre también la promesa de una vida grande para ellos. Una que yo no sé cómo proveer, pero que sí puedo y debo delegar”

La vida de mis hijos no me pertenece. No seré yo la que les convierta, a golpe de métodos educativos prodigiosos, en un elenco de virtudes, o quien les haga encontrar en Cristo el sentido de sus vidas. Sus decisiones serán suyas, como lo han sido también las mías. Dice Jacques Philippe que “el medio más seguro de perder la paz es tratar de asegurar la propia vida con la única ayuda de medios humanos, de proyectos y decisiones personales” (La paz interior, Rialp). Si lo es con la vida propia, cuánto más con la ajena.
Ante el don inmenso que suponen cada uno de mis hijos, se me abre también la promesa de una vida grande para ellos. Una que yo no sé cómo proveer (aunque siga poniendo todos mis medios humanos posibles), pero que sí puedo y debo delegar. Descansar es entrar en el misterio de la fe, es saber que no estamos solos (ni nosotros ni ellos) ante esa promesa, y es dejarme invadir por la confianza en Aquel que me precede y, a la vez, es razón de mi tarea educativa. A Él confío mis hijos; esos que en realidad son más Suyos que míos.