“Si la Iglesia vendiera todos sus bienes para dárselos a los pobres, ¿no se acabaría la pobreza en el mundo?”

Responde Belén Manrique, colaboradora en Etiopía con las Misioneras de la Caridad
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Por Belén Manrique

Es frecuente escuchar de quienes justifican su antipatía por la Iglesia el argumento de que si esta vendiera sus bienes y se los diera a los pobres, se acabaría la pobreza en el mundo. Este y otros mitos se difunden como la pólvora sin pasar por una reflexión sobre su veracidad. Colaboro en una de las veinte casas que la Orden de la Madre Teresa de Calcuta tiene en Etiopía, un orfanato en el que viven más de cien niños enfermos de sida. Tras morir sus padres, la policía los recoge de las calles y los llevan a las casas de las distintas órdenes religiosas. Es decir, el titular de los niños es el Estado, pero la que se encarga de darles un hogar y de velar por su salud y educación es la Iglesia católica. 

En mi primera Navidad en Etiopía, aprendí que la solución a la pobreza no solo está en compartir bienes materiales, sino más bien en enseñar a producirlos.

Mi intención al venir a Etiopía no era salvar al mundo de la pobreza, ni mucho menos; más bien consideraba que los etíopes me iban a salvar a mí, pero se me ocurrió que, por Navidad, podía hacer un regalo a cada niño de mi orfanato. Si llego a saber los dolores de cabeza que me iba a provocar tal empresa, nunca la habría emprendido. El plan era sencillo: desde España me mandarían una caja con los regalos. Pero la caja fue retenida en el aeropuerto de Adís Abeba, y me costó mucho sacarla de allí una vez pasadas las fechas navideñas. Recuerdo las lágrimas de los niños la mañana de Navidad por los regalos que no llegaron.

Esta anécdota me enseñó que la solución a la pobreza no solo está en compartir bienes materiales, sino más bien en enseñar a producirlos, en ayudar a los países más desfavorecidos a construir las estructuras que garanticen que los recursos llegan a la población y, lo que es mejor, a que puedan ser independientes.

Tanzania es rico en oro, petróleo y minerales, y cuenta con una piedra preciosa única en el mundo: la tanzanita. Sin embargo, la corrupción política hace que sea uno de los más pobres del mundo. Por tanto, es necesario también educar en honestidad y generosidad. Precisamente esto es lo que hace la Iglesia.

Tanzania, donde también colaboro, podría estar en el ranking de los países más desarrollados del continente. Es rico en oro, petróleo y minerales, y cuenta con una piedra preciosa única en el mundo: la tanzanita. Sin embargo, la corrupción política hace que, según las estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas, sea uno de los más pobres del mundo. Por tanto, es necesario también educar en honestidad y generosidad, para que los recursos no se queden en manos de unos pocos. Precisamente esto es lo que hace la Iglesia, no solo acude con kilos de comida a una crisis humanitaria, sino que también se queda en el terreno una vez que el resto del mundo ya se ha olvidado de esa crisis.

En enero visité la misión que tienen los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús entre los gumuz, una tribu marginal que vive en la frontera etíope con Sudán. Luis, uno de los religiosos, me explicaba: “Vienes lleno de ilusión, con muchos proyectos en la cabeza, pero cuando te topas con las numerosas trabas que nos pone la Administración, las ideas se van reduciendo”. A otro poblado llegaron hace un año desde México cuatro carmelitas para abrir un orfanato con veinte niños. Me describen el estado en el que acogieron a una de las niñas de tres años: “Parecía una viejita, caminaba siempre encorvada, mirando al suelo. La lavamos y curamos y hoy, cinco meses después, ha vuelto a la infancia, se ha convertido en una niña resuelta y alegre. Esto es lo que hace el amor, cura hasta las heridas más profundas”. Y es que el verdadero desarrollo comienza cambiando corazones. Aquí es donde brilla la figura de los sacerdotes y religiosos misioneros que han renunciado a tener vida propia para convertirse en reflejo vivo de la fidelidad de un Dios Padre que se acerca al indefenso, sin pedirle nada y dándoselo todo.

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