María Vallejo-Nágera: “Las canas y los palos me han hecho más feliz”

A sus 54 años, dice estar “en el otoño de mi vida”. Pero no nos lo creemos mucho, porque sigue tan cargada de proyectos e ilusiones como cuando quedó finalista del Planeta, en 1999, y lo mismo cambia pañales a sus nietos, que prepara una lección magistral sobre la reina de Saba antes de salir de viaje con su marido. Sin ir más lejos, para hablar de Mujeres de Luz (La Esfera de los Libros), su último libro, gestado en Harvard, tenemos que sacarla del Museo del Prado, donde imparte clases frente a las grandes obras de arte sacro “para contagiar la pasión que se siente al descubrir la Biblia”. Y, además, nos pide retrasar la cita media hora para que le dé tiempo a ir a misa, como hace cada día. Así es ella. Simplemente, María Vallejo-Nágera.

Por José Antonio Méndez
Fotografía: Álvaro García-Coronado

PODRÍAMOS ACUDIR a su profesión y decir que con su primera novela quedó entre los cuatro finalistas del Premio Planeta; o que algunos de sus 13 libros han superado las 30 ediciones. O podríamos recurrir a su familia y recordar que es hija de uno de los más eminentes intelectuales españoles del siglo xx, Juan Antonio Vallejo-Nájera, y que tiene primos tan famosos como Samantha o Colate. También podríamos hablar de la conversión que vivió en Medjugorje, y de la que ha dado testimonio a miles de personas.

Pero, en realidad, María Vallejo-Nágera no necesita presentación para los lectores de Misión, que durante diez años han devorado sus artículos, desde el primer número de la revista y hasta hace un año, cuando una aventura en Harvard iba a alejarla (esperamos que temporalmente) de nuestras páginas. Hoy vuelve a ellas para hablar de su último libro, Mujeres de luz.

Y aunque la obra es un recorrido ecléctico por ocho biografías femeninas, a cuál más sugestiva, aprovechamos para hablar, entre risas y anécdotas, de la novena fémina del libro: ella misma.

Mujeres de luz es una ruptura con los libros que venía publicando sobre los misterios de la fe católica. ¿Por qué ese giro?

Este libro es fruto de mi último año, que he pasado en Harvard. Allí cursé un máster en liderazgo para personas de más de 50 años y tres cursos de teología. Luego aprovechaba las pocas horas libres que tenía para meterme en su biblioteca a investigar las biografías de estas mujeres, cuyas vidas me han fascinado desde niña. Al volver a España me encerré a terminar el libro. Pero no es un cambio total, porque gracias a Dios mi corazón sigue siendo creyente y me sigue valiendo la pena escribir para la Iglesia.

¿Cómo es una “mujer de luz”?

Estas ocho son mujeres de luz no porque fueran santas, menos María Magdalena, sino porque fueron luchadoras incansables, hicieron cosas grandes, tenían dones inmensos, pasaron por grandes altibajos, son famosísimas y eran unos trastos. Algunas fueron reinas, como Cleopatra o la reina de Saba; otras salieron de la inmundicia, como Coco Chanel, que de niña no tenía ni para comer y después cambió el mundo de la moda; otras tuvieron vidas atormentadas, como Lucrecia Borgia; otras fueron estrellas, como María Calas…

Y usted, ¿es una mujer de luz?

¡No!  Yo soy una mujer corrientita, con muchísimos defectos y que tiene que ir agarrada siempre a la fe para tirar adelante. Hace un rato le pedía a Dios  “que toda persona encuentre en mí un rayito  Tuyo”, pero yo, personalmente, no tengo luz alguna.

¿Ha elegido solo mujeres para subirse al movimiento feminista, tan en boga hoy?

Es que yo soy muy femenina y he querido mostrar que estas mujeres tan femeninas, aunque imperfectas, no necesitaron un hombre para brillar, sino que brillaron por sí mismas. La única excepción es María Magdalena, porque fue su encuentro con Jesús lo que le hizo cambiar.

En todas hay también sombras. ¿Por qué no obvia esos aspectos?

