Biblioteca imprescindible: De Prada se viste de diablo

Tras los ropajes del diablo, se esconde y no se esconde un De Prada en todo el esplendor sulfuroso de su prosa y en el angélico de su pensamiento

Por Enrique García-Máiquez / Ilustración Rikki Vélez @rikkivelez

Juan Manuel de Prada no necesita ser presentado a los de Misión, donde vela armas desde sus inicios. Acaba de publicar Cartas del sobrino a su diablo (Homo Legens, 2020), libro escrito sobre la falsilla de las Cartas del diablo a su sobrino de C. S. Lewis, aunque con verdades de su propia cosecha.

La nueva obra de Juan Manuel de Prada, en cambio, sí necesita presentación. Perdóneseme el facilísimo retruécano que da título a estas líneas, pero es tan exacto que no me ha quedado más remedio. La gracia de este libro, que recoge una serie de columnas que se publicaron en el diario ABC en los meses del confinamiento del coronavirus, estriba exactamente en la perfección con la que De Prada se viste de diablo.

Lo hace en el estilo. No es, desde luego, el humor británico de C. S. Lewis, hecho de matices, sutilezas, ingeniosidades y, sobre todo, autoironía. Gasta De Prada un humor quevedesco, agresivo, ibérico hasta las cachas, escatológico en todos los sentidos de la palabra. Es el suyo de siempre, pero exagerado, si cabe. Le viene muy bien, por un lado, a la prosa, que se espesa como un caldo de las bullentes marmitas de Pedro Botero, y a la pose de De Prada, que gusta de escandalizar a los que él llama católicos pompier (a los que este libro escandalizará, sin duda).

La fusión infernal funciona en las formas, y fundamentalmente en los fondos. Las confesiones del diablo permiten desactivar el prejuicio contra lo que rápidamente se moteja de conspiranoico. Esas tesis de conjuras globales, aquí, desveladas por el mismo diablo que tiene la misión y la afición de conspirar, resultan mucho más verosímiles. El infierno está empedrado de buenas conspiraciones.

El tesoro oculto del libro estriba en el despliegue de sana doctrina, a sensu contrario, que nos regala el diablo, citando “con horror” a maestros tales como Donoso Cortés, Chesterton, Castellani, Aristóteles, el Aquinate, Dostoievski, Léon Bloy, Baudelaire e incluso José María Pemán. Lo hace en asuntos muy pegados a la actualidad de cuando se fueron publicando en ABC los artículos, pero sin apartar la vista de las grandes cuestiones de teoría política e incluso de teología. Tras los ropajes del diablo, se esconde y no se esconde un De Prada en todo el esplendor sulfuroso de su prosa y en el angélico de su pensamiento.

El diablo en su tinta


Juan Manuel de Prada cumple literalmente el escolio de Nicolás Gómez Dávila: “Gran escritor es el que moja en tinta infernal la pluma que arranca al remo de un arcángel”. No es el único que ha cogido la metáfora al pie de la letra. El diablo es un personaje literario de primer orden. Están los más claros precedentes de De Prada: Las 36 pruebas de la existencia del diablo de André Frossard y, sobre todo, las magistrales Cartas del diablo a su sobrino de C. S. Lewis, a las que Prada rinde un homenaje explícito y hasta numérico (su libro tiene el mismo número de cartas que el original).

Pero el diablo nada como pez en el agua en la pez de la tinta negra de los libros. Culebrea por Fausto, en la Divina Comedia, en las leyendas de Bécquer, en Don Juan, en El paraíso perdido, etc. ¿Por qué? Desde luego, porque el diablo tiene mucha vis cómica, aunque a él eso no le haga ni pizca de gracia. También porque sirve (eso tampoco le gusta) para revelar el mal (que él prefiere camuflado) y para que por contraste brillen (esto para él es el remate) el Bien, la Verdad y la Belleza. Hace el papel de lo oscuro del claroscuro. El nuevo libro de Juan Manuel de Prada se suma, gozoso, a esa tradición luminosa de obras tenebrosas.

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