Por Rubén Risco / Ilustración: Javier Ugarte
Trento, 1562. En las deliberaciones de la sesión tercera del concilio se debatía sobre la música sacra. Un cardenal italiano se quejaba de los abusos de la polifonía: «La música actual con tantas melodías intrincadas no permite distinguir el texto litúrgico. No se entiende nada. Además, autores como Orlando di Lasso recogen melodías de canciones galantes -y enfatizó- o incluso obscenas en sus misas».
El Papa Pío IV se levantó gravemente, pidió silencio con un ademán y pontificó: «Hay que volver al gregoriano y prohibir los instrumentos en la liturgia».
El propio sobrino del Papa, el cardenal Carlos Borromeo (canonizado en 1610) pidió la palabra e hizo una petición desesperada: «Podríamos buscar un compositor que aunara la claridad del texto, la belleza de la polifonía, y evitara las melodías mundanas». En su mente estaba el maestro de capilla de Santa María la Mayor, Giovanni Pierluigi da Palestrina, hombre piadoso siempre ligado al papado, desde que a la edad de 12 años un obispo le escuchara cantar en la calle de su ciudad natal de Palestrina, y le invitara a incorporarse al coro de la capilla Sixtina. El Santo Padre volvió la mirada y manifestó: «Sea, y vos mismo buscaréis a ese hombre».
A los 12 años un obispo lo invitó a unirse al coro de la capilla Sixtina
Éxito rotundo
A pesar de algunas reticencias iniciales, el maestro Palestrina aceptó el encargo y se lo dedicó al Papa Marcelo II, el cual había fallecido siete años atrás. El propio compositor dirigió su misa ante el Papa, que, conmovido por la serena belleza de la misma, y al comprobar que cumplía fehacientemente con las condiciones requeridas, no sólo se arrepintió de sus planes anteriores, sino que la eligió como la misa que se interpretaría en la coronación de los Papas, algo que se hizo ininterrumpidamente desde entonces hasta 1963, cuando tuvo lugar la última coronación papal, la de Pablo VI.
El gran mérito de Palestrina fue lograr aunar el arte sublime de la polifonía renacentista en las partes con textos cortos (ej. Kyrie, Agnus Dei) con la limpieza del sonido, en una partitura adaptada al ritmo natural de la voz hablada, en los textos largos (ej. Gloria), permitiendo la escucha clara del texto. Siempre se mantuvo fiel a la Iglesia en lo personal y en lo laboral, rehusando grandes ofertas seculares, como la del Duque de Mantua, para mantenerse en su querida Roma, muriendo como “compositor de la capilla papal”.
El Papa León XIV se ha referido a la efeméride definiendo a Palestrina como “uno de los compositores que más han contribuido a la promoción de la música sacra, para la gloria de Dios y la santificación y edificación de los fieles”.
La música que transporta al cielo
El reconocimiento de su música trasciende los siglos, como lo expresa el Papa San Pío X en Tra le Sollecitudini: “Cualidades (que) se hallan también en sumo grado en la polifonía clásica, especialmente en la de la escuela romana, que en el siglo XVI llegó a la meta de la perfección
con las obras de G.P. de Palestrina”. Como obra plenamente espiritual, el compositor contemporáneo James McMillan nos comparte su experiencia personal: “Cuando la escuché por primera vez sentí que estaba en el cielo, […] este es el efecto que produce Palestrina en los oyentes”.
Artículo publicado en la edición número 77 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





