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La soledad, otra pandemia silenciosa: No es bueno que el hombre esté solo

Millones de personas viven solas. Y millones más, aun rodeadas de gente, se sienten profundamente solas. Es una pandemia silenciosa que no distingue edad, sexo ni clase social. Las autoridades lanzan ahora alarmas ante un problema que, en buena medida, ellas mismas han alimentado al debilitar los vínculos familiares y erosionar la institución que mejor protegía frente al aislamiento. Pero no todo está perdido. La mejor vacuna contra esta gran crisis social no es un plan millonario ni una aplicación nueva: está más cerca –y es más antigua– de lo que imaginamos.

Por Javier Lozano

Hace apenas unos meses, los telediarios abrían con una noticia estremecedora: el cuerpo de Antonio apareció en su casa de Valencia… quince años después de su muerte. Quince años sin que nadie lo echara en falta. Casi al mismo tiempo, llegaban imágenes desde Japón de ancianos que robaban en supermercados con un objetivo insólito: entrar en la cárcel para no morir solos. Y, mientras tanto, crece el fenómeno de los hikikomori, jóvenes que se encierran durante meses –a veces años– en sus habitaciones, desconectados por completo del mundo. Historias distintas con el mismo trasfondo: la soledad convertida en un drama silencioso. Un problema sistémico y global del que tampoco escapa España. 

En España, en apenas medio siglo, el número de personas que viven solas se ha multiplicado por ocho. No es una impresión: estudios de la Fundación ONCE y del Observatorio Demográfico del CEU alertan de millones de españoles que reconocen sentirse solos. Se apuntan causas culturales, sociológicas e incluso económicas. Pero todas parecen converger en un mismo epicentro: el debilitamiento de la familia. Alejandro Macarrón, coordinador del Observatorio Demográfico del CEU, lo resume sin rodeos: el desplome de la natalidad y la creciente desestructuración familiar están dejando a millones de personas sin la red afectiva más básica.

Vínculos destruidos

Muchos niños crecen sin apenas vínculos: no tienen hermanos ni primos con quienes tejer complicidades. Muchos adolescentes se refugian en las realidades virtuales y desconocen la amistad verdadera. Las elevadas tasas de divorcio dejan tras de sí legiones de adultos solitarios y vulnerables. 

Al mismo tiempo, la cultura antifamilia y antinatalista ha exaltado la figura del single: personas que rehúyen compromisos estables, priorizan su autorrealización y descartan apostar por un proyecto de familia. El resultado es una cadena que se rompe por todos sus eslabones. Miles de mayores pasan días enteros sin hablar con nadie, ya sea en sus propias casas o en residencias donde, aunque estén atendidos y con otras personas, se sienten afectivamente solos.

“No hay conciencia suficiente de este problema. La corrección política no va al núcleo duro del asunto y se queda únicamente en la soledad percibida, cuando el verdadero problema es la soledad en el hogar: la mayoría ya no se casa, muchos matrimonios se divorcian y la gente no tiene niños. Ahí está la clave, pero decir esto es incómodo hoy en día”, señala Macarrón.

Problema de salud pública

La ruptura de los vínculos familiares y la falta de niños está generando individuos más aislados. “El divorcio es un mal social tremendo”, recalca. Si la mitad de las personas no se casa y a eso le sumas que la mitad de los matrimonios se divorcia, esto se traduce en proyectos de familia y de vidas frustrados y, por tanto, en un colapso social, porque el matrimonio ofrece estabilidad en la relación y en la crianza de los hijos. Sin matrimonios no hay niños y sin niños no hay sociedad. 

La soledad, además, tiene graves efectos en la salud. Existe una correlación entre el aumento de la soledad y los casos de ansiedad, depresión y de suicidio, males que en España están registrando datos históricos. Y en los niños y jóvenes existe mayor probabilidad de desarrollar patologías en la edad adulta como las anteriormente citadas, además de trastornos de personalidad. Por su parte, en las personas mayores hay evidencias de mayores tasas de demencia o Alzhéimer cuanto más solos están. Pero, además, la soledad provoca un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y de diabetes. Un estudio asegura incluso que la soledad es de cara a la salud equivalente a fumar 15 cigarrillos al día.

