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El espejo del alma: La importancia de redescubrir el origen y el fin de nuestro cuerpo

Cada verano al pasear por las calles salta a la vista que la sociedad actual ha desvirtuado el valor del cuerpo: o bien lo desprecia o bien lo idolatra. Urge mostrar la belleza y la altísima dignidad del cuerpo humano, masculino o femenino, que es reflejo inviolable de la persona en su totalidad. Gracias al cuerpo se hace visible a la persona entera, unidad sustancial de cuerpo y alma.

Por Javier Lozano

Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Dice el sabio refranero español que “una imagen vale más que mil palabras”. Sólo hace falta dar un breve paseo por alguna playa concurrida o por las principales calles de las ciudades para percibir la pérdida del valor de la persona y la instrumentalización del cuerpo. La cantidad de tela en la ropa de baño ha ido disminuyendo a la misma velocidad que el número de niños que se puede ver jugando en la arena. La sociedad ha cambiado la iglesia por el gimnasio, el templo de nuestros días, donde el culto al cuerpo, que no tanto su cuidado, ha tomado categoría de mandamiento social. Y los referentes de los más jóvenes son personajes famosos tatuados hasta el extremo o que visten de manera extravagante.

En este caso, lo que dice el refranero queda constatado también con las cifras. El 40 % de los españoles entre 16 y 35 años tiene al menos un tatuaje en su cuerpo. Unos 700.000 varones de esta franja de edad podrían sufrir vigorexia, un trastorno mental por el cual se da una obsesión por el estado físico. Además, en los últimos años se han disparado un 215  % las intervenciones de cirugía estética, superando con creces las 200.000 anuales, a la vez que las mujeres españolas son las europeas que más practican el toples y el nudismo.

Por otra parte, España está experimentando un preocupante boom de personas, la mayoría muy jóvenes, que afirman estar “atrapadas en un cuerpo equivocado”. En la Comunidad  Valenciana, por poner un ejemplo, los casos atendidos de quienes que dicen ser trans han crecido más del 10.000  % entre 2016 y 2021.

Todo este aluvión de datos, aparentemente con poca relación entre sí, revela un mismo problema de fondo: hoy el cuerpo se ha convertido en un fin en sí mismo y se ignora su significado real, que no es otro que la persona humana –creada a imagen De Dios– es una unidad sustancial de cuerpo y alma.

Somos alma y cuerpo

Partiendo de esta base, Juan Antonio Reig Pla, obispo emérito de Alcalá y gran especialista en Teología del Cuerpo, desmonta para Misión uno de los lemas intocables de la actualidad: “Mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiera”. “No tengo un cuerpo, sino que el cuerpo es la visibilización de la persona. Despreciar el cuerpo significaría despreciar a la persona, porque el cuerpo humano participa de la misma dignidad de la persona”, explica Reig Pla para dar a entender esta unidad. Por tanto, el cuerpo, que Dios ha querido plasmar como varón o mujer, ha sido creado para  “ser dado, para la entrega esponsal mutua entre el varón y la mujer”, y no para la realización egoísta de uno mismo. Así se puede entender que el cuerpo debe ser cuidado y respetado para que pueda cumplir el fin al que está llamado.

Rafael Gil, director académico del Programa en Teología del Cuerpo de la Universidad Francisco de Vitoria, añade un elemento esencial en este debate: “Lo que hago con mi cuerpo no afecta únicamente a mi cuerpo, sino a todo mi ser. No existen decisiones aisladas, independientes entre alma y cuerpo. Cualquier cosa que haga con mi cuerpo afecta a toda mi persona”. Por eso es necesario tener claro que “lo que debemos ser no es ‘dueños’ de nuestro cuerpo, sino dueños de todo nuestro ser”, e indica que hay que cultivar dos virtudes necesarias para tomar las decisiones correctas en orden a alcanzar la felicidad: el autodominio y el autoconocimiento, al servicio de la libertad. De ahí que no pueden ser las emociones ni los deseos los que rijan el cuerpo. Deben ser la inteligencia y la voluntad, propulsadas por el corazón, centro de nuestro ser, las que dirijan a la persona a actuar de acuerdo con su dignidad.

La aceptación de uno mismo es urgente para entender que no se puede disponer del cuerpo para  “cambiarlo”  por otro, para buscar la satisfacción sexual desordenada, para llenar un vacío interior retocando el exterior… Todas estas formas de  “compensación” efímera en busca del afecto anhelado hacen que la materia del cuerpo se desordene, en la propia persona y en la persona del otro, con quien se relaciona.

El cuidado del alma

Si lo que uno hace en su cuerpo tiene consecuencias en su alma, también el estado del alma tiene un claro reflejo en el cuerpo, en la postura, en el andar, en el vestir o en el trato con los demás. De ahí que, tirando nuevamente del refranero, se pueda decir que “la cara es el reflejo del alma”, como cuando al visitar un convento y pese a llevar una vida muy sacrificada y austera, es posible notar que una monja mayor parece joven y brilla con especial luz en su rostro. Es una belleza que, en contra de las leyes de la naturaleza, se hace más resplandeciente con el paso del tiempo. No le hacen falta maquillajes ni tratamientos estéticos para ser bella, porque su alma cristalina y reluciente la reviste. Es el rostro de una persona virtuosa que trasluce la belleza de Dios.

La castidad y el pudor

La tendencia actual a cuidar en exceso o a descuidar de forma notoria el exterior es propulsada por la ausencia de una adecuada vida interior, del cuidado del alma, que conduce a una gran pobreza espiritual y a una degradación del propio cuerpo. Reig Pla afirma que la cultura nihilista actual, guiada por instintos y emociones que llevan a las personas a navegar en el vacío, “está promoviendo personalidades narcisistas incapaces de cultivar virtuosamente los bienes del espíritu en armonía con la dimensión corporal de la persona”.

