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Grandfather and granddaughter immersed in a storybook in a cozy room.

La historia familiar, fuente de nuestra identidad

No elegimos a nuestros padres ni hermanos, sin embargo, la historia familiar que nos precede marca en cierta medida quiénes somos hoy. Conocer nuestras raíces, los vínculos de nuestros antepasados y esas tradiciones que pasan de generación en generación nos ayuda a comprendernos mejor y a forjar la identidad familiar.

Por Isis Barajas

Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Hace unos meses, toda la familia paterna de mi marido se reunió en un pequeño pueblo de Castilla. Éramos más de cien personas de tres generaciones (padres, hijos y nietos) en un pueblito de apenas 30 o 40 habitantes. La elección de aquella localidad no fue al azar y es que allí se instaló hace casi dos siglos el tatarabuelo de mi suegro. Volver a aquel lugar fue un modo de reencontrarse con la historia familiar y conocer los orígenes de una gran saga que, como la copa de un árbol, se va haciendo cada vez más frondosa. 

La “marca de familia”

Todos somos herederos de una historia que nos precede. No elegimos nuestra familia, sino que la recibimos como un don. “La familia es, por definición, aquello que no hemos fabricado, que ya estaba ahí, que nos es dado, como experimenta cada niño que nace, el cual no eligió a sus padres ni hermanos”, subraya José Granados en Tras la pandemia, reedificar (Didaskalos, 2020). Esa familia que nos precede en la existencia hunde sus raíces en una historia larga de años –¡de siglos!–, de los que normalmente no conocemos casi nada, pero que de un modo crucial configura nuestra identidad. El filósofo francés Paul Ricoeur señala que “somos deudores con respecto a aquellos que nos han precedido de una parte de lo que somos”.

No es tanto una cuestión de vínculos de sangre, sino de vínculos históricos, de una memoria compartida que fragua en parte cómo somos e incluso cómo nos comportamos. No deja de ser simpático que todos reproducimos, sin pretenderlo, frases o modos de ser de nuestros padres. Son rasgos que a su vez heredaron ellos de sus propios padres, y estos de los suyos. Todos llevamos en mayor o menor medida esa  “marca de la casa”, ese sello que nos identifica como un García o un Peláez.

Merece la pena contar la propia historia ya que jamás ha sido escuchada y no será jamás repetida 

La narración familiar

Por esto, hablar y transmitir la historia de nuestra familia es importante para que nos comprendamos más y mejor. Ricoeur explica que  “la identidad personal es una identidad temporal”, es decir, no nos identificamos únicamente con nuestro nombre o nuestra situación actual, sino que nos definimos dentro de un relato histórico, somos seres narrativos. Y esto hace grande y única nuestra vida, porque “la historia que cada uno cuenta sobre sí mismo es una historia que no ha sido jamás escuchada y no será jamás repetida”. Por eso merece la pena contarla.

Mi tía nos solía relatar una y otra vez cómo mi padre se cayó a un pozo. “Angelito, ¡agárrate al garrote!”, le gritaban con angustia mientras le acercaban lo más largo que tenían a su alcance. Imagino que fue un acontecimiento que supuso un gran impacto y por eso lo contaba tantas veces. Así que se ha convertido en una anécdota familiar que yo le cuento ahora a mis hijos. Es un modo de conectarles con sus antepasados, ya que ellos no conocieron a mi padre. Hay relatos que pasan de generación en -generación y que si no siguen siendo relatados, en algún momento se acabaran perdiendo. Y con esas historias que dejan de contarse acaba también en el olvido una parte de nosotros mismos. 

La tradición siempre actual

La historia familiar va inexorablemente ligada a las tradiciones. En este sentido, Alejandro de Pablo Martínez, profesor de Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria, recuerda el inicio de la película El violinista en el tejado, donde el protagonista habla de que ha sido la tradición lo que ha mantenido el equilibrio en su pequeño pueblo.  “Aquí en Anatevka para todo tenemos tradiciones: para comer, para dormir, para trabajar… y hasta para vestir. Por ejemplo, llevamos siempre cubierta la cabeza […]. Ustedes se preguntarán cómo nació esta tradición. Y yo diré que no lo sé. ¡Pero es una tradición!  Y gracias a nuestras tradiciones, cada uno de nosotros sabe quién es y lo que Dios espera de él”.

Las tradiciones permiten perpetuar una historia familiar en la que me reconozco

De Pablo explica que  “en la familia se genera una identidad común que mediante tradiciones perpetúa una historia familiar en la que me reconozco, y en las que hundimos nuestras -raíces para que exista la posibilidad de un futuro”. La tradición no es cosa del pasado, sino que está anclada en el presente. “Es una palabra sin tiempo –explica De Pablo–, porque sigue viva hoy y es actualizada; es tradición porque está en el presente”. 

De esto tiene gran experiencia el pueblo de Israel, con sus innumerables costumbres, repetidas y actualizadas constantemente. El rabino Rami Shapiro habla del poder sanador de la tradición familiar con un ejemplo: Baal Shem Tov, fundador del judaísmo jasídico, acudía al bosque cuando tenía un problema importante, encendía un fuego sagrado y oraba. Así encontraba luz para su dilema. En las generaciones siguientes, se mantuvo la tradición, aunque se iban perdiendo elementos: primero dejaron de encender el fuego, luego olvidaron la oración exacta y finalmente ya no sabían qué lugar del bosque era el indicado. Pero seguían acudiendo al bosque, rememorando esa tradición, y los frutos seguían siendo los mismos. “¿Cómo es que contar la historia comporta el mismo poder sanador que el acto original?”, se pregunta Rabí Rami: “Porque no escuchamos simplemente una historia, nos convertimos en la historia”. 

Así es como, para De Pablo, “el arte de recrear una historia partiendo de modelos con los que identificarnos es una terapia catártica”. La historia se hace nueva cada vez que hay un nuevo receptor, cada vez que un nuevo miembro la familia la escucha y se siente parte de esa memoria que le precede y de la que no sólo forma parte, sino que también le da una identidad única. 

Historia, tradición, vínculo, identidad y memoria son las distintas caras de la fecundidad familiar. “Tal vez porque mantenemos tradiciones –concluye De Pablo– recordamos el hogar y conseguimos, como violinistas en el tejado, mantener el equilibrio sin rompernos la crisma en un mundo tan complicado”.

Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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