Matrimonio abrazándose

La “revolución radical” de los matrimonios eucarísticos

Eucaristía y matrimonio son los dos sacramentos del cuerpo por excelencia: el de la entrega de Jesús en la cruz por su esposa la Iglesia y el del don total de los esposos entre sí en cuerpo y alma. De ahí que la fusión íntima y radical a la que están llamados los esposos solo se alcanza en el encuentro frecuente con Cristo en cuerpo, sangre, alma y divinidad: Cristo Eucaristía.

Por Isabel Molina Estrada

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Enraizar la vida en la Eucaristía para cualquier católico es esencial, pero para los matrimonios tiene un valor añadido. Como explica el francés Yves Semen, reconocido experto en Teología del Cuerpo y en sexualidad esponsal, en su libro La espiritualidad conyugal según Juan Pablo II (Desclée De Brouwer, 2011), “la Eucaristía es una obra de entrega nupcial” pues “Jesús se hace ofrenda de sí mismo, hasta el extremo, por su esposa la Iglesia”. Y añade: “Así es como los esposos están llamados a entregarse el uno al otro: hasta la ofrenda extrema de sí mismos”.

En esta misma línea, el teólogo Juan José Pérez-Soba, quien ha guiado e instruido a muchísimos matrimonios, explica a Misión que “en la Eucaristía, Cristo realiza de modo eminente ese ‘ser una carne’ que viven los esposos porque se hace una carne con la Iglesia. Y de esa comunión indisoluble de Cristo con la Iglesia se alimenta el amor indisoluble de los esposos, que participan en un amor eterno”. Por eso se dice que el matrimonio es el más eucarístico de los sacramentos y el único que no acaba en la celebración sacramental: para ser total, se necesita que el consentimiento de los novios en el altar se consume en el lecho nupcial, en “el acto de la entrega de los cuerpos, que forma parte constitutiva de la celebración litúrgica del matrimonio”, en palabras de Yves Semen.

Matrimonios eucarísticos
La radicalidad de la entrega que supone el sacramento del matrimonio –darse el uno al otro como Cristo en la cruz–, y que supone una revolución frente a la mentalidad divorcista extendida en la sociedad, solo es posible si los esposos anclan su unión en Jesús Eucaristía. Algo que han vivido matrimonios santos que gozan de reconocimiento eclesial –y muchos otros anónimos– como Luis y Celia Martin.

En su biografía Santos de lo Ordinario (Homo Legens, 2009), la autora, Hélène Mongin, cuenta que la misa era para los padres de santa Teresita de Lisieux “el centro de su vida y la primera actividad de cada día”. Es llamativa la anécdota de que para poder cumplir luego con sus ocupaciones diarias, ambos asistían a la primera misa del día, a las cinco y media de la mañana, y al cruzar la puerta de la calle solían despertar a sus vecinos, que comentaban: “Son los santos esposos Martin que van a la iglesia. Aún podemos dormir un rato”.

Para los Martin, “la misa diaria no era una rutina, sino una necesidad vital, un descanso y una fiesta”, incluso en los malos tiempos que atravesaron por las dificultades económicas, físicas o familiares, explica Mongin. De hecho, la autora de esta biografía que no tiene desperdicio asegura que los dos demostraron a la Eucaristía una fidelidad heroica hasta el final y, ya muy enfermos, “consagrarán a la Eucaristía los últimos esfuerzos para moverse”.

“Cuando pasamos baches, cuando el cansancio nos puede, siempre recuperamos la vida en la santa misa”

Centro de gravedad
Como enseña la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II, el mayor anhelo del corazón humano –aunque a veces no lo sabe– es recuperar la gracia primera que disfrutó en la creación en ese estado originario en el que Dios lo puso en el paraíso, donde no existía nostalgia de la unión con Él. Por eso en el matrimonio los esposos buscan saciar esa sed inagotable de fusión, de comunión, de hacerse uno. Y por eso también a veces surgen traspiés y riñas cotidianas, como expresión de cierta frustración por no poder alcanzar esa unión total de cuerpos, almas y corazones a la que se sienten llamados.