Frente a la ausencia de la virtud, dominan el deseo y la inmediatez, y el cuerpo tiene un protagonismo central desfasado. Rafael Gil explica que  “el cuerpo se ha convertido en un ídolo y se ha sembrado la idea de que si no tienes tal o cual físico, no eres digno de ser amado o lo tendrás muy difícil para ser feliz, porque la sociedad busca estereotipos comercializables con los que la gente se pueda identificar”. Los que viven según la carne, gustan las cosas de la carne. En cambio, los que viven según el espíritu gustan las cosas del espíritu” (Rm 8, 5). Pero Cristo apela al corazón del hombre para que oiga en su interior el eco que lo llama a cuidar su dignidad en la relación recíproca. Esta concupiscencia habla de algo muy hondo: el anhelo del hombre de dar a su cuerpo el valor supremo, la ­llamada al amor, al significado esponsal del cuerpo.

Virtud personal y social

Pero para alcanzar este fin del cuerpo es preciso volver a poner en valor la castidad. Esta “gran virtud personal y social”, recalca el obispo emérito de Alcalá, permite a la persona aprender a querer y custodiar el propio cuerpo y, así, respetar a los demás sin cosificarlos ni reducirlos a meros objetos. Y para alcanzar esta virtud –añade–  “es necesario aprender a mirar con pureza de corazón para ver en el cuerpo del otro a alguien que merece ser respetado. Se requiere además el pudor que custodia la intimidad de la persona sin exponerla como mercancía para el uso y consumo, a la vez que la fortaleza, para contener y dirigir el impulso erótico hacia el bien de la propia sexualidad”.

Este cambio de tendencia no sólo es necesario, sino también posible. Reig Pla reivindica que para recuperar la unidad de la persona, tal y como ha enseñado la Iglesia durante siglos, hay que educar en el cuidado de la salud corporal… ¡y espiritual! Esa salud se logra profundizando en el conocimiento de Dios y cultivando las virtudes necesarias para crecer en vida interior y en la capacidad de gobernar la libertad.

Cristo no ha venido únicamente a salvar las almas, sino a toda la persona, cuerpo y alma. Por esto mismo, Rafael Gil afirma que urge volver a poner en valor a toda la persona, y ahí el campo de la cultura es clave. “Tenemos que recuperar una cultura que responda a la verdad de lo que es el hombre, no al hedonismo, el materialismo y el relativismo”, concluye.

Del culto… al desprecio del cuerpo
La ideología de género, el feminismo, la hipersexualización, el transhumanismo, el hedonismo o el utilitarismo son corrientes dominantes que tienen la desvalorización del cuerpo como objetivo. “Todas las ideologías que atacan al cuerpo humano o lo exaltan hasta su instrumentalización, parten de la negación de la unidad de la persona y de la afirmación de una libertad sin límites”, advierte monseñor Reig Pla.  Se trata de una “revolución antropológica” que pretende “reducir el ser persona humana al sentir. Se dice: ‘Soy lo que siento y reclamo que este sentir sea reconocido como derecho afirmado como justicia en las leyes que nos rigen’”. Rafael Gil considera, además, que el fin de estas ideologías es “hacer creer que el hombre se construye a sí mismo y decide lo que es”. Frente a esta agenda, monseñor Reig Pla anima a dar testimonio cristiano y una respuesta filosófica a una sociedad que vive una profunda “crisis de la verdad y una reducción de la razón a su carácter instrumental”. Y concluye: “Como en otras ocasiones de profunda decadencia espiritual y moral, la fe está llamada a curar a la razón para que no tema afrontar la verdad. Y el testimonio de los cristianos ha de servir como revulsivo de la libertad para que no teman afrontar la verdad”.

Frente al feísmo, la belleza que salva
El culto al feísmo campa hoy a sus anchas en la sociedad. Se ve en las formas de vestir y de comportarse, en los cuerpos tatuados o agujereados de las personas, en la moda de lo lúgubre y en un sinfín de campos más. “Esto es fruto de una sociedad posmoderna construida por un hombre sin Dios. Si hemos expulsado a Dios de la sociedad, entonces no nos debemos extrañar de que lo que rige en muchos aspectos sea el capricho, lo irracional, lo que rompe con lo ‘tradicional’ como expresión de rebelión. Aunque parezca raro, crece en nuestra sociedad el gusto por lo feo, aquello que repugna a la vista”, explica Rafael Gil. En pocas palabras, la fealdad ha entrado a formar parte de la larga lista de ídolos sobre los que se intenta edificar hoy la felicidad. Este es un síntoma, indica Gil, de que el hombre busca desesperadamente en los ídolos lo que anhela en lo más profundo de su corazón. Y pone el foco en un elemento central para entender este feísmo imperante y sus efectos en las personas: “Lo que más odia el demonio es precisamente lo que no tiene: un cuerpo. Que el Hijo de Dios se haya encarnado ha hecho que el odio por el hombre sea su obsesión. El demonio quiere que olvidemos de dónde venimos, quién es nuestro creador. Un hombre que niega su origen pierde su identidad, y todas sus decisiones se verán afectadas”.  En su novela El idiota, Dostoievski anotaba que es la belleza la que “salvará al mundo”. Gil señala que “buscamos lo bello en el fondo de nuestro corazón porque queremos ser felices; es como un eco que no puede ser callado”. El impulso del espíritu humano tiende a lo bueno, lo bello y lo verdadero. Y la clave está en el amor, pues el amor es “lo más bello que existe”.  El que ama y se siente amado resplandece, irradia luz y una belleza trascendente, que va mucho más allá de lo estético. Mientras que el amor embellece, el odio afea.

Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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