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Ángel Barahona, doctor en filosofía: “La Iglesia tiene que denunciar el engaño de las nuevas idolatrías”

En el mundo que tratan de construir los promotores de las bioideologías, ¿hay sitio para Cristo y para la Iglesia? Ángel Barahona, doctor en Filosofía de la UFV y autor de De lo que no se puede hablar (Nuevo Inicio, 2018), alerta sobre las idolatrías y los engaños del demonio que se esconden tras los nuevos discursos utópicos.
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Por José Antonio Méndez

Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Ante el futuro utópico que prometen las bioideologías, ¿tiene algo que decir el cristianismo?

Lo que nos está sucediendo hoy es que el ser humano, que lleva en su naturaleza la necesidad de tener trato con Dios, está intentando sustituirle por ídolos. Al ver el progreso tecnológico y material, hemos abrazado la seducción de Satanás: Seréis como dioses. Esa pretensión no es nueva, pero, por los discursos secularizados y ateos que se consolidaron en el siglo xx, la expulsión de Dios y de la religión es cada vez más sistemática, y por eso cada vez es mayor la sustitución de Dios por ídolos: la salud, el planeta, el trabajo, la tecnología, el dinero, el sexo, el poder, el cuerpo, el turismo, la paz mental, el prestigio, el cosmos, diosecillos exóticos, energías impersonales… Pero la vida plena no puede dárnosla el planeta, ni una pastilla, ni el sexo, ni el karma. Solo volvernos a Dios y reconocerlo Padre y Creador. El cristianismo tiene que denunciar el engaño de estas ideologías idolátricas y llamar al hombre a la amistad con Dios.

¿Y con qué argumentos?

Las bioideologías tratan de responder a las grandes preguntas que nos hacemos desde que somos sapiens, pero diciendo que somos un cúmulo de moléculas fruto del azar, prescindible y sustituible por otras especies, que se puede tratar como piezas modificables o desechables de una máquina, y negando lo divino de la creación. Y son ideas que implican acciones concretas que nos afectan a todos, porque suplantar a Dios por ellas no solo es un sustitutivo de la religión, sino que, de hecho, ya se ha convertido en una especie de nueva religión sin Dios, que tiene creyentes, dogmas, prácticas… y fanáticos que imponen una ortodoxia de pensamiento y de actuación.

“Este nuevo credo dice que podemos expulsar a Dios de la historia para encontrar la autosatisfacción en la tecnología”

¿Qué afirma ese credo sin Dios?

Que la ciencia y la tecnología pueden explicarlo y realizarlo todo, que Dios es prescindible, y que podemos expulsarlo de la historia y de nuestra vida para encontrar la autosatisfacción en la razón y en la tecnología. Y quienes se opongan a esta visión, son un lastre. Pero como advierte la Biblia, cada intento de la Humanidad por construir un edén artificial nos conduce al desastre.

¿Cuál es, entonces, la diferencia entre la llamada a construir el Reino de Dios y esos paraísos terrenales?

En nuestra naturaleza hay un permanente eco del paraíso: lo tenemos grabado. Las ideologías intentan reproducirlo desde lo político, y las bioideologías, a través de la ciencia y de la tecnología. Pero su error es el mismo: no quieren entrar en el Paraíso a través de su puerta, que es Cristo, sino asaltarlo para nuestro disfrute sin Dios. Niegan que Cristo haya cumplido las expectativas humanas. La diferencia es que Él nos enseña que hemos sido creados para la vida eterna; que la muerte y el pecado son inevitables, pero han sido vencidos; que todo, sea felicidad o sufrimiento, tiene sentido. Y que, en este regalo que es la existencia, podemos aspirar, en nuestra libertad y responsabilidad, a vivir con alegría de la relación amistosa con Dios. Los demás son el medio para nuestra amistad con Dios, y por eso hemos de cuidarlos y combatir las injusticias, pero sin convertirlos en ídolos. El Reino, el anticipo del Paraíso, es la amistad con Dios.

Y eso, ¿cómo se concreta? Porque las promesas de las bioideologías, de la agenda 2030, etc. son concretas para la humanidad y para cada individuo.

