Por Javier Lozano
El beato Juan Castañón, conocido como “Juanín”, tenía tan sólo 18 años cuando fue fusilado durante la Revolución de 1934. Se trata del más joven de los mártires seminaristas de Oviedo, que acabarían precediendo a miles más, poco tiempo después, tras el estallido de la Guerra. “¿Si nos matan seremos mártires?”, era la pregunta que se formulaban estos seminaristas en un sótano oscuro intuyendo el futuro que les aguardaba.
Con un aplomo sobrenatural este casi niño dijo a todos, tal y como recogió un compañero que sobrevivió: “Mártir viene de martirio, que significa testificar. Si a nosotros antes de matarnos nos preguntan si somos católicos y decimos que sí, testificamos. Y si nos matan sin preguntarnos es porque nos creen testigos por ser seminaristas. Luego, nos pregunten o no, somos mártires”, afirmó convencido Juanín. Pocas horas después testificó con su vida.
La historia de este joven mártir es una de las que aparecen en Los 39 mártires de 1934 en España, con los santos de Turón a la cabeza (Ediciones Encuentro, 2025), de monseñor Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid y uno de los mayores expertos en la persecución religiosa en España en el siglo xx.
Una doble enseñanza
Martínez Camino asegura que los miles de mártires que tiñeron de sangre las tierras de España el pasado siglo ofrecen un doble mensaje al hombre de hoy: uno de denuncia y otro de anuncio. “Con su vida y con su muerte, los mártires denuncian un modo de vida banal y sin sentido y nos ayudan a descubrir las mentiras que quieren secuestrar el alma de las personas a través del ídolo moderno que se llama ‘progreso’”. Un ídolo, explica, que “promete una vida plena en este mundo, sin sufrimientos. Esto es mentira”. Y recuerda que “el siglo xx es el siglo en el que el ‘dios progreso’ ha levantado la montaña de cadáveres más alta de la historia”, fruto de un “paganismo moderno” que ha cobrado una “fuerza increíble”.
Además, destaca que estos mártires no se sometieron a estos ídolos, lo que “nos sirve a nosotros para abrir los ojos frente a este ídolo que hoy se refleja en el materialismo, el hedonismo, en la satisfacción inmediata de los deseos, y que ha destrozado tantas vidas”.

Los mártires anuncian dónde está la verdad, que la vida cristiana merece la pena, que la meta “es la Gloria de Dios, el Cielo” y que “es posible una esperanza más fuerte que la muerte, que no defrauda”.
El deseo del martirio
Los mártires no son algo del pasado, sino parte de la vida de la Iglesia de hoy. “Toda vida cristiana auténtica implica ser testigo. Y los cristianos auténticos desean el martirio prototípico, que es unir su sangre a la sangre de Cristo. Esto es una gracia, es un don de Dios y por eso lo desean”, agrega.
Pero más allá de este martirio de sangre, hay otras formas de ser mártir: no sometiéndose a los ídolos. Esta es “una batalla diaria contra la mentira, el egoísmo institucionalizado de nuestra sociedad, el individualismo radical y, en definitiva, contra los enemigos del hombre: el demonio, el mundo y la carne. La vida cristiana es esta milicia que planta batalla”.
Prepararse a fondo
En este sentido, Martínez Camino, director de la colección Mártires del siglo xx en Ediciones Encuentro, invita a mirar a estos testigos “con la certeza propia de quien se sabe ciudadano del Cielo, y sabe que hay algo que vale más que la vida”.
A su juicio, la mejor preparación para el martirio se da viviendo “a fondo” las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, porque los mártires eran personas normales, de carne y hueso, que también tenían miedo. “Pero vivir estas virtudes, es decir, la confianza en Dios, el amor a Dios y a los hermanos y la esperanza de la Gloria, hace que todas las debilidades humanas se convirtieran en fortaleza”, agrega. Por ello, incide en que “no hay que tener miedo al martirio, a lo que hay que tener miedo es a perder la esperanza y vivir en pecado”.
SEMILLA DE NUEVOS CRISTIANOS
En el año 197 Tertuliano escribió una cita que hoy perdura: “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. San Juan Pablo ii –indica Martínez Camino– recordó en varias ocasiones que “Europa fue evangelizada sobre el testimonio de los mártires de Roma de los primeros tres siglos”. Y pese a ello el siglo xx es el siglo de los mártires. Nunca tantos cristianos han dado su sangre en nombre de Jesucristo. Pero los frutos de estos martirios hay que entenderlos en la lógica de Dios. El obispo indica que “España ahora es pagana”, lo que lleva a preguntarse: “¿Cómo es posible esto con esta cosecha inmensa de mártires?”. “Hay que tener la paciencia de Dios para verlo, pero los habrá”, responde a Misión. Es más, “en los seminarios, los noviciados y las casas de religiosas en los años 40 y 50 hubo un número de vocaciones como nunca antes en la historia.
Pero, además, esa floración enorme dio lugar a tal cantidad de misioneros sin los cuales no hubiese sido posible pensar lo que ahora es la Iglesia en la India, África o, sobre todo, Iberoamérica. España ha sido la gran potencia misionera y esto se debe a nuestros mártires”. En su opinión, esta sangre no se ha agotado y en el tercer milenio se verá su intercesión, pero los tiempos sólo los conoce Dios.
Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





