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Miguel Sanmartín Fenollera

Miguel Sanmartín Fenollera: “La educación literaria protege la imaginación y la inocencia frente al relativismo y el feísmo imperantes” 

Miguel Sanmartín Fenollera es colaborador habitual de Misión. Sus artículos responden a una preocupación compartida: niños y jóvenes cada vez más atrapados en lo virtual y más alejados de los libros. En esta ocasión hemos querido desgranar con él esa parte más personal de sus experiencias con los libros que refleja en su blog y en su libro De libros, padres e hijos (Rialp, 2023) del cual, por cierto, ya prepara una segunda parte. Sus dos hijas, hoy universitarias, son prueba de sus exitosos experimentos literarios.

Por Isabel Molina Estrada / Fotografía: Dani García

Cuando su hija mayor tenía 14 años, Miguel Sanmartín Fenollera –abogado y autor– empezó a recoger en un blog (delibrospadresehijos.blogspot.com) las experiencias literarias vividas en casa desde que las niñas eran muy pequeñas. Su intención, explica, nunca fue ambiciosa:  “Lo escribía no como una comunicación al mundo, sino hablando directamente con mis hijas”.

Aunque este diálogo le parecía suficiente, su cuidada selección de lecturas acabó convirtiéndose en una guía de referencia para padres y abuelos. “Vi que faltaban guías que ayudaran a orientarse en una intrincada selva editorial: hay más libros que nunca, pero se lee cada vez menos, y muchos padres no saben qué ofrecer a sus hijos”. Así asumió un trabajo que, reconoce, “podrían haber hecho otros”.

Su recorrido es ya largo, tanto así que este año publicará otro libro, esta vez enfocado en adolescentes y jóvenes: “Mis hijas han crecido, así que mis inquietudes han tenido que crecer con ellas”. De este itinerario hablamos con Miguel en una conversación en la que entreteje recuerdos con las conclusiones de su investigación y sus vivencias.

Su afición por la lectura viene de su experiencia literaria con sus padres y hermanos. ¿Cómo comenzó?

Crecimos en una familia muy lectora. Mis abuelos paternos tenían muchísimos libros y, además, una tía abuela regentaba una librería. De hecho, siendo muy pequeño me quedé encerrado en ella, absorto leyendo, hasta que me encontraron; ni me había dado cuenta de que me habían dejado allí. Mi padre también tenía muchos libros y nosotros vagábamos por su biblioteca. Leíamos mucho.  Ya en mi juventud, como el mayor de siete hermanos, invertía el dinero del que disponía en libros, y así mis hermanos empezaron a ampliar las lecturas que había en casa.

¿Recuerda alguna otra experiencia literaria de su niñez?

Recuerdo un momento delicioso: los domingos por la mañana. Nos acercábamos a la habitación de mis padres con alguna historia de Guillermo Brown, nos subíamos a su cama –con mi madre también allí– y mi padre nos leía en voz alta. Nos partíamos de risa. 

¿Esos fueron los hábitos lectores que quiso trasladar a sus hijas?

Cuando nacieron nuestras hijas, mi mujer y yo no hicimos una planificación educativa; fue algo más espontáneo. Pero tuve que investigar qué libros ofrecerles hasta que aprendieran a leer porque habían cambiado y, en cualquier caso, ya no lo recordaba bien.

Su experiencia lectora estuvo ligada a la escritura. ¿Puede motivarse también la escritura desde pequeños, ya  que leer y escribir van de la mano?

Van de la mano, pero no se les puede forzar. Borges decía, en una de sus frases felices, que el verbo leer, como el verbo amar, no admite el imperativo. Es cierto, sin embargo, que –al igual que con la lectura– se puede propiciar la escritura, ya que ambos son también hábitos físicos. Con mis hijas hicimos algo que me inspiraron las Confesiones de san Agustín. En su época, los alumnos debían plasmar en prosa lo que comprendían de los poemas de Homero, Virgilio… En casa empezamos con poesías sencillas. Leíamos el poema y ellas tenían que poner en prosa lo que habían entendido y dibujarlo.

¿Valió la pena el experimento?

