Los misterios proféticos de Juan Pablo II

Cuarenta años después de su elección como Papa, la figura de Juan Pablo ii mantiene la potencia espiritual que cautivó a millones de personas. Su magnetismo nacía de su fidelidad a una “plegaria maravillosa”, con la que quiso frenar, de forma profética, problemas sociales que hoy siguen lacerantes. Una oración vinculada a un instrumento que siempre llevaba consigo, hasta el día en que fue enterrado con él entre las manos: el Rosario. 

Por José Antonio Méndez

El 16 de octubre de 1978, Karol Wojtyla se asomaba sonriente al balcón de la plaza de San Pedro y el mundo conocía, por primera vez, a Juan Pablo II. Nadie podía suponer hasta qué punto el primer Papa no italiano en 455 años iba a convertirse en una de las personalidades más influyentes del siglo xx, capaz de transformar la realidad de su tiempo y establecer un legado que no perdería un ápice de vigor 40 años después.  

Su carismática figura tiene aspectos por todos conocidos: su papel en la caída de la urss; su defensa de la vida humana, que sirvió como dique de contención a la promoción del aborto; el impulso que dio a la evangelización de jóvenes y alejados; una nueva pastoral familiar enraizada en su teología del cuerpo; sus viajes apostólicos, equivalentes a 30 vueltas a mundo… 

Toda esta fecunda actividad evangelizadora y su enorme dimensión pública tenían un punto de apoyo: la oración diaria, en la que, como él mismo reconoció en 2001, recibía “la carga interior para afrontar un mundo con frecuencia hostil”. 

Su gran secreto 

Pero ¿cómo rezaba el Papa santo? En varias ocasiones, el propio Karol Wojtyla quiso revelar el gran secreto de su vida espiritual, la  “plegaria maravillosa”  que  “me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación”, y que  “en su sencillez y profundidad (…) [me] pone en comunión vital con Jesús, a través del corazón de su Madre”: el rezo del santo Rosario.  

“El Rosario es mi oración predilecta”, reconoció públicamente a las dos semanas de ser elegido Papa. Una elección que, por cierto, aconteció en el mes de octubre, tradicionalmente dedicado al Rosario en la Iglesia. 

Juan Pablo II entendía el Rosario como una oración de gran eficacia, vinculada a la espiritualidad contemplativa y también a la actividad misionera. Por ello, rechazó con vehemencia la corriente posterior al Vaticano ii que lo veía como una práctica caduca o una repetición supersticiosa a modo de mantra, y fueron numerosas las ocasiones en que pidió que fuese promovido en las parroquias, familias, congregaciones religiosas y nuevos movimientos.  

Para todos los problemas 

El motivo de esa doble eficacia (contemplativa y misionera) es, como explicó en el Santuario del Rosario de Pompeya, que  “esta oración profundamente cristocéntrica nos permite contemplar los misterios de la vida de Cristo”, no solo desde la óptica de la Virgen,  “que, como Madre, meditaba esos misterios en su corazón”, sino  “acompañados por Ella misma”. 

Un freno ante las modas supersticiosas

Juan Pablo II definió el Rosario como un “compendio del Evangelio”, y lo propuso como exponente de la meditación cristiana frente a modas supersticiosas. “En occidente existe una renovada exigencia de meditación, que encuentra a veces en otras religiones modalidades atractivas”, decía.

“Hay cristianos que, al conocer poco la tradición contemplativa cristiana, se dejan atraer por tales propuestas”, que pueden tener “elementos positivos”, pero “a menudo esconden un fondo ideológico inaceptable”, y en las que “abunda una metodología que, pretendiendo alcanzar una alta concentración espiritual, usa técnicas de tipo psicofísico, repetitivas y simbólicas” que, en realidad, alejan de Dios.

Con el Rosario, Juan Pablo II proponía una meditación realmente eficaz para la unión con Dios, al contemplar los distintos pasajes del Evangelio que ilustran cada misterio, recrear la escena “con la imaginación” y con un par de versículos cortos, guardar un breve silencio, ponerse en manos del Padre con el Padrenuestro, “mantener la meditación” con  las diez Avemarías, y dar Gloria a Dios para “revivir de algún modo la experiencia del Tabor”.  

“Una oración tan fácil y tan rica” por su fuerza “contra las herejías y los nuevos desafíos” y por la “poderosa intercesión” de la Virgen “merece ser recuperada”

Esa presencia de la  Virgen hace del Rosario una oración  “abierta a todos los problemas de cada hombre y, a la vez, de todas las comunidades humanas, de las familias, de las naciones; hacia los problemas internacionales, (…) hacia toda la misión de la Iglesia”.  

Testamento espiritual 

Su confianza en el Rosario era tal que, como ha atestiguado en varias entrevistas monseñor Stanisław Dziwisz, secretario personal de Wojtyla, el Papa llevaba siempre consigo un rosario, lo rezaba completo a diario (contemplando todos los misterios), y en sus intenciones encomendaba a las personas con quienes se encontraba, además de los problemas más acuciantes que tenía entre manos. 

En 2002, tres años antes de morir, dejó por escrito una profunda reflexión sobre el Rosario a modo de testamento espiritual: la carta Rosarium Virginis Mariae. Con ella, convocó un Año del Rosario e incorporó cinco nuevos misterios, los luminosos, a los que ya componían el Rosario: gozosos, dolorosos y gloriosos. Además, la carta contenía un poderoso llamamiento a encomendar dos causas que, de forma profética, juzgaba cruciales para el futuro.  

Dos causas cruciales 

La primera de esas intenciones es  “la lucha por la paz (…) ante las dificultades que presenta el panorama mundial”, tan convulso en el inicio del siglo XXI.  “En vez de ser una huida de los problemas del mundo”, rezar y meditar el Rosario  “nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza para afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad”, afirmaba. 

La segunda intención es la defensa de la familia, “amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica”, que ponen en riesgo  “el destino de toda la sociedad”.  Y pedía a las familias que recuperasen la oración conjunta del Rosario (con los hijos y por los hijos) para crear en cada hogar  “el clima de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, y se obtienen de Él esperanza y fuerza para el camino”. 

“Una oración tan fácil y al mismo tiempo tan rica”  por su fuerza  “contra las herejías y los nuevos desafíos”, por  su potencial como “camino de santificación”  y por la  “poderosa intercesión”  de la Virgen,  “merece de veras ser recuperada”, reclamaba el Papa. Y concluía:  “¡Que este llamamiento mío no sea en balde!”.

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