Por Javier Lozano
El deporte y el ejercicio físico son un fenómeno social de primer orden que mueve millones de euros. Cerca de quince millones de españoles van al gimnasio, y es tal este boom que los sociólogos aseguran que para las generaciones más jóvenes este lugar se ha convertido en el “tercer espacio social” después del hogar y el centro de estudios o trabajo. Tanto es así que se han convertido en los “templos” del siglo xxi.
Hacer ejercicio y cuidar el cuerpo es algo no sólo bueno, sino también recomendable desde una antropología cristiana. “La Iglesia siempre ha hecho una defensa de la corporeidad frente a tentaciones gnósticas y platónicas de eliminar el cuerpo o menospreciarlo”, explica a Misión monseñor Melchor Sánchez de Toca, responsable entre 2012 y 2022 de la Oficina de Deportes del Pontificio Consejo para la Cultura, recordando que Cristo se encarnó y se nos ha prometido la resurrección de la carne. Esta corporeidad implica una responsabilidad con el regalo recibido, siempre en su justa medida.
Los gimnasios se han convertido en templos del culto al cuerpo. Están llenos de espejos para verse, ver a otros y ser visto
Sin embargo, el peligro real hoy no es tanto el del desprecio a la corporeidad como el del culto al cuerpo. Esta tendencia de convertir los gimnasios en centros sociales, donde el deporte no es más que la excusa para acudir, puede llegar a propiciar un ambiente poco adecuado para un católico. Es común percibir –y va en aumento– una clara falta de modestia en el vestir y un ambiente cada vez más sexualizado. Incluso hay estudios que hablan de la relación entre gimnasio e infidelidad matrimonial.
“El peligro del culto al cuerpo es indudable. Los gimnasios están llenos de espejos. ¿Para qué? Para verse, para ver a otros y para ser visto. Hay un componente narcisístico muy grande. No se trata de dejar de hacer deporte ni de desaconsejarlo. Lo que tenemos que hacer es ayudar a descubrir cómo orientarlo para gloria de Dios”, añade este sacerdote, autor de libros como Entrenando para el cielo (San Pablo, 2026) o El juego de Dios (San Pablo, 2026).
El peligro del narcisismo
El propio Papa León XIV es un aficionado al ejercicio físico, particularmente al tenis, y todavía hoy, como pontífice, sigue practicando deporte. En su carta La vida en abundancia, sobre el valor del deporte, además de alabar el ejercicio como algo sano y fuente de disfrute, alerta de sus riesgos. El Pontífice también advierte sobre el peligro del narcisismo, que atraviesa hoy toda la cultura deportiva. “El atleta puede quedar fijado al espejo del propio cuerpo vigoroso, del propio éxito medido en visibilidad y aprobación. El culto a la imagen y al rendimiento, amplificado por las redes sociales y las plataformas digitales, amenaza con fragmentar a la persona, separando el cuerpo de la mente y del espíritu. Es urgente reafirmar un cuidado integral de la persona humana, en la que el bienestar físico no se separe del equilibrio interior, de la responsabilidad ética y de la apertura a los demás”, señala el Santo Padre.
De este modo, la fe y el deporte pueden alimentarse mutuamente, pues bien enfocados son una ayuda para cultivar virtudes. Monseñor Sánchez de Toca recuerda que “no es casual que un término tan fundamental para el cristianismo como el de ascetismo provenga del griego áskesis, que significa ejercicio. O los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, que toman su nombre de los ejercicios corporales. Los atletas y los corredores se esforzaban y se mortificaban con vistas a un premio; nosotros lo mismo, pero para una corona incorruptible”.
Que no falte el juego
Pero en ocasiones el deporte tiene como fin el mero goce y la alegría de practicarlo, algo que también significa vivirlo cristianamente. Sánchez de Toca recuerda que un gran ejemplo de ello fue san Felipe Evans, uno de los mártires jesuitas de Inglaterra, al que mientras estaba encarcelado le permitían hacer ejercicio. Tuvo noticia de su ejecución mientras jugaba un partido de tenis. Cuando se lo comunicaron, todos se quedaron callados y consternados, y este mártir dijo: “Bueno, ¿qué prisa hay? Al menos terminemos el partido”. Se lo permitieron y, cuando acabó, fue llevado a la celda donde rezó y alabó a Dios. Fue martirizado al día siguiente.
“Lo cierto es que el juego no resta seriedad ni dramatismo a la existencia humana, tampoco a las exigencias más altas de la vida de un cristiano. No hay motivo, pues, para considerar el juego una rebaja o una distracción de la exigencia de santidad en la vida de un cristiano, puesto que Dios mismo juega y ama el juego. El juego no puede faltar en la vida de un cristiano, tampoco en la de un santo”, agrega Sánchez de Toca.
EL EJEMPLO DE LOS SANTOS
Hay elementos comunes entre el deporte y la fe que ayudan a crecer en ambas facetas y a elevar a la persona. Así, la práctica deportiva ayuda a ejercitar valores que pueden ser muy beneficiosos en la vida de fe. El esfuerzo, el sacrificio, la constancia, la responsabilidad, la gratitud, la superación personal, el autocontrol o el trabajo en equipo son algunos de los valores que se pueden cultivar en el deporte, enriquecen a toda la persona y que pueden ayudarnos a alcanzar la meta a la que todo cristiano aspira: la vida eterna. Para ello, Melchor Sánchez de Toca asegura que es bueno fijarse en el ejemplo de los santos, pues muchos de ellos han tenido una relación cercana con el ámbito del juego y del deporte. Como san Pier Giorgio Frassati, el joven turinés que supo unir fe, oración y deporte. Este santo era un apasionado del alpinismo y organizaba excursiones a la montaña con sus amigos para contemplar la grandeza de la Creación. Sánchez de Toca destaca también a san Francisco Javier, del que se sabe que era un gran atleta y competía en París. “Destacaba como campeón en el salto. Era un gran atleta. Esto le sirvió después para dar saltos por todo Oriente de una isla a otra y para poder afrontar dificultades tremendas. El deporte fue para él también una preparación para la misión a la que estaba llamado y que acabó llevando a cabo”, agrega.
Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





