Bendita-rutina. Familia lavándose los dientes

¡Bendita rutina!

A pesar de la mala prensa que tiene, muchos son los que, a la vuelta de las vacaciones, exclaman: ¡bendita rutina! Hábitos como hacer la cama por la mañana y acostarse a la hora en punto nos ofrecen beneficios que van más allá de la salud, la higiene o el orden: crean una cultura familiar, aportan sentido de pertenencia y afianzan virtudes como la constancia tanto en los mayores como en los niños.
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Por Margarita García

Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Canta José Luis Perales que “La rutina mata lo que toca” y, aunque no queremos quitarle razón al conocido cantautor, educadores, pediatras y los propios padres de familia lo confirman: establecer rutinas y retomarlas después del caos típico de las vacaciones aporta grandes beneficios a todos los miembros de la familia. Los más evidentes son los referidos a la salud, la higiene y el orden en el hogar como lavarse los dientes, hacer deporte o recoger la mesa después de comer.

Educar en virtudes

Pero Nacho Tornel, mediador familiar, experto en relaciones de pareja y autor de Enparejarte (Planeta, 2016), va más allá: “En la vida de familia es recomendable introducir buenas prácticas que, al convertirse en un hábito, no cueste esfuerzo acometerlas cada vez. Desde la buena rutina de tener al menos una comida en familia todos los días, sin pantallas, pasando por dar un paseo en pareja, por lo menos una vez a la semana, hasta la buena costumbre de darse un beso cada vez que llegas a casa”.

María Verónica Degwitz, máster en Ciencias de la Familia y autora del blog www.enlasalademicasa.com, reconoce para Misión que “para educar en virtudes –hábitos operativos buenos– necesitamos la rutina: repetir hábitos diariamente para que se hagan parte de nuestra vida. Y esto afecta a cuestiones más profundas, como el fortalecimiento de la voluntad para hacer aquello que conviene, aunque a veces no tengamos ganas”.

Por esto, aconseja dar prioridad a aquellas rutinas que educan la voluntad y que forman en virtudes como el orden, la sinceridad o la generosidad; sin olvidar nunca la idea de que la familia es un equipo: “Todos colaboramos y todos nos beneficiamos. Por eso las rutinas familiares siempre deben ir en favor de hacer la vida más agradable a los miembros de mi familia, porque si todos pensamos en los demás, siempre habrá alguien que piense en nosotros”.

Las tradiciones y rutinas de cada familia “nos hacen únicos, y desarrollan en nosotros un sentido vital de pertenencia, y sentimientos de aceptación y acogida”.

Humanizar la rutina

Aunque parezca una paradoja, lo cierto es que toda acción humana, precisamente porque es humana, es siempre nueva. Por eso repetir una acción no tendría que ser nunca sinónimo de aburrimiento. Es más, la autora de Educar en el asombro (Plataforma, 2012), Catherine L’Ecuyer, acuña el término “humanizar la rutina”, lo que significa poner lúdica, ingenio y creatividad para que la rutina sea cada vez más humana y en ningún caso aburrida.

A esto se suma saber distinguir entre firmeza y rigidez. Degwitz explica que “a veces, por mantener el orden y preservar la autoridad paterna, somos rígidos en las normas y las rutinas del hogar. Por ejemplo: la hora de acostarse es a las 8 de la noche, pero un día la abuela está de visita, disfrutando mucho de sus nietos. La rigidez diría que hay que dormir porque la norma es lo más importante. Sin embargo, la firmeza es entender y hacer entender a los niños que estar con la abuela en ese momento es más importante, y no pasa nada si esa noche se van a la cama un poco más tarde”. Lograr este equilibro requiere de mucho sentido común, advierte Degwitz, ya que la firmeza se basa en distinguir lo verdaderamente importante de lo que no lo es.

Crear identidad familiar

Las rutinas y costumbres familiares encierran un tesoro que Degwitz nos descubre: la creación de la propia identidad familiar. Estas rutinas y tradiciones de cada familia “nos hacen únicos y diferentes de otras familias, y desarrollan en nosotros un sentido vital de pertenencia, así como sentimientos de aceptación y acogida, que influirán en el estado de ánimo de todos los miembros de la familia”, afirma.

¿Y qué elementos conforman esta identidad? Los ejemplos son muy variados: desde la manera en que hacemos los deberes, pasando por cómo compartimos en la mesa, o las actividades que hacemos en familia (plan de peli y pizza, juegos de mesa, cocinar en familia…) hacen de nuestra familia algo único y llevan a todos los miembros a una conclusión: “Somos afortunados de pertenecer a algo más grande que nosotros mismos”.

Rutinas represivas vs. rutinas creativas

Para reforzar las oportunidades creativas de la rutina es necesario diferenciar entre lo que Carlos Javier Morales, en su libro Tiempo mío, tiempo nuestro (Rialp, 2020), denomina “rutinas represivas y rutinas creativas”. Para Nacho Tornel existen rutinas que “nos asfixian, como el caso de parejas que se autoimponen semanalmente comer en casa de los suegros: aunque sea una costumbre positiva, al final puede restar espontaneidad a la vida familiar; a veces supone comodidad para los esposos, pero quizás estén cediendo a cierta presión familiar”.

Por eso “las rutinas de familia deben ser algo querido por los dos y ambos ver que crecen juntos”, recuerda. Otra rutina negativa es la de aquellas familias que se pasan el fin de semana (o los días laborables) “corriendo de un lado a otro para llevar a sus hijos a un montón de actividades que ocupan la jornada y no dejan espacio para disfrutar juntos ni para descansar de otra manera. Son obliga­ciones autoimpuestas que no tienen sentido si el balance final no es positivo”, destaca Tornel. En esos casos “hay que ayudar a esos padres a parar y pensar en dónde recortar”.

Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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