El buen sexo es cosa de tres

Lejos de ser un tabú, la propuesta cristiana para la sexualidad es “mucho más plena y realista que la que te vende el mundo”. Así lo explican a Misión varios matrimonios y profesionales de la orientación familiar, que muestran por qué el sexo es tan importante para la vida conyugal, y aclaran en qué consiste, de verdad, la calidad de la relación íntima entre los esposos. Una pista: no tiene que ver con la variedad de posturas en la cama… aunque eso también cuenta.

Por José Antonio Méndez

Se miran con un cariño y una química tal, que muchos se quedarían desconcertados al escuchar su testimonio. María y Javi vivieron nueve años de noviazgo sin tener relaciones sexuales y hace dos se unieron en matrimonio. “Como es lógico, esperábamos con muchas ganas el momento de acostarnos juntos y ser una sola carne. Porque si la sociedad te vende que el sexo, incluso sin amor, es la bomba, para nosotros, que nos queremos tanto y tenemos una visión trascendente de nuestro matrimonio, tenía que ser una pasada”, cuentan.

Lo que ocurre es que la realidad no es, ni en su caso ni en ningún otro, como pintan las películas: El día a día está lleno de cansancio, de estrés… y eso, sumado a nuestra inexperiencia, nos ha hecho darnos cuenta de que la relación sexual es muy importante para un matrimonio, pero no por las mismas razones por las que la sociedad dice que importa el sexo”, aclaran.

No hablan de chasco, ni cambiarían sus años de noviazgo, “porque descubrir juntos la vida matrimonial es algo incomparable”, pero reconocen que “las series, los anuncios, etc., no ayuda a vivir el sexo con naturalidad y plenitud. Te venden que debe ser súper intenso, frecuente, innovador, todo placer, y si no lo vives así, es que algo estarás haciendo mal…, y si no haces esta postura, no llegas al orgasmo, o si no tienes ganas siempre, algo falla. Nadie lo vive así, pero la presión la tienes encima”.

El sexo importa mucho

No parece que exageren en el retrato ambiental: “Si tu vida sexual va bien, lo demás no importa”; “Lo que debes decirle para tener el mejor sexo oral de tu vida”; “Cuatro trucos infalibles para que ella alcance el orgasmo”… Estas frases no están sacadas de una página de contactos, sino de anuncios y titulares publicados en los principales medios españoles.

Y claro, semejante bombardeo hace mella en los matrimonios, católicos o no. Nieves González Rico, máster en Sexología y directora de Centro de Atención Integral a la Familia (CAIF) de la Universidad Francisco de Vitoria, sabe, por lo que ve en consulta, que “la sociedad vende una imagen idealizada y falsa de la relación sexual que hace mucho daño, porque, al compararla con nuestra realidad limitada, surgen las preguntas: ¿Por qué no deseo como imagino que debo desear? ¿Acaso no amo? ¿Por qué mi cónyuge no me busca?”.

En realidad, esta visión irreal parte de una premisa cierta: la relación sexual es vital para los esposos; más aún, es parte constitutiva del amor conyugal, porque es lo que diferencia el amor entre los cónyuges de cualquier otro amor. “Hay muchos bienes –explica la doctora– que como matrimonio estamos llamados a compartir con otros: el tiempo, el dinero, la casa… pero hay un bien exclusivo de los esposos que es la intimidad conyugal, y que se compone de sentimientos, pensamientos, confidencias, y una entrega física plena a nivel sexual”.

Ya no es un tabú

Inconformes con la propuesta que la sociedad les ofrece, pero conscientes de la importancia del sexo, cada vez son más los matrimonios de todas las edades que buscan vivir su intimidad de un modo pleno. Matrimonios como Sara y Alejandro, que el pasado mayo acudieron a una ITV matrimonial sobre sexualidad, organizada por el COF de Las Rozas (Madrid). “La gente dice que la Iglesia está obsesionada con el sexo, pero es la sociedad la que lo está –afirman–.

Llevamos veinte años juntos y en ningún sitio nos han hablado de estos temas con la claridad, hondura, verdad y belleza con que lo hace la Iglesia”. Por eso rechazan el cliché de que para los católicos el sexo es un tabú: “Al contrario: antes parecía mal hablar de sexo, porque era algo tan íntimo que exponerlo en público escandalizaba; pero ahora la sexualidad está tan deformada que la propuesta de la Iglesia llena de esperanza, realismo, buen humor y placer a quienes la vivimos”.

Ahora bien, si el sexo es tan importante es justo porque la relación conyugal no se reduce a lo que ocurre bajo las sábanas. Como señala Javier Vidal-Quadras, presidente de la asociación de orientación familiar FERT, “el sexo tiene mucha importancia en un matrimonio, pero no más, ni menos, que el resto de dimensiones de la persona”.

Como recuerda, “somos cuerpo y alma, y nuestra única manera de amar cabalmente es entregando y recibiendo todo lo que somos: sexualidad, afectividad, memoria, inteligencia, voluntad…Todas las dimensiones de nuestro ser han de ponerse al servicio del amor, y no al revés”.

