Isabel y Antonio Sastre

“Los hospitales no entienden que quieras dar sepultura al cuerpo de un bebé no nacido”

A Antonio e Isabel, que han sido padres recientemente de otros bebés gemelos, les tocó vivir la muerte de sus hijos no nacidos muy pronto. Solo un par de meses después de volver de la luna de miel.

Por Israel Remuiñán

Artículo publicado en la edición número 65 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Antonio está casado con Isabel y los dos tienen 26 años. La muerte de sus hijos no nacidos, Ángel y Jesús, les tocó vivirla muy pronto. Solo un par de meses después de volver de la luna de miel.

Para Isabel y Antonio Sastre enterarse de que estaban esperando gemelos fue una alegría muy grande, pero pronto las cosas empezaron a torcerse. En una de las ecografías les contaron que uno de los bebés estaba muerto y que el otro era muy probable que no sobreviviera mucho tiempo más. “Al primero lo perdimos a los tres meses de gestación y el segundo murió a los cuatro. Fui al hospital con Isabel y allí es donde sucedió todo. La verdad es que fue un palo muy duro porque estábamos ilusionados. Hay quien puede pensar que en tres o cuatro meses no puedes querer a ese niño, pero no es verdad, nosotros lo sentimos igual que si alguien pierde a un hijo que ya ha nacido”, cuenta Antonio aún emocionado. 

En ese momento llegaron las dudas, ¿qué sucede con los cuerpos? Normalmente, salvo que el embarazo se encuentre extremadamente avanzado, te invitan a dejarlo allí. Ellos tienen un protocolo mediante el cual los bebés nonatos, si no han superado la semana 22, pasan a ser tratados como material biosanitario. “Siguen el mismo camino que los miembros amputados o tumores, los juntan en contenedores y los incineran para deshacerse de ellos.

Sin ningún tipo de duelo, sin acompañamiento para los padres. Los bebés nonatos son una realidad invisible, el duelo no está permitido y al trauma de haber perdido a tu hijo se junta la incomprensión por parte de muchos médicos”, asegura Helena Acín, propietaria de una funeraria que atiende este tipo de casos. 

Por protocolo el cuerpo de un nonato que fallece antes de la semana 22 sigue el mismo camino que el de un miembro amputado

La batalla de la semana 22 

Cuando sus bebés murieron, Antonio e Isabel no sabían qué hacer. Eran conscientes de que necesitaban despedirse de ellos, enterrarlos realmente como hijos suyos que eran. “Mi padre me puso en contacto con Helena Acín y ahí todo cambió. Estábamos desorientados, pero ella se ocupó de absolutamente todo”, cuenta Antonio. 

Lo primero para que te entreguen a los niños es inscribirlos en el Registro Civil, pero esto es muy complicado si aún no se ha cumplido la semana 22. Es una batalla dura para Helena, quien asegura que es  “complicado convencer al hospital de que quieres llevarte un bebé no nacido. No lo entienden. Para registrarlo sucede lo mismo. Solo contemplan que se haga a partir de la semana 22 y se registra en el legajo de criaturas abortivas, que además es un nombre horroroso”. 

Pero Helena, hablando con unos y con otros, siempre acaba consiguiéndolo. Arreglan todo el papeleo necesario y recogen a los bebés. “Recuerdo perfectamente las palabras de un celador al entregarme uno de los cuerpos: ‘Me alegro de que te lo lleves de aquí, gracias’. El objetivo es despedir a esos niños como un hijo se merece, para que los padres puedan cerrar esa herida”.

Para poder decir adiós

“Normalmente, después del aborto, la madre se queda en estado de shock durante un tiempo, llega a su casa y allí permanece sin ganas de salir ni de contárselo a nadie. Además, como en muchas ocasiones el aborto se produce en las primeras semanas, es algo que aún nadie sabe y lo viven en silencio”, cuenta Helena.

Antonio e Isabel se fueron a su casa y Helena se encargó de los bebés. Los preparó, los envolvió en lienzos con todo el cariño del mundo y los metió en dos cajitas de madera de pino adaptadas a su tamaño. Luego los llevó hasta la casa de los padres para que pudiesen velarlos en familia.

Allí estaban ellos, con los abuelos y algún familiar más:  “Los velamos con nuestros padres por la tarde y nosotros solos por la noche. Allí estuvimos al lado de nuestros hijos hasta que amaneció. Fue un momento muy especial, un punto de inflexión, también para nuestro matrimonio.

Llevábamos muy poco tiempo casados y estábamos pasando por un momento de adaptación, no estábamos demasiado bien y todo esto que sucedió con Ángel y Jesús nos unió muchísimo. Pienso que nuestros hijos tenían esta misión”. 

El entierro fue exactamente igual que cualquier otro. Se celebró una eucaristía en la capilla, fueron en procesión hasta el columbario y allí sepultaron los cuerpos. “El Señor nos regaló vivirlo de esta manera, si no te dan la opción ni siquiera te lo planteas.

Conocemos mucha gente que ha perdido a sus hijos y pasan por momentos durísimos, no puedes vivirlo como una muerte y cuesta mucho que esa herida cicatrice”, recalca Antonio.

“Los bebés nonatos  son una realidad invisible, un duelo no permitido” Helena Acín es propietaria de María, puerta del paraíso, una funeraria para nonatos. Lleva ya unos meses prestando este servicio porque siente que el Señor le pide que lo haga. Ella es laica consagrada en la Comunidad del Cordero y asegura que, así como la muerte de un adulto se ilumina con la Pascua de Resurrección, la de un bebé hace lo propio con la Navidad. “Soy testigo de que los cielos se abren y que Dios se hace presente en este tiempo de duelo”, sentencia Helena. Para más información de María, puerta del paraíso llama al móvil 659 879 521 o entra en la web www.mariapuertadelparaiso.org 

Artículo publicado en la edición número 65 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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