Guardo recuerdos muy buenos de verlas a las dos escribiendo y tapando el papel para que la otra no viera lo que ponía. Eso hizo nacer en ellas un amor por la poesía, algo relativamente difícil de conseguir, porque hoy la poesía suele estar mal vista: se la considera elitista o cursi, y no como lo que es, la plasmación más clara de la verdad, la belleza y la bondad. El verdadero poeta es un profeta profano; ve lo que los demás no vemos.

“Durante años, además de leerles cuentos a mis hijas –no podían dormir sin que leyéramos un cuento; era como una especie de hábito virtuoso–, con la luz apagada les contaba un cuento que me inventaba. A veces me quedaba dormido y ellas decían: ‘Papá, papá, ¿cómo sigue? Te has quedado dormido’”.

Se percibe que estas experiencias eran a la vez muy lúdicas. 

Hay que procurar que el niño aprenda a amar y a disfrutar estas cosas. Ubi amor, ibi oculus, decía Ricardo de San Víctor, un monje medieval: “Allí donde está el amor, está la mirada”. Ese es el primer paso para rescatar el asombro y así llegar al alma, que es de lo que trata todo esto: de llegar a lo invisible. Muchos padres se desaniman porque promover la lectura no se traduce, en principio, en nada práctico y, además, el avance es casi imperceptible.

¿Cómo es el itinerario literario que ustedes siguieron con sus hijas? 

“Dame un niño hasta los siete años y te mostraré al hombre”. Aunque se atribuye el dicho a Aristóteles, no se encuentra la cita. Sea como sea, esos primeros años son fundamentales para educar o maleducar. Por eso, lo ideal es empezar desde el vientre materno. El itinerario comienza con una educación de la sensibilidad y, en la medida de lo posible, manteniendo el tono poético con el que todo niño nace. Ellos poseen una capacidad de asombro y una inocencia apabullantes, y la manera en que ven el mundo y nos lo cuentan es poética. Esto se cultiva cantándoles las canciones que nos cantaban nuestros padres y, a ellos, nuestros abuelos. En España contamos con una riquísima tradición de canciones y rimas recogida en numerosos libros. 

“La manera en que los niños ven el mundo y nos lo cuentan es poética, y eso se cultiva con canciones y rimas”

¿Qué viene después? 

Los cuentos de hadas. Cuando llegan a primero de primaria, deberían haber escuchado muchos cuentos. Los relatos fantásticos son fundamentales y, sin embargo, son mal entendidos. Muchos padres aceptan la deconstrucción ideológica que hoy se hace de ellos y, desde una especie de sobreprotección, piensan que son crudos. Pero, como decía Chesterton, el cuento de hadas no le enseña al niño el dragón: él ya lo ha descubierto en su imaginación. Más adelante, en la escolarización, los niños se sienten atraídos por retos, misterios y aventuras, y luego comienzan a leer novelas. En la adolescencia, vuelven la mirada a su interior. Para esta etapa también hay literatura muy interesante. Cada etapa es un peldaño que conduce al siguiente.

¿Para qué promover la lectura? 

El objetivo final es cultivar el alma para poder apreciar el bien, la belleza y la verdad, y que se acerquen con más facilidad a su destino. En el fondo todos nosotros, al menos los católicos, sabemos que nuestro fin último es la contemplación en la vida futura. Y esta es una manera de educar el alma y el cuerpo –esa conformación inescindible que somos–, a través de la educación en la belleza. La belleza es la expresión sensible de la verdad y de la bondad; las tres forman una trinidad inseparable. Si nos olvidamos de la belleza, no llegamos a la verdad ni a la bondad. Y si tratamos de destruir la verdad y la bondad, destruimos la belleza. 

¿Qué ocurre si tras este empeño no llegan a ser grandes lectores? 

Nadie está obligado a llegar al último peldaño literario. Insisto: el objetivo no es adquirir más cultura ni ser más útil ni simplemente entretenerse. La buena lectura educa la disposición de recibir la gracia para poder contemplar un día la Verdad, la Belleza y la Bondad. No se trata de educar niños más inteligentes. Está bien que desarrollen las capacidades que Dios les ha dado, pero ese es un efecto concomitante. 

