El padre Juan Carlos Quintero conoció, siendo muy joven, el horror de la guerra, como miembro del ejército colombiano en unos terribles años de combates contra las guerrillas de las FARC. Misión ha hablado con él en Roma, pocos días después de ser ordenado sacerdote, para descubrir cómo pasó de ser un “muchachito egoísta” a un “instrumento de Dios”.

Por Ángeles Conde MirFotografía: Daniel Ibáñez

Nadie diría que en una soleada mañana romana pudiera hacer tanto frío. Nadie habría dicho, hace diecinueve años, que aquel muchacho que no quería trabajar ni estudiar, hoy sería sacerdote. Sin embargo, esta frase resume demasiado la historia del padre Juan Carlos Quintero. Pocos días antes de nuestro encuentro en la plaza de San Pedro, acaba de ser ordenado sacerdote (el 12 de diciembre de 2015) en la basílica de San Pablo Extramuros, junto a otros cuarenta y tres Legionarios de Cristo.
“Desde que era un niño, siempre me había impactado la imagen del Corazón de Jesús”, explica el padre Quintero mientras nos muestra el recordatorio de su ordenación sacerdotal: un Cristo con el corazón en la mano. “Cristo me está dando su corazón y me está pidiendo el mío. Así puedo ser su instrumento, que es lo que quiero ser”, añade.
Esta relación con Dios comienza precisamente cuando el pequeño Juan Carlos y su mejor amigo hicieron una promesa juntos: cuando creciesen, se convertirían en sacerdotes. Sin embargo, el tiempo desvió ese firme deseo infantil y este hombre tuvo que atravesar numerosas pruebas para llegar a su destino.
De la rebeldía a la guerra
Cuando tenía diecisiete años, al acabar la secundaria, informó a sus padres sobre su intención de pasar un año sin estudiar ni trabajar, hasta cumplir los 18 años y realizar entonces el servicio militar obligatorio de un año y medio. Sin embargo, la oportunidad se le presentó antes y se enroló en el Ejército con el permiso de sus padres. En aquel año, 1997, “todos los días había noticias de ataques al Ejército; los militares eran los que más morían”. Fueron tiempos duros en los que, en plena selva, las guerrillas de las FARC y el Ejército combatían en violentas batallas. Como se necesitaba el mayor número de efectivos, unieron a soldados no profesionales con profesionales para realizar cursos de contraguerrilla y asistir a los primeros en las operaciones.
El padre Quintero recuerda que entabló amistad con aquellos jóvenes con los que compartió muchas horas y duras experiencias: “Muchos se hacían soldados profesionales para vengar la muerte de un pariente. Querían atrapar a un guerrillero para hacerle lo que le habían hecho a sus familiares”. Todo ese dolor de sus compañeros hizo que este muchacho despreocupado comenzase a hacerse preguntas. Sin embargo, la prueba más dura estaba por llegar.
Él pertenecía al batallón que apoyaba desde el aire a los soldados. Sin embargo, un día fueron reclamados sobre el terreno para llevar munición y avituallarlos en el combate. Un fuerte ataque de la guerrilla desencadenó la tragedia. De veintidós soldados, solo diez volvieron vivos a la base. “Fue un episodio muy triste. Tuvimos que recoger a muchos muertos y a otros moribundos y llevarlos en helicóptero hasta la base”. Tenía únicamente dieciocho años y ya había presenciado el horror de la guerra.
“En la base nos tocó atender a los heridos, muchos de ellos agonizantes. Yo me preguntaba si no podría ayudarlos mejor a bien morir”. El padre Quintero recuerda los gritos y llantos de sus compañeros, con los que había tomado unas cervezas pocas horas antes. En esos terribles momentos, la oración brotaba espontáneamente de su corazón aunque hacía años que no rezaba. “Sentía una enorme impotencia por no poder ayudarlos siquiera a aliviar esa angustia terrible de la muerte. Yo decía: ‘Dios mío, ayúdalo y que descanse ya’”.