  • “La sexualidad está tan deformado que la propuesta de la Iglesia llena de esperanza, realismo, buen humor y placer a quienes la vivimos”

De calidad y sin miedo

Pero, ¿cómo se vive bien la sexualidad conyugal?; ¿depende la calidad de una relación solo de la frecuencia e intensidad? Aunque todo ello influye y no es secundario, “la calidad de una relación sexual se mide, en primer lugar, por el respeto”, afirma Vidal-Quadras, autor también de Amar se escribe contigo (EIUNSA, 2016), entre otras obras. Y lo explica así: “Cuando entregas el cuerpo con el sí definitivo del matrimonio, el pudor que antes te protegía de ser contemplado como mero objeto de placer, se diluye ante tu cónyuge y se transforma en delicadeza”.

¿Es esto sinónimo de mojigatería, represión o monotonía? En absoluto: “A partir de ese punto, respetando la finalidad de los órganos sexuales y la complementariedad femenina y masculina, cada matrimonio ha de encontrar su camino, sin miedo a disfrutar al máximo de la relación sexual, con la frecuencia, intensidad y diversidad que les una con mayor fuerza”.

Tras diez años de matrimonio, Eva y Carlos traducen las palabras del experto con el diccionario de la experiencia: “Para nosotros, lo que hace que una relación sexual sea de calidad es la entrega íntima que ponemos en juego. Desde un punto de vista físico, a veces disfrutas más porque el entorno lo facilita, estás más receptivo, o el otro está más acertado, y a veces disfrutas menos porque estás cansado, menos sensible o el otro no hace lo que esperabas”.

Sin embargo, “cuando eres consciente de que el otro te está dando lo más íntimo que tiene; que te acoge en tu imperfección, te quiere y te desea tal y como eres; que le gustas aunque tengas tripa, la relación sexual es una experiencia impresionante”, dice Carlos.

Y lo curioso es que “en los días en que físicamente la relación no es una pasada, al darte cuenta de todo eso, acabas por disfrutarlo más”, apunta Eva.

Y concluyen: “Cuanto más corazón pones, incluso aunque no te apetezca mucho ese día, sacas fuerzas para unirte con una complicidad preciosa”.

  • “Cada matrimonio ha de encontrar su camino, sin miedo a disfrutar al máximo de la relación sexual, con la frecuencia e intensidad que les una con mayor fuerza”

El camino al placer

Para avanzar por este camino de intimidad, los expertos recomiendan tomarse al pie de la letra la expresión “hacer el amor”: aunque los arrebatos de pasión están bien de forma ocasional, conviene cuidar las condiciones para que surjan la unidad y el gozo, sin fiarlo todo al “aquí te pillo, aquí te mato”.

A la noche le precede el día. “Para que surja el placer –asegura González Rico– se necesita un recorrido que es preciso conocer y cuidar con paciencia y delicadeza: buscar momentos en que no se esté muy cansado, cuidar la estética (ducha o baño previos, aceites para masaje, belleza del ambiente…) y descubrir con calma el cuerpo de la persona amada, a través de los besos y las caricias (esencial en la mujer, ya que su respuesta sexual es más lenta), sin precipitar el coito”.

La directora del CAIF, que es también especialista en Pastoral Familiar por el Pontificio Instituto Juan Pablo II, destaca que “es importante tener iniciativa, buscarse y citarse. El placer es un regalo de Dios y está llamado a ir de la mano del gozo, esa alegría profunda que nace al saber que el abrazo es a toda mi persona. Y como momento sagrado que es dentro de la vida matrimonial, encierra una liturgia que hay que cuidar”.

María y Javi lo explican a su modo: “Como nos dijo un amigo cura, la relación sexual del fin de semana empieza el lunes con el primer beso de la mañana. No importa cuidar solo los preliminares de la relación, sino ser cariñosos el resto del tiempo: mandar un mensaje si el otro está agobiado, buscar ratos para hablar de todo aunque sea mientras doblas la ropa…”

Orgasmo, unión con Dios

Hablar de “liturgia” y de “regalo de Dios” para referirse al sexo no es una metáfora. Autores como el polaco Ksawery KnotzEl sexo que no conoces (Planeta, 2010)– o el francés Yves Semen La espiritualidad conyugal según Juan Pablo II (Desclée De Brouwer, 2011)– apuntan que el propio san Juan Pablo II explicó en sus catequesis sobre la Teología del Cuerpo que el orgasmo es una suerte de éxtasis místico, en el que los esposos se unen entre sí y a Dios, por expreso deseo divino y a ejemplo de la Trinidad.

Ya lo había dicho Pío XII en 1951, en una cita que recoge el Catecismo: “El Creador hizo que los cónyuges, durante la conjunta y plena entrega física, experimenten placer y felicidad corporal y espiritual, y por tanto, cuando buscan y dan uso a este placer, no están haciendo nada malo, tan solo aprovechan algo que les fue dado por el Creador”.

