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Isis Barajas

El resoplido

Los niños pequeños no tienen pereza. No les importa que el objeto de su deseo esté en la otra punta de la casa; irán a por él con decisión. Puedes pedirles casi cualquier cosa; si está en su mano, harán lo posible para llevártela. Lo he visto en todos mis hijos. Pero a cierta edad aparecen las excusas. Quizá a los 6 o a los 7 años, no sabría decirlo con precisión. Depende del niño. Pero hay un momento en que todo empieza a cambiar. Y para detectarlo hay un síntoma inequívoco: el resoplido.

Por Isis Barajas
Ilustración: Belem Gallaga

Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Es fácil apreciarlo cuando en la hora de la cena el niño en cuestión no tiene la cuchara para fomar la sopa. Resopla. Ahí lo tienes, ya ha empezado la pereza. «Levántate a por una», le dices con tranquilidad; vuelve a resoplar y empieza con las excusas: «Es que a Fulanito le tocaba poner la mesa y no me ha puesto cuchara». «Pues cógela tú» «Es que le tocaba a él…». Otra vez: resoplido y excusa. En lo que tarda en quejarse y resoplar ya habría cogido cubiertos para todo un regimiento, pero no importa, insiste.

«Dice alguna organizadora profesional que el verdadero enemigo del orden es la pereza. Pero no sólo del orden; lo es de todo: de leer, de jugar con nuestros hijos, de ponerse a rezar…»

La pereza ha llegado para instalarse. Y se instala; ya lo creo que se instala. Tanto es así que me parece que estamos adentrándonos cada vez más en la sociedad de la pereza. Del cansancio, sí; pero también de la enorme pereza. La sociedad del mando a distancia, de voy en coche que son veinte minutos andando, de ya me lo trae Amazon, de la comida precocinada, de las recetas fáciles y rápidas, de mejor me compro otro en vez de arreglarlo, de las casas inteligentes, del certificado electrónico (yo no puedo vivir sin él, dicho sea de paso), del iPad en vez de cuaderno y boli, de los exámenes tipo test, de la recompensa inmediata, del autocompletar el texto o, mejor aún, del dictado y los audios, de las rupturas por WhatsApp, de la contratación online, del todo a un clic y desde casa. Hemos institucionalizado la pereza y hemos convenido en llamarla «progreso».

Dice alguna organizadora profesional que el verdadero enemigo del orden es la pereza. Estoy de acuerdo. Pero no sólo del orden; lo es de todo: de leer un libro, de hacer una comida enjundiosa, de jugar con nuestros hijos, de ponerse a rezar o de escribir este artículo. Siempre hay un sillón a mano y, sobre todo, una red social donde bucear hasta la insaciedad. Y es que la vida online nos genera desgana, nos quita la alegría y nos hacer estar ausentes de la realidad; nos sumerge en una pereza crónica, cada vez más metidos en nosotros mismos, en ese agujero de nuestro ombligo que nos envilece y nos ahuyenta del trabajo que supone el verbo»amar».

Mi cuñado Pablo es implacable con las excusas. Según explica siempre, «todos tenemos pereza, lo que nos diferencia a unas personas de otras es lo que hacemos con ella». Pero es que, claro, es tan agotadora la realidad y encima este texto ya es demasiado largo para caber en un post de Instagram, así que… ¡Uf, qué pereza todo! Resoplido y excusa.

Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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