La necesaria alteridad

Para comprender este drama social hay que mirar primero a las personas.El psicólogo Emmanuel Rodríguez de Vera, cofundador de Psicólogos Protego, señala a Misión que la soledad es una percepción que, aunque sea difícil de cuantificar, es real, como también lo es el dolor.  “Igual que necesitamos comer y dormir, necesitamos la alteridad, vivir con otros, para sobrevivir”.

La pirámide de Maslow, del psicólogo Abraham Maslow, ha calado en la modernidad de tal manera que ha influido poderosamente en la inversión del orden de preferencias del ser humano. En la base coloca las necesidades fisiológicas, después unas necesidades más sociales o formativas y en la cúspide sitúa lo que él llama la autorrealización. “Ahora tenemos la percepción de que la meta de una persona es autorrealizarse desplazando el lugar que ocupa el otro, cuando en realidad la realización de la persona pasa por estar en contacto con ese otro”, explica Rodríguez de Vera.

¿Qué ocurre cuando uno sacrifica tener cónyuge e hijos y descubre que esta  “autorrealización”  no le ha llenado? Se genera frustración, vacío y heridas profundas que muchos -arrastran el resto de su vida. Y, como consecuencia, más soledad.

La tentación para muchos –añade– es huir de esa soledad buscando sucedáneos, como relaciones superficiales o incluso la compañía de mascotas. En España ya hay más perros que niños menores de 14 años. Pero es en las redes sociales donde este reemplazo se da con más claridad:“Los likes o los mensajes generan una sensación parecida al afecto, nos hacen sentir acompañados y pueden darnos cierto alivio, pero esto no sacia la necesidad de entrar en contacto con el otro”, añade.

Este psicólogo incide en que buscar algún momento de soledad con la finalidad de descansar o recuperar fuerzas es algo bueno. “¿Cómo sé que es bueno? Porque esos momentos de soledad te dan fuerza y te llevan a volver al encuentro con el otro”, comenta. Por el contrario, si la soledad se centra en buscarse y encerrarse únicamente en uno mismo, o para huir de una situación que no le gusta, esto es algo que acaba dañando a la persona.

Una apuesta segura

Este experto insiste en que la clave para vencer la soledad pasa por el encuentro con el otro, pero muchas veces existe miedo o recelo a este encuentro, pues  “no sólo nos da cariño, también nos interpela o nos pone nerviosos. Pero es precisamente esa alteridad lo que nos hace crecer, porque nos pone en la realidad y nos ayuda a saber quiénes somos”.

Para romper la soledad es condición necesaria “experimentar la comunión con el otro, compartir la vulnerabilidad de nuestro día a día, no hace falta que sean los secretos ocultos de nuestro corazón, pero sólo así, compartiendo,  es como nos dejamos conocer”, añade. Alguien puede ser aparentemente muy sociable y sentirse inmensamente solo, y otro puede parecer que no tiene grandes habilidades sociales, pero sí tiene alguien con quien compartir quién es y cómo es. Y como dice la Escritura, “quien tiene un amigo tiene un tesoro”.  

El antídoto

El lugar por excelencia en el que se comparte esta vulnerabilidad es la familia. Es en el hogar donde uno se quita el escudo con el que sale al mundo. Llega a casa y descansa, no sólo físicamente, sino también psicológicamente, y así comparte lo que tiene y no se siente solo.

Por ello, Rodríguez de Vera advierte de que el verdadero antídoto contra la soledad son los vínculos auténticos y la familia, y que para sanar la soledad urge recuperar estos grandes bienes que se han perdido. “Debemos enseñar a los jóvenes la belleza de la vida familiar, mostrársela como una vocación, porque la familia nuclear y la familia extensa es lo que más combate la soledad, además de cultivar  los vínculos comunitarios y sociales”, agrega.

