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Regalarse

El arte de regalar y regalarse a uno mismo: Los regalos más osados

Navidad es también el momento álgido del regalo. Por pura justicia poética: conmemoramos el Regalo de la Redención, el mejor que hayamos recibido nunca. E imitamos la correspondencia de los Reyes Magos que, tan elegantes, se dijeron: “Regalo con regalo se paga, como el amor talmente”. Sumémonos a la multiplicación con la mímesis. Para eso necesitamos que nuestros regalos contengan un resplandor de aquel espíritu primero, el del Nacimiento, y de aquel espíritu segundo de los Tres Magos: oro, incienso y mirra. Hay que regalarse unos a otros, pero, sobre todo, hay que regalarse uno mismo.

Por Enrique García-Máiquez

El arte de regalar está gravemente amenazado en nuestros tiempos. Su mayor riesgo sería olvidar su última razón teológica: su nacimiento en el Nacimiento. Pero también hay amenazas más prácticas. El consumismo consume el arte de regalar. Si nos compramos todo lo que necesitamos o nos apetece y no nos falta de nada, la ilusión muere de asfixia. Lo explicó muy bien el psicólogo Abraham Maslow en su libro El hombre autorrealizado (Kairós, 1973). Sentir alguna carencia es el motor de la vida. Y es, desde luego, el alma del regalo. Si usted quiere obtener la gracia de ser regalado, no puede comprarse por internet todo aquello que le apetece. Debe dejar espacio al hueco que el regalo, ¡qué ilusión!, rellenará. Sin austeridad, no hay plenitud.

Más exigencias

El arte tiene más exigencias. Quien regala necesita un súper poder de visión. Ha de detectar lo que hará ilusión al otro. Eso sólo lo da el amor gracias a una de sus dimensiones más necesarias y desatendidas: la atención.
A veces regalamos lo que más nos gusta a nosotros y así nos autorregalamos, más bien. Es verdad que a este segundo riesgo para el regalo nos aboca el primero. Si el otro no tiene ganas de nada, y sentimos la urgencia de regalarle porque la fecha se nos echa encima, el peligro de comprar cualquier cosa superflua o suntuosa crece exponencialmente. Qué fácil es regalar, en cambio, a quien tiene la ilusión en el brillo de los ojos y la esperanza a flor de piel.

«El regalo es un recuerdo de los que nos lo hicieron. El verdadero presente es la persona querida haciéndose presente»

El recuerdo del quién regala

De mis hijos, cuando eran pequeños, aprendí una tercera sutileza del arte de regalarnos. El regalo es un recuerdo de los que nos lo hicieron. De cada juguete o ropa, mis hijos sabían perfectamente quién se los dio. Ése es el verdadero presente: no lo que se dio, sino la persona querida, haciéndosenos presente. Así, mis hijos me regalaron, gratis, unas lecciones de gratitud y me enseñaron, de paso, que –antes de hacer un regalo– hay que pensar en cómo queremos que se nos recuerde.
Sacando las cuentas, nos salen tres dimensiones de los regalos, como son tres los Reyes Magos. Nos ­regalamos unos a otros, sí, intercambiándonos presentes, mutuos como el amor; luego, nos donamos nosotros mismos al haber inmolado nuestros bienes escasos (el tiempo, el dinero, la imaginación) para ocuparnos del regalo; y finalmente –no hay dos sin tres– nos autorregalamos el recuerdo que tendrán de nosotros aquellos a los que queremos.

Regalos con futuro

Mi tío José María es mi padrino y ha ejercido toda la vida con una dedicación y un acierto absolutamente sacramental. Juntamente con su mujer, mi tía Beatriz, me regalaban siempre, por mis cumpleaños, mis santos y mi primera comunión, unos cuentos extraños, sin ilustraciones o con pocas y en blanco y negro; y encima, por lo general, bastante viejos y levemente polvorientos.
Por suerte, en medio de la mañana de Reyes o en la fiesta que fuese, yo no podía mostrarme desilusionado más de una décima de segundo: tenía más paquetes que abrir y amiguitos que atender. Mis tíos nunca me lo notaron o siempre les dio igual. Ellos sabían que me regalaban, además de los ­cimientos de mi biblioteca, una futura nostalgia por mi infancia y hasta por todos aquellos otros regalos brillantes, enseguida arrumbados, pronto perdidos, que ahora me pregunto cuáles serían. También me adiestraban en la hora de aplazar la recompensa.

«El regalo del Nacimiento del Niño fue actual, y lo era para ahora mismo y lo será para mañana. Era eterno»

Lo he recordado porque en el arte del regalo hay que abrir un apartado, por supuesto, a una pequeña sorpresa. Al exclusivo alcance de los más osados, está la posibilidad de regalar una sorpresa prospectiva, que juegue con el tiempo y con las vueltas de la vida. Regalos que tú no sabías que necesitabas o que te hacían ilusión, sí, pero incluso regalos que todavía no necesitas ni te hacen ninguna ilusión, pero que, como te conocen, te ven venir y saben que te harán ilusión veinte años después. Regalos que, además, contribuyen a forjar tu futuro.
Los regalos de mis tíos eran libros –ediciones de Juan Ramón Jiménez, novelas deliciosas, antologías de cuentos– que luego he ido descubriendo como migas de pan de Pulgarcito escondidas entre las estanterías de mi biblioteca. O también un crucifijo precioso. O un grabado antiguo de la Virgen. Eran regalos de virtuosos de los regalos.

Son regalos difíciles y hay que ser valientes, pero aquí hemos venido a imitar a los Reyes Magos. El oro sí que les vino bien a José y a María de inmediato, pero la mirra se adelantaba bastante y el incienso era ya una osadía sobresaliente. También el regalo del Nacimiento del Niño fue actual y era para el correr de los años y para ahora mismo y será para mañana. Era, desde luego, eterno.

Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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