Sin embargo, también la Teología del Cuerpo ofrece claves para que los esposos, dos corazones sedientos y hambrientos de comunión perfecta, se puedan ir fundiendo en una sola alma: como el encuentro que pasa por la Eucaristía.

Esta es la experiencia de matrimonios eucarísticos como el de María Luisa y José María, afincados en Madrid y padres de cuatro hijos, que han permanecido anclados en la Eucaristía desde su noviazgo hace ya 40 años. “Nuestro noviazgo empezó en la santa misa y así ha continuado desde aquel verano de 1981–rememora María Luisa–. En la misa se arreglaban los enfados, los encontronazos o las faltas de entendimiento”. Y añade José María: “Siempre que mi novia y yo nos enfadábamos, nos volvíamos a encontrar en la misa. Una, dos, cincuenta veces, el Señor hacía de centro de gravedad: nos atraía y nos volvía a juntar. De Jesús Hostia recibíamos la fuerza y el amor para continuar juntos. ¡Qué cierto es que, si das a Jesús todo, aunque nuestro todo es bien poca cosa, con ese poco Él forma una familia como la de Nazaret!”.

José María venía de un ambiente donde no se frecuentaba la Eucaristía, pero una vez comenzó a salir con María Luisa, empezó a asistir a misa a diario. “Cuando conocí a la que iba a ser mi esposa, yo no pensaba en ir a misa, ni en tantas otras cosas que después fui descubriendo. Sin embargo, Dios me llevó a un ambiente en el que se deseaba estar cerca de la Eucaristía. Hoy sé que el ambiente en el que se elige vivir es el que define tu vida, los frutos que darás y los que recogerás”.
Su matrimonio ha girado siempre alrededor de su encuentro cotidiano con el Señor. También cuando comenzaron a llegar los hijos. “No sé decirte qué nos impulsaba, pero todo estaba ordenado a ese momento. Pasaron los años, y nunca fallamos a la santa misa, y el Señor nos recompensó dándonos fuerzas cada día. Disfrutábamos de estar unidos en la Eucaristía, aunque eso conllevara una maratón de atascos, calor, lluvia…”, asegura María Luisa.

Transformación en Cristo
La Eucaristía “es principio de toda espiritualidad conyugal”, expone Pérez-Soba. “Cuando el Señor dice ‘nadie viene a mí si el Padre no lo atrae’, habla de que es el Espíritu Santo quien atrae a los esposos a la Eucaristía para vivir de ella. Gracias a ese encuentro eucarístico, los esposos van alcanzando una perfección nueva, una transformación en Cristo que hace crecer la intimidad común y la convivencia familiar”, añade.

Así lo corrobora María Luisa, quien comenta que para ella y su marido, “todas las fuerzas, ilusiones y alegrías salen de la Eucaristía. De ella manan a raudales las gracias para vivir cada momento: cuando pasamos baches, cuando no vemos claro, cuando el cansancio nos puede, siempre recuperamos la vida en la santa misa. Una y otra vez el Señor disipa las brumas que se enganchan en nuestro corazón”.

María Luisa y José María

Revitalizador y sedante
“El sacrificio eucarístico es la fuente misma del matrimonio cristiano”, apuntó san Juan Pablo II en su exhortación Familiaris Consortio. “En este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los cónyuges cristianos encuentran la raíz […] que configura interiormente y vivifica, desde dentro, su alianza conyugal”. Así lo han comprobado María Luisa y José María una y otra vez: “Después de recibir al Señor en la Eucaristía o estar un rato ante el Santísimo salimos los dos como si nos hubieran puesto un sedante y al mismo tiempo un revitalizador. Él nos da un conocimiento lleno de cariño y comprensión hacia el otro, más delicadeza, más detalles de cariño. En resumen, Él vigoriza nuestro amor”, aseguran.

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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