Arsène Lupin

Arsène Lupin, caballero y ladrón

Se acerca la temporada de lecturas playeras. En la novela policíaca siempre hay un robo (el de nuestra atención) y un crimen (el de nuestra apatía).
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Por Enrique García-Máiquez

Artículo publicado en la edición número 60 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Novelas policíacas o amarillas (para los italianos) o negras las hay para todos los gustos. Desde el precursor Wilkie Collins (qué clásicos espléndidos son La dama de blanco y La piedra lunar) hasta las últimas correrías de los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, firmadas por Lorenzo Silva. Se han intentado diversos métodos para clasificarlas. Tanto Sherlock Holmes, por el lado de la justicia, como Arsène Lupin, por el del robo, son personajes extremados, increíbles, superdotados, precursores de los poderes de los superhéroes.

A partir del padre Brown, de Chesterton, se buscó más la resolución sorprendente y honesta de un problema intelectual en el que se respetasen unas reglas del juego, como un ajedrez moral. Los famosos mandamientos del Detection Club recogen esas reglas. Los norteamericanos Raymond Chandler, Dashiell Hammett y James M. Cain dieron una vuelta de tuerca en busca de una verosimilitud más dura. ¿Y cómo dejarnos fuera al francés Simenon, por nada del mundo, ni a los italianos Sciascia o Camilleri? También por tantas lecturas inabarcables se nos volverá a quedar muy corto el verano.

¿Por qué leer, entre tanta oferta, a Maurice Leblanc (Ruan, 1864- Perpignan, 1941) y alguno de sus veinte volúmenes dedicados a Arsène Lupin, ladrón de guante blanco, caballero contradictorio, Cyrano cínico? Habiendo nacido en 1905, ¿no ha quedado demodé por otros personajes más modernos? Si hay algo que Lupin no puede quedar, es pasado de moda, él, capaz de metamorfosearse para estar siempre a la última y dejarnos a los lectores a la penúltima.

Hemos de reconocer que la exitosa serie televisiva francesa, que revisita al personaje (cambiando muchas cosas, pero respetando el espíritu) le ha dado un empujón mediático. Pero ya era una lectura entretenidísima que funciona especialmente bien si se hace en voz alta y para niños o preadolescentes. Quedan deslumbrados. La propia ingenuidad original de la prosa de Leblanc juega a su favor.

Sus tramas criminales y el suspense no son más que un incansable telón de fondo para lo verdaderamente intrigante: la personalidad de Lupin, en constante cambio y formación. ¿Quién es, por qué lo hace, cómo acabará, es bondadoso o malvado, dónde está, cuándo vendrá, etc.?

Como vio claro el primer editor del primer cuento en la primera revista, el secreto del misterio estaba en el encanto evidente de Arsène Lupin. Su golpe perfecto es el cariño que el muy truhan nos roba con la facilidad con la que birla el reloj de bolsillo al mismísimo Herlock Sholmes [sic].  

La cuestión moral

El problema no es que Arsène Lupin sea un caballero, aunque eso empieza a ser una rareza peligrosa, sino que es un ladrón, y a veces lo es crudamente, sin la cobertura de ONG de un Robin Hood. ¿No será poco educativo leer a nuestros hijos las andanzas de un amigo tan íntimo y tan atractivo de lo ajeno?  La ficción tiene razones que la legalidad no entiende. Pero además hay una enseñanza muy sutil y subterránea, que quizá sea imprescindible en estos tiempos. Los códigos morales no siempre coinciden con los decretos gubernativos de cada país, y cada vez menos. Lupin, con unas inquietudes muy posmodernas, se desenvuelve en un sistema de lealtades y de honor propio. Él se lo exige con rigor, mientras se pone el mundo por chistera.

«Un caballero en cualquier época hubiera preferido al ladrón por yerno antes que al carcelero que lo cuida», sugirió Chesterton en La prensa y otras obviedades, y yo creo que, si se le quita la pizca de exageración, se entiende. En la conciencia de Lupin no manda nadie, desde luego, pero bien que le manda a él su conciencia. Y eso es una enseñanza moral de extraordinaria y urgente necesidad.

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