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San Juan Pablo II

La perfecta alegría de la Cruz

Los santos son maestros, personas de épocas diversas que han abierto sendas que facilitan el tránsito a los que van tras ellos. San Francisco de Asís o san Juan Pablo II nos enseñan el camino para vivir los sufrimientos y los padecimientos de la vida con una “alegría perfecta”.

Por Javier Lozano

En Las florecillas de San Francisco se relata cómo el santo de Asís aprovechó una fatigosa marcha hacia santa María de los Ángeles junto al hermano León para enseñarle amorosamente qué era la  “alegría perfecta”. ¿Qué podía ser? ¿Resucitar a los muertos? ¿Convertir a todos los “infieles”? ¿Devolver la vista a los ciegos?  “No está en eso la alegría perfecta”, le decía san Francisco.

El hermano León le imploró que se la mostrara. Y el santo al fin le dijo que la encontraría si al llegar a su destino  “atormentado por la intensidad del frío”, “mojados, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre”, el portero no les quisiera abrir y les hiciera esperar en la nieve acusándolos de ladrones. “Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo (…) aquí hay alegría perfecta”. Pero no acabó ahí la lección. ¿Y si tras volver a llamar  saliese a apalearlos?  “Si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta”, añadió el santo.

Curiosamente, la “alegría perfecta” va unida al sufrimiento y a los ­padecimientos. ¿De verdad se puede estar alegre en medio del dolor? Esta es una pregunta que ha acompañado al hombre desde siempre. Para los que han convertido el  “pare de sufrir” en un lema de Occidente, poder vivir alegre en medio del dolor es puro “masoquismo”, una locura, pero para los cristianos es justamente lo contrario, como señaló magistralmente el gran santo de Asís. Cuando el sufrimiento se vive desde la fe, se convierte en redentor y permite vivir cualquier acontecimiento, por duro que sea, con la alegría que emana de la confianza, la esperanza heroica.

La esperanza de la Cruz

San Juan Pablo II, otro gran santo, conoció profundamente el dolor a lo largo de su vida y aun así confesó con fe que  “la alegría que brota del sufrimiento cristiano no es un gozo su­perficial ni fácil”. El origen de esta alegría –añadía–  “nace de la unión con Cristo crucificado y resucitado, que transforma el sufrimiento en un camino hacia la vida”. ¿Dónde se da esto?, se preguntan muchos. La respuesta está en la Cruz, donde “el sufrimiento se convierte en redención, y esa redención es la raíz de la verdadera alegría”.

“En la Cruz el sufrimiento se convierte en redención, que es la raíz de la alegría ”

El gravísimo atentado que sufrió en 1981 estuvo a punto de costarle la vida. Ya entonces, pero, sobre todo, al final de su vida, donde la enfermedad iba empequeñeciéndolo, fue un testigo de la alegría y la serenidad que una fe profunda proporciona en medio del sufrimiento. Estar unido a la Cruz de Cristo, abrazándola y abandonándose a la voluntad de Padre, proporciona lo que se puede llamar la “perfecta alegría”. Y esto es lo que se podía ver en la sonrisa y los gestos que, pese a la enfermedad, mostraban a un anciano Papa alegre y sereno en medio de enormes padecimientos.

 “El cristiano no está exento del sufrimiento, pero sabe que este sufrimiento tiene un sentido redentor”  y así “en medio del dolor, el cristiano puede experimentar una profunda alegría, porque sabe que está participando en el misterio de la cruz de Cristo y que este sufrimiento será colmado con la gloria de la Resurrección”, nos recordó.

Artículo publicado en la edición número 75 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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