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El mejor viaje de tu vida: un cántico al viaje inmóvil

Esta crónica del viaje inmóvil no es una crítica, sino un cántico. No tengo nada en contra de que ustedes viajen adonde les plazca y cuanto les parezca. Me gusta incluso que me informen brevemente de sus viajes y me enseñen dos o tres fotografías, no más. Más largo y por escrito, me encantan los viajes ajenos, si los cuentan muy bien. Entre los más recientes, Ignacio Jáuregui (Venecia, un asedio en espiral, 2025) o Eduardo Gris Romero (Viaje a casa del vecino y a otros lugares exóticos, 2025). Mientras, yo me quedo en casa, viajando, sí, de otro modo.

Por Enrique García-Máiquez

Sirva este texto de parapeto donde los que preferimos permanecer nos apoyemos mutuamente. No estamos tan solos como parece. El lenguaje, para empezar, está con nosotros. Yo, en inglés, pronuncio casi igual viaje (travel) y problema (trouble). No es una pronunciación oxoniense, pero tiene su intención.

El español tampoco es manco y la misma palabra “viaje” admite dos sentidos: el consabido “traslado que se hace de una parte a otra por aire, mar o tierra”  y ese viaje que te pegan, que el diccionario define como “ataque inesperado y violento, sea físico o verbal”.

No se trata, en realidad, de que le tengamos particular inquina al desplazamiento, sino que vemos tan fascinante la estancia que, puesto que carecemos del don de la bilocación, nos arraigamos.

Además, hemos leído a nuestro Blaise Pascal que sabía lo que se decía: “Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación”. Quizá no todas, pero sí bastantes.

Otro francés, el filósofo Alain (seudónimo de Émile-Auguste Chartier), notó que “desde todas partes puede verse el cielo estrellado: he ahí un bellísimo precipicio”. Con tales perspectivas, no me extraña que escribiese una frase tan feliz que es casi un lema: “Para mí viajar es andar un metro o dos”.

Un universo entero

Un tercer francés, aunque este exiliado, escribió en 1794 Viaje alrededor de mi habitación, el librito definitivo de los sedentarios.

El escritor Xavier de Maistre era el hermano menor del conde de Maistre, Joseph, el implacable teórico de la política reaccionaria. Exiliado en Saboya, prestaba servicios militares en Turín cuando su participación en un duelo prohibido hizo que le condenasen a un largo arresto domiciliario de cuarenta y dos días. Felizmente.

Ante esa situación, él se pregunta: “¿Era acaso para castigarme por lo que me habían relegado en mi cuarto, en esta comarca deliciosa que encierra todos los bienes y todas las riquezas del mundo? Tanto valdría desterrar a un ratón en un granero. Me han prohibido ir y venir en una ciudad, en un punto; pero me han dejado el universo entero; la inmensidad y la eternidad están a mis órdenes”.

Como se ve, nacía entonces el mejor maestro del viaje inmóvil, nuestro capitán.

¿Por qué somos tan partidarios? Con una hermosa imagen, el poeta brasileño Mario Quintana se explicó por nosotros: “¿Por qué viajar? Se llega siempre aquí… / ¿Para qué perseguir las alboradas / si ellas solas –sin más– vienen a mí?”.

“¿Para qué perseguir las alboradas si ellas solas –sin más– vienen a mí?”

Bien calculado, incluso en la tumbona de la terraza, no paramos de recorrer kilómetros y kilómetros: el planeta gira cada día sobre sí mismo a 1.670 km/h y cada año surca el espacio –como un crucero– alrededor del sol a una velocidad de 107.000 km/h de media, alcanzando en el mes de enero el máximo de 110.700 km/h. ¿Les parece poco?

Pues al mismo tiempo, la Vía Láctea, nuestra galaxia, se desplaza a través del universo a una velocidad aproximada de 600 km/s (unos 2,16 millones de km/h), en dirección hacia la constelación de Leo, influida por la atracción gravitacional del Gran Atractor y la expansión cósmica. Bastante turismo es eso, me parece a mí.

Viajar sin huir

Además, yendo –precisamente– a lo que importa, la vida en sí misma ya es un viaje (en los dos sentidos supracitados). Vamos de la cuna a la sepultura y más allá: el hombre es un homo viator y viajar, por tanto, resulta una redundancia: como andar por el pasillo de un avión. A algunos les gusta, bien. A otros, no, pues también.

La clave radica en que ni el que se queda se olvide del auténtico viaje ni el que se marcha. A veces da la sensación de que nuestra época se ha tomado el turismo como una huida de la vida ordinaria con sentido.

Nadie lo dirá con la contundencia de Ismael, el narrador de Moby Dick, pero la literatura está para mostrarnos sin velos lo que late en el fondo: “En cuanto noto en mi alma las húmedas brumas de noviembre […] sé que es tiempo de embarcarme en cuanto pueda. Es mi sucedáneo del tiro de pistola”. En estos casos, quedarse sería, como salta a la vista, mucha mejor opción. 

Da la sensación de que nuestra época ha tomado el turismo como una huida de la vida ordinaria

El viajero reversible
A pesar de mi predilección por el sedentarismo, a veces no puedo quedarme en casa. Hay viajes de trabajo (gracias a Dios), peregrinaciones (para dar gracias a Dios) y a veces incluso en mi familia me arrastran a algún viaje de placer –valga el oxímoron– (que ofrezco a Dios). Es el comienzo lloroso, porque arrancar es arrancarse. Lo de en medio, trabajoso: maletas, billetes, reservas, retrasos, gastos, suplementos…
Y la partida, siempre amarga, porque soy tan sedentario que, si el sitio que visitamos me gusta (y casi todo me gusta), acabo sufriendo de tener que abandonarlo. No me gusta irme de ningún sitio. Lo más importante, sin embargo, es lo poco que cambia nada cuando uno viaja. Basta calcular las horas: ocho te las pasas durmiendo. Luego, en el viaje, charlas sobre todo con tu familia, como harías en casa. Lees lo mismo que leerías en tu casa. Consultas el móvil y el correo. Sobre todo, vas a misa y recuerdas lo que dijo Jesús a Gabrielle Bossis: “¿Dónde has ido que Yo no estuviera esperándote?”. 
Si hay que viajar, ya digo, se viaja; y si a usted le gusta, pues lo dicho: mucho mejor. Lo escribo para no olvidar que la mayor aventura es salir de uno, y la peor prisión, el egocentrismo, igual de claustrofóbico se viaje o no. Lo decía una soleá que escribí con idéntica intención que este artículo, aunque más breve. Rezaba así: “Con no quedarse encerrado / en uno mismo, uno es libre / sin viajar a ningún lado”.

Artículo publicado en la edición número 79 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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