El ejemplo de familias con niños caminando por la calle y viviendo con normalidad su día a día es una excelente vacuna para acabar con esta epidemia. “Que el mundo vea que son felices, que la realización está en darse al otro y que el amor existe arrastrará a miles, pues mucha gente herida, engañada y que no conocía esta verdad dirá:  ‘Yo quiero esto para mí’”, afirma.

Por su parte, Alejandro Macarrón apuesta por que este ejemplo vaya calando y así ponga los cimientos de una sociedad profamilia, lo que presionará a los gobernantes a replantearse las políticas y leyes que nos han traído hasta aquí. “Nos jugamos el futuro y la felicidad de mucha gente”, concluye. 

LA SOLEDAD DEL CORAZÓN

La soledad no es únicamente una percepción de la persona o de aislamiento con respecto al mundo en el que vivimos. Hay una soledad más dura aún, pues se puede producir incluso estando rodeado de gente. Se trata de la soledad del corazón, propiciada por un vacío existencial que tiene su fuente en la falta de una trascendencia que llene el corazón. 

El hombre –explica a Misión el psicólogo Emmanuel Rodríguez de Vera– está hecho para amar y darse al otro, y “cuando no vive esa vocación de entrega, se siente vacío porque no ha hecho aquello que lo completa”. Esto genera una insatisfacción permanente que puede llegar a hundir a la persona. “Es una dimensión trascendente que va más allá de lo natural y para la que la psicología o la medicina no tienen respuesta. Y el que mejor lo expresa es san Agustín: ‘Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti’”, señala.

En su opinión, el hombre tiene una “necesidad de plenitud” y hay aspectos, situaciones o relaciones en la vida que parecen acercarse, pero que “cuando se acaban nos ponen de manifiesto que no nos han llenado y que hay algo que nos falta”. Ese algo es la “alteridad”, es decir, la fe, que para los católicos es “un encuentro con Otro, que es Dios”. Esta relación da sentido a esta vida, que es una preparación de lo que “se manifestará de la manera más plena en el Cielo, en la relación definitiva con Dios”. Este psicólogo incide en que “cuando uno descubre en esta vida que existe este Otro que supera todas tus necesidades naturales, de repente dejas de estar solo, porque has descubierto el gran secreto, una alteridad que va más allá de la muerte”. Por eso, “la fe destruye la soledad de una manera radical. Con ella ya no existe la soledad del corazón”.

LA COMUNIDAD, FUENTE DE VIDA

“En soledad no se puede ser persona porque la persona por definición es un ser hecho para relacionarse, para tener un encuentro profundo con sus semejantes”, asegura Antonio Sastre, codirector del máster en Acompañamiento Integral de la Universidad Francisco de Vitoria. Esto se traslada a todas las áreas de la persona, incluyendo la vivencia de la fe.

Como bien explica Sastre, la fe no se la da uno a sí mismo, se recibe de otros. Por eso, hace falta vivirla también con otros. Además, para que esa fe crezca hace falta compartirla con otros hermanos porque, como dice san Pablo, “la fe es un combate y si vamos solos, somos carne de cañón. Necesitamos hermanos que cuando tú flojeas, ellos te sostengan, recen por ti y te den una palabra de ánimo”.

El padre Luis Melchor, párroco de Santa Teresa de Jesús en Tres Cantos (Madrid), incide en esta misma línea: “Cristo, para empezar su ministerio, convoca a la Iglesia: reúne a los 12 apóstoles y crea con ellos una familia con quienes estar, rezar y descansar, y a quienes enviar, con quienes hacer misión, de modo que esto forma parte de la naturaleza de la Iglesia”.

No todos estamos llamados a formar parte de un mismo carisma, pero sí a vivir nuestra fe con otros creyentes, y así lo dice san Pablo a los romanos: “Nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos la misma función; así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros”.

Artículo publicado en la edición número 79 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

 

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