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Recuperar el sentido de la autoridad: «Sólo quien conoce los puntos cardinales sabrá elegir la dirección correcta»

Niños que deciden los planes de la familia, alumnos que eligen cómo debe orientar el profesor su clase, jugadores que imponen las directrices de su equipo… Es el panorama de una sociedad donde el sentido de la autoridad se ha debilitado, y lejos de vivir en un clima de libertad, en muchas familias y en el ambiente en general rige la arbitrariedad. Si queremos que nuestros hijos tengan un norte, es hora de retomar el mando.

Por Carmen Seara e Isabel Molina E. 

Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Las Navidades pasadas una familia amiga se preparaba para ir de vacaciones a la nieve. Tenían ya todo reservado, hasta que su hija de doce años decidió que no le gustaba el plan y que se quedaría en casa de sus tíos. Los padres cancelaron el viaje a riesgo de perder todo el dinero que habían pagado. Cuando les pregunté por qué habían cambiado de planes, la madre contestó: “Ya sabes, los hijos mandan”. 

Esta escena refleja un ambiente cultural en el que ejercer la autoridad se percibe como algo negativo, por no decir injusto. El filósofo y pedagogo Gregorio Luri explica a Misión que la situación es paradójica, pues las personas quieren que se les obedezca, pero sin mandar.  “Culturalmente, hoy no está bien visto mandar. El peso de esa corriente antiautoritaria que viene desplegándose desde los años 60 del siglo pasado se ha convertido en algo así como la ‘religión’ cotidiana: ‘Todos somos iguales y, por lo tanto, nadie es superior a nadie, nadie tiene derecho a imponerle nada a nadie’”. Luri observa que el fenómeno es tal, que incluso en algunos colegios se refieren al maestro no como quien instruye y enseña, sino como un  “acompañante”.  

La máxima de “todos somos iguales y nadie tiene derecho a imponer nada” ha llevado a muchos a renunciar a su autoridad

Pero lo cierto es que la autoridad de padres y profesores no es un “mal necesario”, es un gran bien, tanto para el que la ejerce como para quien la recibe. Etimológicamente, la palabra “autoridad”  proviene del verbo latino augere, que significa “hacer crecer”, “desarrollar”. La autoridad, por lo tanto, posee un sentido eminentemente positivo: es un servicio, una luz que orienta a quien la sigue hacia el fin que anhela.

Luri asegura que si los padres quieren que sus hijos sean autónomos pero no los orientan, tendrán hijos cuando menos despistados, y en la mayoría de los casos perdidos. Y da un ejemplo que lo ilustra muy bien. “Es como dejar a tu hijo en un bosque sin decirle dónde está el norte, el sur, el este y el oeste… ¿De qué le servirá su autonomía? Sólo si conoce los puntos cardinales sabrá elegir la dirección correcta”.  Porque tal y como escribió Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas, “si no sabes a dónde vas, cualquier camino te llevará allí”.

El derecho a los límites

Poner límites, restringir, reprender e incluso reprimir no son tampoco términos con buena prensa hoy. Sin embargo, Luri defiende que uno de los derechos esenciales de los niños es a que se les marquen los límites e, incluso, a que se les reprima. “Si un niño pequeño tiene curiosidad por meter los dedos en los enchufes, hay que reprimirlo. También hay que reprimir su  ‘capacidad’ para mentir, para hacer trampa, para ser cobarde, para dejar de reflexionar…”. Y aunque muchos se sientan temerosos de retomar las riendas, este pedagogo anima a quienes tienen cargos de responsabilidad en la familia y en la escuela a recuperar el mando, porque los límites, al contrario de lo que hoy se intenta proponer, infunden a los hijos serenidad y seguridad. 

Por otra parte, el autor de numerosos libros como Elogio de las familias sensatamente imperfectas (Ariel, 2017) o La escuela no es un parque de atracciones (Ariel, 2017) insiste en que, aunque haya quienes se consideran con derecho a imponernos la convicción de que la autoridad y la obediencia son para opresores y oprimidos, “nosotros tenemos el derecho a educar a los nuestros, puesto que los queremos, con reglas claras”.  Y añade:  “Ha llegado la hora de asumir que somos ‘raros’ y que, si yo tengo unos valores y creo firmemente en ellos, no me puedo desentender de transmitírselos a mis hijos, a mis alumnos o a mis nietos. Como padre, educador o abuelo tengo que darles lo mejor que tengo”.  Hay que ayudarles a que amen la virtud y a que quieran dejarse conducir por el buen camino. 

Por el prestigio

A la vez, la autoridad tiene que ser ejercida con amor, pues  “la autoridad sin amor es tiranía”, enfatiza Luri. Pero para que la familia pueda ser el lugar de la exigencia, explica este filósofo, tiene que ser siempre el lugar en el que cada uno es querido por el mero hecho de existir:  “Con todas sus imperfecciones, la familia tiene que ser siempre el chollo psicológico más grande, porque no hay otra institución ni ningún otro sitio donde te quieran así, incondicionalmente, aun conociendo tus defectos”. La buena autoridad es un aprendizaje que se forja en la capacidad de influir basada en el prestigio moral. Por eso, la autoridad se tiene, pero también hay que ganársela. Es una competencia que se apoya en la coherencia de vida.

Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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