Porque faltaría a la verdad si las ensalzara ocultando sus sombras. Estas mujeres me conmovieron a pesar de sus defectos, porque se puede ser imperfecto y, aun así, tener luz. Por ejemplo, Peggy Guggenheim cometió pecados gravísimos, pero tenía un corazón bueno. Caso especial es María Magdalena, la única que conoció a Jesús.  Tal vez las otras habrían cambiado si le hubieran conocido.

O sea, todos somos rescatables…

Absolutamente todos. Hasta el mayor asesino, si tiene un encuentro con Jesús y un poquito de humildad.

El libro comienza con una anécdota de sus padres, siendo usted niña. ¿Cómo puede influir la familia en la pasión por la cultura?

¡Muchísimo! Mis padres nos daban poco dinero para salir, pero siempre que pedíamos un libro nos lo regalaban. Mi casa era una casa de libros: ¡Había muchísimos y de muchísimos temas! Mi padre decía:  “Todo lo que queráis leer, leedlo, y si queréis un libro, os lo regalo”. Además, la ópera sonaba a todo volumen y las vacaciones eran para ver museos: el MoMA, el Louvre… Eso hizo que a mis hermanos y a mí el arte se nos metiese por las venas.

Su padre la definía como “niña de ojos asombrados”. ¿Por qué cree tan importante ser curioso?

Porque no tener curiosidad te mata el alma. De pequeña, mi madre me regañaba porque preguntaba mucho, pero mi padre le decía:  “Déjala, que sin curiosidad no se va a ningún sitio”.

“Perder joven a mis padres me enseñó que la vida es un suspiro y que hay que aprovechar al máximo para vivirla bien”

¿Cómo era la relación con su padre, el conocido psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nágera?

Muy buena y, a la vez, algo distante. Él conmigo se moría de risa, y yo le amaba con locura y le admiraba muchísimo, pero también era duro y exigente. Era un hombre muy ético y muy moral. No fue muy creyente hasta el final de su vida, cuando a raíz de un cáncer tuvo una conversión y pudo morir con todos los regalos de la Iglesia. Sin embargo, siempre nos decía:  “Jamás os metáis con la religión de nadie, porque pertenece a la persona como algo sagrado”.

¿Y con su madre?

Con ella tuve poca relación, porque cuando yo tenía 16 años enfermó de alzhéimer y estuvo 30 años con esa enfermedad. Eso me hizo crecer con un gran vacío afectivo. A mi padre lo perdí con 24 años, y podría decir que a mi madre la perdí con 16. Eso me enseñó que la vida es un suspiro y hay que aprovechar al máximo para vivirla bien.

Aunque tiene un apellido muy mediático, ¿por qué nunca ha salido en los medios con su familia?

Mi vocación es dar toda la felicidad del mundo a mi familia, y la familia que yo he creado siempre ha sido muy discreta, por eso nunca hemos querido salir en revistas o en la tele, aunque nos lo han ofrecido. Gracias a Dios, mi matrimonio ha sido mi gran regalo y ahora entiendo por qué tiene que ser un sacramento. Mi marido y yo llevamos 30 años casados, que se dice pronto, y estamos más enamorados que nunca. Él dice que nunca se aburre conmigo porque no paro de contarle cosas. Nos conocimos muy jóvenes, fue un flechazo y nos casamos a los ocho meses porque no queríamos estar separados. Como todo matrimonio hemos pasado por altibajos, pero el matrimonio es un reto y una cruz, y cuando hemos tenido problemas, hemos tenido que agarrarnos fuerte el uno al otro, y a Dios.

“El matrimonio es un reto y una cruz; cuando hemos tenido problemas, nos hemos agarrado fuerte el uno al otro, y a Dios”

En su vida hay un antes y un después del viaje que hizo en 1999 a Medjugorje. ¿Qué le pasó allí?

Que tuve una conversión muy fuerte. No vi a la  Virgen, ni nada raro. ¡Y menos mal, porque me hubiera dado un patatús! [ríe]; fue un despertar del corazón, como le ocurrió a André Frossard o a san Pablo.