La amistad con Dios no es una idea romántica, ni una meditación de yo-mi-me-conmigo, ni ir a la adoración o a los sacramentos a pasarme la factura de qué he hecho bien o mal. La amistad con Dios es conocerle a través de su Palabra, y tener una relación sincera con Él a través de la oración y de los sacramentos, que me permita reconocer que me ama, que es mayor que yo, que todo lo que quiere para mí es bueno y santo, y que todo ha sido diseñado en torno a la clave de la cruz de Cristo, aunque me escandalice al verla en mi vida y en el mundo. Esa amistad con Dios cambia mi relación con los demás y me hace amar y entregarme gratuitamente, y es algo que ninguna ideología o avance científico puede darnos. Por eso Satanás, para alejarnos de Él, nos promete avances y filosofías que nos harán omnipotentes y capaces de vivir sin cruz, como dioses.

La verdad es que eso suena bien…

Sí, pero es mentira. El dolor, la soledad, la injusticia, la muerte… nos llegan, queramos o no. Y la persona que es feliz aquí es aquella que no se cree mejor que Dios o capaz de vivir sin Él, sino la que humildemente reconoce que Dios lleva la historia humana y cada historia personal, y que todas las cosas, incluso las que nos escandalizan, tienen un sentido que debemos descubrir con la luz de la Palabra y de los sacramentos. El Evangelio no es la promesa de convertirme en un ser incorruptible y puro, sino el anuncio de que Dios asume mi precariedad y mis miserias para glorificarlas, acompañándolas y sanándolas dentro del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

¿Cómo debe enfrentar la Iglesia este futuro que se nos viene encima?

Con valor y fidelidad. Yo soy optimista: creo que la Historia la lleva el Espíritu Santo y todo lo que nos está pasando es una fuerte llamada a la conversión, y una medida profiláctica para que seamos testigos de Cristo y evitemos nuestra autodestrucción.

“Cada intento de la Humanidad por construir un edén artificial conduce siempre al desastre”

Pero parece que los católicos tememos denunciar la deriva del mundo porque genera rechazo.

Muchos de nosotros nos hemos contaminado de las nuevas idolatrías, y parece que nuestra fe es compatible con todo, pero no es verdad. ¿Puede haber persecución por denunciar los engaños de los idólatras? Sí, pero nos alienta el testimonio de los mártires, que aumentan más que nunca. El Espíritu Santo ha pegado un bocinazo y está suscitando profetas que anuncian al pueblo lo que no quiere oír. Puede que no entre los obispos, pero sí entre otros miembros de la Iglesia, e incluso entre personas de fuera que denuncian la fatuidad de los ídolos contemporáneos. Hoy crece la insatisfacción y se barrunta que los ídolos solo nos llevan al vacío existencial. Cada uno tiene que asumir su responsabilidad en la Iglesia, y si un obispo no dice lo que debe, yo tengo que ser testigo de Cristo en mi entorno.

¿Aunque nos quedemos en minoría?

No tengo duda de que, si somos fieles a Dios, montones de personas que son creyentes de estas nuevas ideologías verán el dolor en la vida, comprenderán por qué huían del sufrimiento, mirarán al que traspasaron y creerán en Él. Dios es duro en sus advertencias cuando el hombre puede enmendarse, pero misericordioso con quien ya se ha equivocado y reconoce su error. Los católicos tenemos el antídoto para el nuevo veneno con que el demonio nos tienta y tenemos la responsabilidad de ofrecérselo al mundo.

¿Hay sitio para la cruz en el futuro que pintan las nuevas ideologías?

Todas las ideologías surgen como un escándalo ante la cruz; por eso intentan quitarla del medio. Los intentos de paliar el sufrimiento son bien acogidos, pero fracasan cuando prescinden de Dios, porque se acaban volviendo contra el hombre: ¿Que la madre sufre? Matemos al hijo. ¿Que el enfermo sufre? Eutanasia. ¿Que hay opresión en un país? Obliguémosles a huir por el desierto. Borrar al Crucificado multiplica el sufrimiento y nos roba la posibilidad de conversión que nos da la cruz. Por eso, aunque prometan erradicar el sufrimiento, vendrá multiplicado.

Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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