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Szymborska

Szymborska, el último tren a la poesía

Excelentes lectores reconocen compungidos que nunca leen poesía. Es una buena noticia. No que no la lean, no: la poesía es un género esencial. Lo bueno es que lo lamenten. Que no pase lo que cantaba Tejada: “Mal momento para coplas./ Y hacen falta, tanta falta/ que ni su falta se nota”. Si usted la nota, dese una última oportunidad: lea a Szymborska.

Por Enrique García-Máiquez
Fotografía: Piotr Kochanski / Agencia FORUM

Artículo publicado en la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Wisława Szymborska (Prowent, actual Kórnik, 2 de julio de 1923 – Cracovia, 1 de febrero de 2012) fue una poeta, ensayista y traductora polaca, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1996.

Aquel Nobel nos descubrió una poesía muy polaca, pero escrita también en el idioma universal de la inteligencia, la ternura, el humor y la ironía. Fue una sorpresa para todos, menos para Juan Pablo II, que era un gran admirador de esta escritora agnóstica.

La recomiendo a ella por tres razones esenciales. La primera, porque es muy buena. A veces, para incitar a leer poesía recomendamos lo más facilón que se nos ocurre, con lo que se ofende la inteligencia del recomendado, que inteligentemente pasa, o recomendamos una poesía muy compleja, para darnos importancia. Podría parecer imposible encontrar el equilibrio entre accesibilidad y hondura, pero ese equilibrio es el de los grandes poetas. Los que merece la pena leer. A Szymborska, sin duda.

Ah, pero ¿por qué no un clásico? Eso lo explicaba muy bien Juan Ramón Jiménez: un lector de nuestro tiempo necesita poetas de ahora que hablan con el idioma de hoy de los temas de interés más palpitante. Los clásicos, esplendorosos, no vendrán sino después. Szymborska es pura contemporaneidad: sufrió la invasión nazi y la dictadura comunista, nada menos.

¿Acaso no hay autores españoles que den ese perfil, eh, o tenemos que recurrir a la importación?, podría afeárseme. Los hay, e incluso con asombrosas afinidades con Wislawa Szymborska, como Miguel d’Ors; pero, como explicaba Jaime Gil de Biedma, el proceso de traducir implica una simplificación de líneas, un irremediable descarte de elementos accesorios, que favorecen el primer contacto con la poesía.

La mejor relación del mercado poético entre accesibilidad y calidad, entre emoción e inteligencia, y entre la eternidad y nuestro tiempo la ofrece Szymborska. Podría ser el último tren (de alta velocidad) a la gran ciudad de la poesía.

Elogio de la mala conciencia

El mayor valor de la poetisa polaca no es el formal, sino el espiritual, como debe ser. Su fondo presenta siempre una complejidad que contrasta (y este es su gran mérito) con la aparente sencillez.

En “Elogio de la mala conciencia de uno mismo” parece que se limita a envidiar la falta de remordimientos de los animales, pero nos convence de lo buena que es la mala conciencia.

A partir de entonces, ya no podremos escuchar los consejos autocomplacientes de vivir sin complicaciones morales sin una sonrisa szymborskiana. Por eso la poesía es necesaria: nos cambia la visión del mundo y de nosotros mismos. Lean el inicio y el final del poema:

“El ratonero no tiene nada que reprocharse./ Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra./ No dudan de sus actos las pirañas./ La víbora se acepta sin complejo a sí misma./ No existe un chacal autocrítico. // … /No hay nada más bestial/ que una conciencia limpia/ en el tercer planeta bajo el sol”.

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