La revista más leída por las familias católicas de España

Scripta Manent

Por Enrique García-Máiquez

Decían los clásicos que lo escrito permanece, mientras que las palabras se las lleva el viento. Todos nos hemos dado aires diciendo que, con las grabadoras de las nuevas tecnologías, el viento ya no se lleva nada de lo que hablamos. Pero por ahí no venía el aire: el problema real no es el olvido, que para eso están la memoria, los repasos, las recuperaciones…

El problema, como en tantas cosas, es la moda. La de verdades que son verdad pero que nadie se atreve ya a decir o a sugerir porque lo políticamente correcto impone férreos disimulos y circunloquios. Basta leer un libro de cuarenta o cincuenta años atrás para ir –párrafo a párrafo– de sobresalto en sobresalto.

Alguna vez he contado la alegría que nos llevamos Abel Feu y yo cuando vimos que quedaba un libro de Chesterton que no se había editado aún en España. Tenía un título interesante, además: La superstición del divorcio. Poder marcarnos una primera edición peninsular (porque en Argentina sí se había sacado) del requeteditado Chesterton nos pareció un milagro. Hasta que leímos el libro. Ni yo, católico a machamartillo y partidario empecinado de la indisolubilidad matrimonial, lo podía leer sin tragar saliva de cuando en cuando. Y eso que Chesterton no insultaba a nadie. Sencillamente diseccionaba el divorcio sin melindres ni ambages. Hoy un libro así es impensable o, mejor dicho, impublicable. Lo editamos, sí, con traducción excelente de Aurora Rice, pero muy circunspectos.


“Si quieren sentir emociones fuertes, lean libros antiguos. Y, por favor, guarden sus bibliotecas privadas o las de sus padres”

Hay otros muchos libros que o se olvidan en el limbo de lo no reeditado o que se retocan o a los que les cambian, como mínimo, las cubiertas y el uso de los géneros, como a tanta literatura infantil. Por eso el dicho clásico tiene, en realidad, una nueva vida posmoderna muy oportuna: lo escrito permanece… en las ediciones de época y emboscado en las viejas bibliotecas familiares.

El amor a las primeras ediciones y a las librerías de viejo ya no debería responder sólo al capricho del bibliófilo o al ahorro del bibliómano. Son un refugio del pensamiento humano, cada vez más acosado. Lo vieron venir los escritores de tantas distopías donde siempre se odian o se queman o se prohíben los libros.

Si quieren ustedes sentir emociones fuertes, lean libros antiguos. Y, por favor, guarden sus bibliotecas privadas o las de sus padres y abuelos. No tanto porque haya allí algún tesoro o incunable, sino porque la literatura de antaño es, en realidad, una de las resistencias más poderosas al mundo postmoderno, desde los catecismos de toda la vida a los cuentos infantiles clásicos.

Alguno me dirá que ya no necesitan quemar libros o prohibirlos porque cada vez leemos menos por falta de iniciativa, por simple dispersión o porque las novedades nos distraen. Aun así, que los libros de siempre estén en nuestras estanterías levanta una muralla de tiempo contra los tiempos. Lo escrito permanece, mientras las palabras y las ediciones retocadas se las llevan y las traen los vientos de las modas.

Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.



 

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