Conscientes de toda esta riqueza, Eva y Carlos lo sintetizan así: “En estos años hemos vivido momentos diferentes y, a veces, nos hemos alejado de la propuesta de la Iglesia, cosa nos ha pasado factura. Por eso somos conscientes de que el sexo es un camino de santidad. Si dejamos a Dios al margen de la vida sexual, no solo se empobrece el sexo, sino todo el matrimonio. No es que Dios nos espíe, sino que sabemos que en la cama podemos optar: o somos la simple unión de dos cuerpos con algo de cariño o somos la unión de dos personas completas que se dan por entero. Al amarnos, abrazamos nuestros cuerpos con toda nuestra alma, y por eso estamos abrazando el plan de Dios para cada uno y para los dos como matrimonio”.

Y concluyen: “Al vivir el sexo como cosa de tres, nosotros dos y Dios, los católicos disfrutamos mucho más del sexo que el resto de la gente”.

Me arreglo para ti

El cuidado personal es una de las claves de la sexualidad conyugal. No es cuestión de machacarse en el gimnasio o vestir de etiqueta en casa, pero tampoco se trata solo de no abandonarse. Como explica Javier Vidal-Quadras, “la entrega de mi cuerpo me impone estar en las mejores condiciones posibles, según mi naturaleza, en lo espiritual y en lo corporal”.

Es decir, tener presente que en el día a día, y no solo en ocasiones especiales, uno se arregla para su cónyuge más que para nadie, cuidando la ropa de estar por casa, la higiene, la salud y el aspecto físico: “Nadie tiene derecho a abandonarse.

El amor me exige hacerme cada día más amable en todos los aspectos de mi personalidad, es decir, más susceptible de ser amado, más atractivo como persona, en todos los sentidos”, concluye.

Tres altares en casa

El franciscano polaco Ksawery Knotz es doctor en Teología Pastoral y autor de numerosos libros de espiritualidad conyugal. Basándose en la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II, y tras décadas acompañando a cientos de matrimonios, ha acuñado la teoría de los tres altares, que reflejó en su obra El sexo que no conoces (Planeta, 2010), y hoy se transmite en retiros matrimoniales y cursos de novios de todo el mundo.

Según Knotz, el matrimonio tiene una espiritualidad propia que une a los esposos entre sí y a Jesucristo, y que deben cuidar a través de tres “altares domésticos”:

Altar de la oración. En él, los esposos “construyen los lazos con Cristo, le invitan a ser partícipe de los asuntos que viven y, gracias a la oración personal y conjunta, celebran su presencia entre ellos”. Su símbolo es un pequeño altar (en un rincón, una mesita…) ante el que rezan unidos.

Altar del compartir. Los esposos “construyen los lazos conversando sobre los asuntos de su vida en común. Simboliza la preocupación de que el trabajo fuera de casa no distancie a la pareja”. Su símbolo es la mesa del comedor, donde se habla y se comparten los alimentos.

Altar del obsequio. Los cónyuges construyen aquí su unión más íntima y genuina, “compartiendo el amor y el placer, mediante las relaciones sexuales. En este altar, colaboran con el Dios creador”. Su símbolo es el lecho conyugal.

La castidad no es un no

Uno de los principales escollos que encuentran muchos matrimonios es cómo vivir una sexualidad abierta a la vida, sin usar métodos anticonceptivos. Javier Vidal-Quadras, le da la vuelta a la percepción de que la castidad conyugal supone un “No” al sexo: “Los actos propios de la castidad matrimonial son positivos. Se trata de fomentar con mi mujer o marido todo lo que he de evitar con otros: el tiempo, la atención, las llamadas, las caricias…”.

Así, cuando un matrimonio utiliza métodos naturales para reconocer sus días fértiles y se abstiene de mantener relaciones en ese tiempo, no hace una mera renuncia, sino que “prepara y dispone la próxima relación sexual, para que sea más rica y plena”.

No son teorías. María y Borja, casados en 2015 y con una hija de un año, conocen la verdad de estas palabras. “Aunque hoy pueda verse como antinatural no usar preservativo, no hay nada más natural que la unión física de los esposos sin barreras plásticas. Si lo piensas, usar un condón sí que es antinatural; si no, ¿por qué los fabricantes se empeñan en hacerlos ‘cada vez más finos’?”, comentan.

Vivieron su noviazgo en castidad aunque, en el pasado y con otras parejas, no siempre lo hicieron así. Por eso, María asegura que “no usar preservativo supone amarse y disfrutar del sexo de manera total.

Además, nos ayuda a no ser ‘esclavos de nuestros instintos’ (somos mucho más que las ganas de acostarnos), y a que después de una bronca, no busquemos reconciliarnos en la cama (solamente), sino que vivir nuestra relación sin barreras nos obliga a hablar y a expresar nuestro amor de mil maneras”.

“Como católicos –apunta Borja– nos fiamos de Dios , y si digo que me fío… ¡pues me fio! El Señor también nos ha dado inteligencia y voluntad para una paternidad responsable (¡ojo! no digo “confortable”), y como Dios está más empeñado en nuestra felicidad que nosotros mismos, nos dará la familia que más nos ayude a acercarnos mutuamente a Él”.

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