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noviazgo espera

¿Encontraré el amor de mi vida?

Cada vez existen más espacios en la Iglesia para que jóvenes solteros se conozcan, y de ellos han surgido matrimonios. Sin embargo, Damián Sánchez, autor de ¡Es él! ¡Es ella! Y Dios tenía a alguien preparado para mí (Didacbook, 2026), advierte de que, aunque estas iniciativas son positivas y necesarias, “lo importante es dejar a Dios ser Dios”. A su juicio, la clave no está en buscar “desesperadamente” a la persona adecuada, sino en confiar en que, si sigues las señales que la Providencia va poniendo en tu camino, “acabarás encontrando a la persona que Dios tiene preparada para ti”.

Por Isabel Molina Estrada

La Iglesia lo afirma con claridad en el número 303 del Catecismo: la Providencia divina “tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia”. ¿También incluye esta atención propiciar el encuentro con la persona con la que estamos llamados a vivir el matrimonio? Damián Sánchez, quien lleva veinte años impartiendo conferencias a jóvenes sobre el noviazgo, responde sin titubeos: “Es difícil pensar que, si la Providencia se ocupa de todo, haya aspectos de nuestra vida en los que sí actúe y otros en los que no”.

Fruto de su trabajo, Damián asegura haber conocido numerosos testimonios de personas que, tras años de espera y sufrimiento, terminaron descubriendo el sentido de esa aparente demora. Recuerda, por ejemplo, el caso de Inés, una joven francesa a la que conoció tras una de sus conferencias. Un mes antes de su boda decidió romper el compromiso porque, pese a las muestras de afecto de su prometido, en el fondo no le inspiraba confianza. “Sabía que algún día me la jugaría”, relataba ella. Diez años después conoció, durante una peregrinación, a quien sería su marido. “Se casó apenas seis meses más tarde y hoy es muy feliz”, asegura Damián.

«Dios te lleva a esa persona que tiene preparada para ti»

También rememora una boda a la que fue invitado hace poco. “Los novios tenían 55 y 52 años. Ella llevaba treinta años esperándolo a él y, al final, lo encontró”. Por eso anima a confiar en el plan de Dios, “especialmente en los casos difíciles, porque Dios tiene un plan también en esa espera”, afirma.

La vocación al matrimonio

El autor no sólo fundamenta su convicción en las enseñanzas del Catecismo –que son ya un faro potente–, ni en estos testimonios de los que ha sido testigo una y otra vez, sino también en la Sagrada Escritura. Cita especialmente el libro de Tobías, donde el arcángel Rafael tranquiliza al joven antes de su matrimonio con Sara, cuyos prometidos fallecían uno tras otro en la noche de bodas. “No temas –le dice el arcángel– porque ella te ha sido destinada desde toda la eternidad” (Tb 6, 18).

Además, relata historias de matrimonios cristianos, muy conocidos, que hacen palpable su argumento: los últimos emperadores de Austria, Carlos y Zita; los Beltrame Quattrocchi; los Beretta Molla; los Petrillo Corbella y, por supuesto, los santos Celia Guérin y Luis Martin, padres de santa Teresita de Lisieux y el primer matrimonio canonizado conjuntamente en la historia de la Iglesia.

Para encontrar al futuro cónyuge, «la Providencia nos va dejando señales por el camino»

Cuenta Hélène Mongin en Santos de lo ordinario (Homo Legens, 2009) que cuando estos santos se cruzaron en el famoso puente de Alençon, Celia escuchó una voz en su interior: “Este es el que he preparado para ti”. Luis y Celia habían intentado previamente ingresar en la vida religiosa y a ambos les habían dicho que ese no era su camino. Cuando se conocieron, “ella tenía ya 27 años y él, 35. En aquellos tiempos, era una edad muy tardía. Y aunque el plan de Dios era distinto del suyo, se dejaron guiar”, puntualiza Damián. Ahí está la clave: “El matrimonio no es simplemente un estado de vida; es una vocación”, dice. Y como toda vocación, implica una llamada concreta, porque no existe una vocación al matrimonio en abstracto, sino la llamada de un hombre y una mujer concretos a compartir una misma misión.

A su juicio, Dios guía nuestro camino poco a poco: “Incluso, como le ocurre a Pulgarcito, la Providencia nos va dejando señales por el camino”, reitera.

