Lo que el cuerpo pide

La presencia de mi cuerpo en misa no es de ningún modo instrumental. Mi cuerpo no es un mero portador. Por eso importa pedirle que acuda con las mejores disposiciones y cuide mucho sus gestos y su compostura.
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Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Por Enrique García-Máiquez / Ilustración: Antonia Torres

Mi amiga Rocío Arana (recomendabilísima poeta, dicho sea de paso) tiene una conversación en un bar con un amigo, de nombre Sergio. Este le pregunta si va todos los días a misa o cuando se lo pide el cuerpo. Rocío le contesta que va todos los días porque se lo pide el cuerpo. Es una espléndida respuesta. Pero además ella tiene –me cuenta– la pillería de imaginarme allí, y que levanto la vista ante su retruécano y que sonrío. En efecto, lo hago. Y que con eso –añade– yo escribiría un artículo.

Supongo que el subconsciente de Arana tiene en cuenta la amarga suerte del articulista todoterreno, que va sacando artículos de lo bueno o gracioso que recoge por la calle. Pero además tiene un punto de reto. Y en esto soy muy de esta tierra de dehesas: como el toro, embisto a poco que me citen desde los medios con donosura. No hay nada más fácil que incitarme a escribir cualquier cosa. Y la contestación de Rocío no es cualquier cosa.

El problema es que mi cuerpo es mucho más indisciplinado que el de Rocío Arana. Hay días en que no me pide que yo acuda a misa, aunque acudo. A Sergio yo le tendría que dar explicaciones más alambicadas, que además me temo que le interesarían menos, porque no se las da Rocío, todo hay que decirlo.

“En el sacramento del Cuerpo de Cristo, el de los cristianos tiene mucho que decir o, mejor dicho, que asistir. Por eso importa pedirle que cuide mucho sus gestos y su compostura”

Más cercano a mi verdad estaría decir que voy a misa todos los días porque me lo pidió el cuerpo. Quiero decir, que hubo un momento de mi vida en que me comprometí a hacerlo con toda seriedad y claridad, de modo que ahora mi cuerpo, que es un caballero, cumple mis compromisos. Hacer un voto y cumplirlo era, según Chesterton, “la antítesis vital de la condición servil y, por tanto, su antagonista”. En barroca consecuencia, resulta mucho más libérrimo acudir a misa esos días en los que no te lo pide el cuerpo.

Así que, si yo hubiese estado en esa conversación, hubiese levantado la vista, sí, y hubiese sonreído, por supuesto, pero habría añadido que yo no voy a misa cuando me lo pide el cuerpo, sino que le pido al cuerpo que sea tan considerado de llevarme a misa, por favor. Como es un encanto y muy servicial, él me hace el favor.

Lo que no le había dicho al cuerpo hasta ahora, y aprovecho la ocasión, es que su presencia en misa no es de ningún modo instrumental. No es un mero portador. En el sacramento del Cuerpo de Cristo, el de los cristianos tiene mucho que decir o, mejor dicho, que asistir. Por eso importa pedirle que acuda con las mejores disposiciones y cuide mucho sus gestos y su compostura. Él, que se pensaba apenas materia maleable y, ay, perecedera, se cruza, cada día si es posible, con la eternidad y la recibe y hasta la encarna. Son misterios muy grandes que justificarían de sobra que el cuerpo no quisiese perderse la misa ningún día ni loco. 

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