¿Y, como Frossard, puede decir “Dios existe, yo me lo encontré”?

Completamente. El Señor actúa cuando le da la gana, donde le da la gana y como le da la gana. Dios puede hacer que te conviertas incluso en la cárcel, como conté en Un mensajero en la noche (Zeta Bolsillo, 2010). Él eligió Medjugorje para que yo me convirtiese y eso cambió mi vida. Que el  Vaticano diga si lo que ocurre allí es verdadero o es falso ya no me incumbe a mí, sino al  Vaticano.

Y hoy, ¿cómo vive su fe?

Con sacramentos, oración, confesión semanal y dirección espiritual.  Tengo muchas dudas, como todo el mundo, pero con Jesús tengo una gran alegría en el corazón. Los sacramentos y el amor a Dios es lo que me sostiene.

Sin embargo, ahora ha decidido dejar de dar testimonios públicos sobre su fe. ¿Por qué?

La vida son etapas y mi etapa de testimonios como conversa en Medjugorje ya ha finalizado, porque creo de verdad que he cumplido con la misión que tenía en mi corazón. En estos años he recibido miles de invitaciones de todo el mundo, pero creo que Dios ya no quiere eso para mí. En Harvard, donde todos eran protestantes o ateos, me he enamorado de la Biblia, y me he dado cuenta de que los católicos no la conocemos porque no la leemos. Por eso, ahora quiero ir por un camino más académico y ayudar a mis amigos y a quienes confíen en mí a descubrir la Biblia.

La vida son etapas y mi etapa de testimonios como conversa en Medjugorje ya ha finalizado. Ahora quiero ayudar a mis amigos y a quienes confíen en mí a descubrir la Biblia

En 20 años dando testimonio de su fe, ¿ha tenido miedo de que la mirasen a usted y no a Cristo?

Muchas veces. La vanagloria me la frenaron las críticas, que me mantuvieron con los pies en la tierra. Pero lo que más miedo me daba era cuando alguien se me acercaba y me pedía oraciones o me besaba las manos.  Yo siempre decía:  “El único que le puede ayudar es el que está en el Sagrario”. El actor Jim Caviezel, con quien he podido hablar mucho, me decía  “la gente cree que soy santo y soy solo un actor”. A mí me pasa lo mismo, desde la literatura. Por eso me hace bien que mi director espiritual me diga:  “Tú eres como san Pablo, pero sin el san, porque anda, hija, que no te queda para llegar al Cielo…”.

O sea, que la fama a causa de su fe le hace más difícil vivir la fe…

Cuanto más humilde sea el corazón, más cerca se está de Dios. Y a mí, al escribir libros y ser conocida, me cuesta mucho la humildad. Tanto que me he llegado a plantear escribir con pseudónimos para quitarme ese peso. Solo Dios sabe la puerta tan estrecha que tenemos que atravesar los que la gente cree que somos como santos.

“Cuanto más humilde sea el corazón, más cerca se está de Dios. Y a mí, al escribir y ser conocida, me cuesta mucho la humildad. Tanto que me he llegado a plantear escribir con pseudónimos para quitarme ese peso”.

¿Qué tiene la María Vallejo-Nágera de 2018 que no tenía aquella de 1999 que quedó finalista del Premio Planeta?

Madurez, heridas sanadas, mayor templanza, más capacidad de perdonar y más capacidad de amar. Me he vuelto menos intransigente, juzgo menos. Las canas y los palos, como el fallecimientos de gente amadísima o enfermedades que hemos pasado en casa, me han hecho una mujer mucho más feliz, porque me han enseñado que la vida no es fácil para nadie, que estamos aquí por algo y que hay que aprovechar todo para cumplir tu misión.  Y así, incluso el sufrimiento puede ser una joya de Dios para calmarte y enseñarte a dar más amor a tu alrededor.

¿Te ha gustado este artículo? Suscríbete gratis y recibirás la revista cada tres meses en casa

Dona ahora: ayúdanos con tu donativo para que podamos seguir contando historias como esta