Razones para la espera
“Algunos católicos viven el matrimonio como una etapa más de la vida: empiezan una relación y, por pura inercia, acaban casándose”, plantea Damián Sánchez. Sin embargo, el autor explica que la espera puede tener un sentido. “Puede ser que Dios no te haya llamado a la vocación matrimonial o que, sencillamente, todavía no sea el momento”, sostiene. Entre las posibles razones de esa espera, Damián destaca la importancia de aprender a confiar en Dios. “Jesucristo, en sus manifestaciones recientes –como las del Sagrado Corazón a santa Margarita María o las de la Divina Misericordia a santa Faustina– nos pide una confianza total en Él”. Como recuerda el mensaje de la Divina Misericordia, Jesús enseña a santa Faustina a repetir con frecuencia: “Jesús, en ti confío”. Damián apunta otro motivo para no precipitarse. Esas palabras que, según la tradición, escuchó santa Celia Guérin al conocer a san Luis Martin –“Este es el que he preparado para ti”–, muestran que existe un tiempo de preparación. “Puede que ese tiempo aún no haya terminado. Tú quieres que sea ya, pero la Providencia sigue trabajando en la vida de ambos”, afirma Damián. Por último, da la clave para orientar bien la búsqueda: “Tenemos que asegurarnos de que nuestra búsqueda está orientada por las coordenadas de Dios: el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia, experta en humanidad. A veces, quienes más sufren por no encontrar a la persona adecuada son justamente aquellos que se han apartado de esas coordenadas”.

Descubrir el plan de Dios

“Tenemos una vida para descubrir la misión a la que Dios nos llama y responder con fidelidad. Cuando acogemos su voluntad, encontramos la verdadera felicidad”, explica Damián.
Lo que sucede en el matrimonio también es cierto en el caso de la vida religiosa: Dios llama a una comunidad, un carisma o una diócesis concreta. “La carmelita es feliz como carmelita, aunque, como santa Teresita, su deseo era irse a las misiones”. Y, ¡oh, sorpresa!, Dios hace de ella después patrona universal de las misiones desde la clausura. “Hay muchas cosas que en el tiempo presente no se entienden, pero, como dijo la misma santa Teresita: ‘En el Cielo nos lo explicarán todo’”.

Por eso Damián invita a los jóvenes a preservar su corazón durante esa espera. “Él te invita a ir mar adentro en la confianza. Cuanto más unido estés a los corazones de Jesús y de María, más te conducirán hacia el corazón de la persona con la que quiere que te cases, si esa es tu vocación. Si lo dejas, Él actúa”.

«Esta vez es sí»
Cuenta Damián Sánchez que al rey Balduino de Bélgica –hoy en proceso de beatificación– lo llamaban “el rey triste”. A los 29 años aún no estaba casado. Fue entonces cuando conoció a la religiosa irlandesa Verónica O’Brien, quien le aconsejó poner esa preocupación en manos de la Virgen María. Balduino aceptó la sugerencia, pero añadió una petición poco habitual: que la propia religiosa le ayudara a encontrar a la que sería su futura esposa. El cardenal Léon Joseph Suenens, relata en El rey Balduino: El legado de su vida (Libros Libres, 2021) que O’Brien aceptó la misión. La búsqueda llevó a la religiosa de Bélgica a España. En Madrid, tras algunas averiguaciones, alguien le habló de una joven aristócrata: Fabiola de Mora y Aragón. Nada más conocerla, la religiosa tuvo una firme intuición: “Es ella”. Convencida, se lo comunicó al monarca, quien confió plenamente en su juicio. Sin embargo, cuando O’Brien planteó la posibilidad a Fabiola, la joven rechazó categóricamente la idea. Sólo la intervención del nuncio apostólico logró que reconsiderara su decisión. Él le pidió que, al menos, permaneciera abierta a esa posibilidad por si detrás de ella se encontraba la voluntad de Dios. Finalmente, Fabiola aceptó viajar discretamente a Bruselas para conocer al rey. El encuentro tuvo lugar en la casa de la religiosa y, según la correspondencia que recoge el cardenal Suenens, la conexión entre ambos fue inmediata. Para quienes conocieron la historia, quedó claro que la Providencia no se había equivocado. Pocos meses después, Balduino pidió matrimonio a Fabiola durante una peregrinación al santuario de Lourdes. Ella respondió con una frase que ha pasado a la historia: “Esta vez es sí y ya no miraré más atrás”. En diciembre de ese mismo año se casaron. Su unión ha sido presentada muchas veces como un ejemplo de entrega y fidelidad a su vocación. Aunque Balduino y Fabiola sintieron siempre el consuelo de la Providencia, también conocieron el peso de la cruz. No pudieron dejar un heredero al trono. Sin embargo, afrontaron esta circunstancia con gran serenidad. Hoy, su matrimonio continúa despertando gran admiración.

Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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