La revista más leída por las familias católicas de España

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Tú no eres la persona más importante en tu vida

Tú no eres la persona mas importante de tu vida

Cualquier librería que se precie tiene hoy una sección dedicada en exclusiva a los libros de autoayuda. Cientos de títulos nos indican cómo vivir y cómo sentirnos mejor con nosotros mismos. El denominador común es centrarnos en el “yo”. Pero la realidad es que después de años de vivir centrada en sí misma no parece que la gente se sienta mejor ni que sea más feliz.

Por Nacho Calderón / Ilustración: Belém Gallaga (@graciayvirtud)

Artículo publicado en la edición número 71 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Cualquier librería que se precie tiene hoy una sección dedicada en exclusiva a los libros de autoayuda. Cientos de títulos nos indican cómo vivir y cómo sentirnos mejor con nosotros mismos. El denominador común es centrarnos en el “yo”. Pero la realidad es que después de años de vivir centrada en sí misma no parece que la gente se sienta mejor ni que sea más feliz.

¿Cómo ha invadido el ‘yo primero’ nuestras vidas? Comenzando por lo más trivial, vemos hoy que los selfis son la fotografía más frecuente en nuestros móviles. La traducción literal del término “selfi” es “yo mismito”. Resulta absolutamente asombrosa la cantidad de selfis que se hace la gente estando sola. Pensemos en el auge de los gimnasios. Hay una increíble necesidad de tener no ya un cuerpo sano, sino un cuerpo “vistoso”. Igualmente, hoy es habitual considerar que los hijos interfieren, ya no sólo en la carrera profesional de sus padres, sino en su bienestar personal y, por tanto, es aconsejable dedicar unos años “a vivir” antes de tener hijos. Incluso el incremento de suicidios y la aceptación de la eutanasia es posible porque se considera que “yo soy la persona más importante en mi vida”, quizá en estos casos la única importante. 

Para explicar este egocentrismo siempre aludo al cambio que he visto en las tres últimas generaciones respecto a la motivación que nos han dado los padres para alcanzar el mejor trabajo posible. A mi padre le decían que debía buscar un buen -trabajo para poder mantener a su familia, y a mi madre le transmitieron que su trabajo debía ser cuidar a su familia. La familia era el objetivo.  En mi generación, a los hombres nos dijeron que debíamos trabajar para “llegar a ser hombres de provecho”, mientras que a las mujeres se les decía que estudiaran y trabajaran “para no depender de un hombre”. La familia había desaparecido de la ecuación. En la generación actual el objetivo ya es común para ambos sexos: deben buscar un trabajo bien pagado donde sentirse realizados. El objetivo de trabajar es alcanzar el propio bienestar, porque la consigna es: “Tú eres el único fin de tu vida”.

“El amor siempre está referido al otro. Si este amor es puramente autorreferencial, nos condena a la soledad”

Treinta y un años trabajando con familias de niños y jóvenes con discapacidad me han permitido ver una evolución –o más bien un declive– de las prioridades de los padres con los que trato. Hoy en día “mi tiempo”, “mi descanso”, “mi golf”, “mi pilates” son términos que aparecen con muchísima más frecuencia en el diálogo que cuando comencé mi labor. 

Recientemente, escuché a una persona decir: “A mi madre le han diagnosticado alzhéimer y me ha fastidiado la vida”. En la raíz de este egocentrismo hay múltiples intereses económicos, sociales, políticos y morales, y esta es la forma más eficaz para destruir a la familia. Ese es el auténtico fin.

Hoy existen dos formas de buscar la felicidad: la evangélica, negándonos a nosotros mismos, o la mundana, considerando tu ser como el principal del mundo. Para mí es evidente que “tú no eres la persona más importante en tu vida”. Habrá momentos en los que lo serás, pero serán momentos puntuales. Cuando estás enfermo y los demás estén allí para cuidarte, tu salud será lo principal, y tú deberás centrarte en dejarte cuidar. Pero incluso en ese momento tendrás que estar abierto a los demás. El resto del tiempo tucónyuge, tus hijos, tus padres, tus hermanos, tus alumnos, tus clientes, tus pacientes… son infinitamente más importantes que tú.

La realidad que a menudo aprecio en mí mismo es la que aparece en una canción de Hakuna: “Hay demasiado yo en mi”. Cuando lo detecto, y estoy seguro de que son muchas menos veces de las que sucede, me doy cuenta de que soy insoportable, porque el sentido de la vida, como nos (re)descubrió Viktor Frankl es el amor.  Y el amor siempre está referido al otro. Si el amor es puramente autorreferencial, nos condena a la soledad.  Vivir para los demás, esa es la única alternativa.     

Artículo publicado en la edición número 71 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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