El Museo THYSSEN-BORNEMISZA acoge una exposición inédita del artista francés

Por José Antonio Méndez

No es una broma: en octubre de 2015, una docena de estadounidenses creó un movimiento para mostrar su rechazo a las obras del pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir. Este grupo, conocido como Renoir Sucks At Painting –en español, “Renoir apesta como pintor”– llegó a manifestarse ante el Museo de Bellas Artes de Boston para pedir que se retirasen los cuadros del francés.
Lo llamativo del excéntrico grupo es que, a pesar de ser tan reducido en sus inicios, en menos de un año ha alcanzado más de 11.000 seguidores en Instagram.
El motivo del rechazo a la obra de Renoir no es solo la presunta falta de técnica y de realismo en sus obras, sino lo que consideran “sensiblería azucarada”, como “grotescas parodias envueltas en velos de algodón de azúcar”.
¿Y por qué ocurre esto con Renoir y no con cualquier otro impresionista? Pues tal vez porque Renoir es el que más se preocupó por mostrar la alegría de vivir que se esconde en cada escena cotidiana.
Es cierto que Renoir estaba mucho más interesado en captar la luz, la atmós-fera y hasta el pálpito más esperanzador que sus modelos podían guardar en el corazón, que en delinear con precisión los contornos.
Pero, además, a diferencia de sus coetáneos, Renoir buscó barnizar sus cuadros con la pátina del optimismo y de la frescura y dejó de lado –conscientemente– el retrato sórdido y perturbador del mundo. Y eso que participó en la guerra franco-prusiana, que no fue, precisamente, un cuento de hadas.
Renoir quiso mostrar un mundo ama-ble, es decir, digno de ser amado, aun cuando retrataba a una modelo de la época, como en La trenza; a una oronda moza desnuda, como en La ninfa junto al arroyo; o a un barquero seduciendo a una señorita, como en La Promenade. Sus obras tienen algo de invitación sensorial, de estímulo para el alma.
En la cosmovisión de Renoir –“La pintura es alegría”, dijo– tuvo mucho que ver la formación católica que recibió con los Hermanos de La Salle y el fervor cristiano de la Francia de la segunda mitad del siglo XIX.
Al concluir sus estudios, trabajó en la rue du Bac solo ocho años después de que el Papa canonizase a la francesa Catalina Labouré tras comprobar que, en aquella calle, la religiosa había recibido veinte años atrás la visita de la Virgen y el en-cargo de acuñar la Medalla Milagrosa.
Es muy improbable que, en el París de su época, el pintor no hubiese conocido la historia de la Medalla.
Tiempo después vivió en el barrio bohemio de Montmartre justo cuando se estaba construyendo la gran basílica del Sagrado Corazón, en medio de un clima de gran empuje del catolicismo. Un clima que se expresó en la cuestación popular que financió el imponente templo, y del que Renoir no pudo ser ajeno.
No se puede decir que Renoir fuese un pintor católico, pero sí que supo recoger la mirada de Dios sobre el mundo.
Ahora, del 18 de octubre al 22 de enero, el Museo Thyssen-Bornemisza trae a Madrid 70 obras del artista francés, procedentes de todo el mundo y algunas nunca expuestas en España. Y, del 7 de febrero al 15 de mayo de 2017, la exposición se exhibirá en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
La exposición “Renoir. Intimidad” se centra en las sensaciones táctiles que suscitan sus lienzos: en todos ellos se palpa el clima de intimidad –familiar, social, amistosa o amorosa– que surge cuando se mira al mundo con pasión y compasión en lugar de despreciarlo. Sin duda, su visita merece la pena.   

MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA
Paseo del Prado, 8
28014 Madrid
Tel.: 917 911 370
www.museothyssen.org

 

Museo de Bellas Artes de Bilbao
Museo Plaza, 2
48009 Bilbao
Tel.: 944 396 060
www.museobilbao.com

 

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