“No leemos para adquirir más cultura, sino para disponer el alma a la contemplación”

John Senior decía que para entender la religión y la teología hay que rescatar la imaginación. ¿Cómo educarla a través de la literatura? 

Esto toca un tema fundamental y muy olvidado: junto a la destrucción de la inocencia está la destrucción de la imaginación. La imaginación es el instrumento a través del que vemos el mundo. Por eso, la educación literaria funciona como un escudo que protege la imaginación y la inocencia de los hijos frente al cinismo, el relativismo y el feísmo imperantes. Hoy la imaginación ha sido sustituida por una imaginación colectiva. Por ejemplo, si ves un videojuego piensas: “¡Qué derroche de imaginación!”. Sin embargo, es la imaginación de unas personas que se da hecha a los niños y jóvenes. Si no custodiamos la imaginación de nuestros hijos, van a acabar desvalidos a través de la intrusión de imágenes que no son suyas. En cambio, con la lectura tienen que recrear la palabra. En función de cómo esté educada la imaginación será su vida, porque de ahí procederá su visión de lo que han hecho y sido, y de lo que serán. 

“En nuestra casa empezamos el día leyendo juntos un poema. Eso también se puede hacer en las cenas: en lugar de sacar el móvil para ver un vídeo tonto, se puede leer un poema y comentarlo”

Es curioso lo que señala porque la literatura cada vez se desecha más de la educación académica. 

El cardenal Newman en su etapa anglicana era hostil a la literatura, pero ya católico, en su libro Idea de la Universidad, advertía a los profesores de no eliminarla del currículum. A través de la literatura, decía, el joven puede conocer de manera vicaria los efectos del bien y del mal en las personas y en el alma. Lo que hoy llamaríamos educación moral. Y advertía que los católicos, al no leer la Biblia, no educan su imaginación con imágenes bíblicas, y luego resulta difícil transmitir los dogmas que primero deben entrar por la imaginación. John Senior retoma esta idea de la tradición que viene de santo Tomás y desde antes. 

Usted acentúa la importancia de proporcionarles libros bien ilustrados. ¿Qué deben tener las ilustraciones? 

Contacto con la realidad. La ilustración puede representar una fantasía, pero el niño debe poder identificar las cosas, que son lo que son y a la vez símbolos de algo. El agua, por ejemplo, simboliza limpieza. No por convención, sino porque participa de la naturaleza de lo que representa. Si el agua no limpiara, no podría simbolizar limpieza. Trastocar esto –dibujar una princesa fea y brusca, en vez de bella e inocente– afecta la capacidad del niño de captar la verdad. Dentro de la libertad artística, las ilustraciones deben mantener esa conexión con la realidad. Porque, aunque el mundo sufra dolores de parto sigue siendo bello, verdadero y asombroso. Corromper la simbología es jugar con fuego.

¿Qué ocurre cuando los padres no tienen un bagaje lector?

No es un obstáculo insalvable. Decía C.S. Lewis que si un libro no se puede leer a los 50 o los 70, no es un buen libro. Siempre animo a leer esos buenos libros con los hijos y a practicar la lectura en voz alta, prolongándola todo lo posible. Una madre tras una charla me dijo preocupada: “En casa leemos en voz alta, pero mi hijo de 18 años sigue queriendo que yo le lea”. Le respondí: “¡Eso es excelente! Prolónguelo tanto como pueda”. 

Usted explica que uno de los motivos por los que no se lee es que estamos inmersos en un constante ruido y distraídos. ¿Cómo romper esa barrera? 

Produciendo silencio. En casa establecimos la “hora de lectura”. Leíamos todos a la vez, cada uno en su lugar preferido. Además, evitábamos tener la televisión encendida. Hay que fabricar silencio para que la imaginación trabaje.

¿Algún mensaje final para los lectores? 

Insistir en que sus hijos lean cosas buenas porque es mucho más importante de lo que consideran. Y que no se desanimen: este proceso requiere tiempo y esfuerzo, ya que trabaja esa parte de nosotros que no se ve: el alma. Pero estén seguros de que hacen algo muy bueno. Aunque les digan que es imposible, vale la pena intentarlo, porque, como decía Chesterton, “lo posible sólo se hace intentando lo imposible”.  

Artículo publicado en la edición número 79 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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