Por Javier Lozano
1. Degusta el poder transformador que hay en saber esperar. La cultura de la inmediatez ha creado una forma de vida en la que los individuos “lo quieren todo y lo quieren ya”, adictos a las recompensas inmediatas, a base de likes o de compras compulsivas en un intento de llenar con remedios superficiales su vacío existencial. El resultado: una sociedad cada vez más desesperanzada, más individualista, más narcisista y ególatra. Y en perpetuo aburrimiento si no está en constante movimiento.
2. Evita la gratificación instantánea. Manuel Martínez-Sellés, catedrático de Medicina, alerta de cómo esta nueva forma de vida afecta a la salud de las personas. Nos recuerda que la búsqueda frecuente de gratificación instantánea y el uso compulsivo de pantallas es un caldo de cultivo para la ansiedad, el insomnio y el estrés crónico, porque cuando la mente se acostumbra a ciclos rápidos de recompensa, si no los obtiene, entra en un estado de malestar.
3. Corta con el postureo. Vivimos en la cultura de la imagen y del postureo. Existe casi una obligación de mostrarnos al mundo y parecer perfectos. Pero no debemos caer en esta esclavitud y sí preguntarnos qué intención hay detrás de estos comportamientos. No se puede vivir en el postureo constante, con una máscara que cubra todo el tiempo nuestra realidad. Esta es una fuente de heridas, sinsabores y frustraciones.
4. Vive para lo infinito. Educar a los hijos en esta sociedad de la inmediatez, del clic, del reel y de la recompensa inmediata es todo un reto para los padres. El neuropsicólogo Fernando Alberca asegura que el único camino posible pasa por “educar en la demora y en la espera, en el deseo de lo profundo”, sin perder de vista que el ser humano no está hecho para lo inmediato, sino para lo infinito. Este camino largo y lento es el único que lleva a puerto seguro.
5. Recuperar el tejido social. Una de las consecuencias más palpables de la cultura de la inmediatez es que, pese a vivir hiperconectados, hay más soledad que nunca. El filósofo Jorge Freire alerta de cómo se han destejido los lazos comunitarios y de la urgencia de reconstruirlos. Para ello, pide frenar, reflexionar sobre este modelo de vida, pero sobre todo ofrecer una alternativa a esta forma de vivir. “Hay que dar la cara y no resguardarse detrás de un burladero virtual. Volver a vernos y a encontrarnos en las plazas, volver a mirar a los ojos al otro”, señala.
6. Elige la mejor medicina. Una generación herida como esta necesita ser curada de los daños físicos, psíquicos, afectivos y espirituales que ha sufrido por una sociedad sin lazos ni principios sólidos. El sacerdote Javier García Rodríguez asegura que la mejor medicina contra esta pandemia es el Corazón de Jesús: “Él sana nuestras heridas”. Y recuerda que es “un refugio seguro en medio de la tempestad”, pero también un “lugar de descanso” y la “gran escuela para aprender a amar y a donarnos”.Nos han asesorado: Fernando Alberca: neuropsicólogo y autor, entre otros libros, de La magia del esfuerzo (Toromítico,2025). Jorge Freire: filósofo y autor, entre otros, de Agitación. Sobre el mal de la impaciencia (Páginas de Espuma, 2020). Javier García Rodríguez: sacerdote y delegado de Juventud e Infancia de la Archidiócesis de Santiago de Compostela. Manuel Martínez-Sellés: catedrático de Medicina, jefe de Sección de Cardiología del Hospital Gregorio Marañón y autor de Verdades incómodas para personas autónomas (Rialp, 2025)
Artículo publicado en la edición número 77 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