En ese sobrecogedor contexto, volvió a rondarle la cabeza la idea de ser sacerdote. “Esas realidades tan crueles me hicieron madurar mucho. Llegué siendo otro a mi casa”, explica. Además, durante esos dieciocho meses fue capaz de valorar más a su familia cuando escuchaba las historias de muchos de sus compañeros que carecían de ella, que habían sucumbido a las drogas o a la delincuencia o que, incluso, se habían convertido en sicarios. Estaban allí porque el servicio militar era obligatorio y evadirlo comportaba pena de cárcel. El padre Quintero recuerda que, después de ese día, sintió la necesidad de ir a misa. Escuchó repicar las campanas de la capilla del cuartel y se presentó allí. Para su sorpresa, no había nadie; el capellán le aseguró que todos los días celebraba la misa solo.
Sueños y promesas
Con diecinueve años, el padre Quintero quería estudiar y trabajar, pero, sobre todo, deseaba formar una familia. Tuvo una novia con la que rompió y luego un periodo de donjuán hasta que llegó su segunda novia con la que asistía a misa los domingos y retomó su vida de piedad.
En ese aparente remanso de paz, una serie de episodios volvieron a avivar la llama de su vocación. Un día, en el que estaba en misa con su novia, recuerda, “comencé a pensar que quien celebraba la misa era justamente yo”. Se vio a sí mismo incluso dando la homilía y consagrando. Su reacción: “Un miedo terrible y un abrazo casi instintivo a su novia”.
Además, recibió otras dos señales en un mismo día. Cuenta que, primero, una mujer le preguntó en la calle si era seminarista. “Le contesté que no. Incluso me enfadó su pregunta”. Inmediatamente después fue a tomar un taxi y el taxista le preguntó si era sacerdote. En un mismo día, dos personas desconocidas le habían hablado de vocación. “El taxista me contó que él quiso ser sacerdote pero que nunca se atrevió”, recuerda. “Me contó que estaba casado, que tenía dos hijos y que era feliz, pero que siempre que veía a un seminarista o sacerdote, se preguntaba si podría haber sido él”. Cuando le pagó por el servicio, el taxista le recomendó que, si Dios lo había llamado, no se quedara con la duda: “‘Reflexiona un tiempo para descubrir si ese es el camino que Dios quiere para ti”.
Tenía una vida perfecta: el trabajo perfecto, la novia perfecta y los planes perfectos. Sin embargo, justo cuando parecía que había cumplido su sueño, había una pieza que no encajaba. “Tenía mucho miedo al compromiso; por eso nunca le di espacio a la vocación. Nunca quise ir a una convivencia porque pensé que me iban a ‘agarrar’”. Por eso, prefirió recurrir al anonimato que ofrece un ordenador: “Buscando, llegué a la web www.vocacion.org. Y, como tenía miedo al compromiso, entré con un nombre falso”. Siguió consultando a un sacerdote y después, en persona, a otro. Vivió ese proceso durante un año hasta que dio el paso: rompió con su novia y se marchó al seminario.
El padre Quintero afirma que la experiencia de haber tenido dos novias serias le ha ayudado mucho a comprender el amor humano y, así, a aconsejar a los jóvenes. Siente agradecimiento hacia estas mujeres, “unas mujeres excepcionales”, reconoce.
Se nos hace tarde, así que apuramos el capuchino. Le preguntamos cómo se siente ahora que es sacerdote, y nos confiesa que en su primera misa le temblaban las manos. “Todo esto es muy bonito porque no soy yo mismo. Soy un instrumento”, vuelve a recordarnos.
Parece que hace menos frío después de una larga charla y un café caliente. Bajo una de las 284 columnas de la plaza de San Pedro, nos despedimos del padre Quintero con la certeza de que todos los caminos conducen a Roma y de que, tarde o temprano, volveremos a encontrarnos, ya sea donde la misión le lleve o en esta ciudad del río Tíber.

El padre Juan Carlos Quintero ingresó en el seminario con 23 años, y ahora tiene 35. A quien sienta que tiene vocación le dice: “Hay que arriesgarse aunque dé miedo. Sin embargo, aclara que “algunas personas tienen que seguir este camino, tal como me sucedió a mí y, a otras, Dios las llama a buscar la santidad a través de una familia”. En cualquier caso, aconseja que, ante la inquietud, se busque resolverla, “porque buscamos distraernos con otras cosas que supuestamente son mejores. Pero la vida pasa y llegará el día en el que te preguntes por qué no buscaste la manera de salir de la duda”. Él recomienda visitar www.vocacion.org, una página web del movimiento Regnum Christi para ayudar a los jóvenes a discernir su vocación.

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