Las buenas formas son un valor en alza en el mundo empresarial, por ser, al mismo tiempo, cada vez más difíciles de encontrar en la sociedad. Sin embargo, los expertos afirman que ser educado beneficia a la persona y a todo su entorno.

Por José Antonio Méndez

Rebautizados como soft skills o habilidades blandas, los buenos modales están de moda. Al menos, en el mundo de la empresa: cada vez son más las escuelas de negocio que incluyen en sus másters formación en buenas maneras; multinacionales de los recursos humanos como Randstad han publicado estudios que demuestran que son cruciales en los procesos de selección; e, incluso, la red social LinkedIn ha analizado lo mucho que influye la buena educación para alcanzar el éxito profesional.
Pero este auge esconde una cara B: si cada vez más adultos requieren de formación específica para comportarse con pulcritud, es porque en el día a día los buenos modales están en retroceso. 
Natural no es soez
Tal como lo explica Sheila Liberal, exper­ta en protocolo y vicedecana de Investigación en la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), “la sociedad se ha vuelto más relajada en cuanto a las formas, en un afán por reivindicar el concepto de naturalidad que tanto se ensalza. Los modales ya no son parte importante en la educación de los niños, y la consecuencia son adultos carentes de buenas formas. 
Por eso, los buenos modales son cada día más valorados en las empresas e, incluso, para seleccionar a sus empleados para desempeñar determinados puestos realizan pruebas que requieren afrontar una comida de trabajo”. 
Juan Narbona, experto en comunicación corporativa y autor de El libro joven de la gente con clase (RIALP, 2015), señala para Misión que “aunque la fragilidad de muchas familias –que es donde se aprenden las buenas maneras– y una cultura popular más pobre –basta encender la televisión– ha llevado a la pérdida del respeto por los demás y por uno mismo, hay un mínimo de buenas maneras que serán siempre necesarias y hay que rescatar”, no solo porque ayuden a encontrar trabajo, sino porque “benefician, primero, a quien las vive: la elegancia es, ante todo, una cualidad del alma y, por ejemplo, no asearse bien perjudica a quien no lo hace, porque el sucio se desprecia a sí mismo”.
Según Narbona, “con pequeños gestos podemos demostrarnos capaces de cosas grandes”, y propone “incorporar dos o tres buenos modales durante una temporada, como ceder el paso a una persona ante una puerta, comer sin acercarse demasiado al plato, mantener una conversación divertida sin recurrir a los tacos, no mirar el teléfono cuando nos hablan, dar las gracias por pequeños favores, o saludar al llegar y despedirse al irse”. Con ello, “descubrimos nuestra propia identidad y se mejora la convivencia”.  
Y aunque las circunstancias varíen y la confianza permita cierta relajación, “los buenos modales deben ir con la persona, no con la situación, pues las personas educadas lo son siempre, en el ámbito privado y en el público, porque forma parte del ser, no solo del estar, y de ese modo se convierten en algo natural”, asegura Liberal.
A fin de cuentas, los buenos modales no son meros convencionalismos “impostados y rígidos” sino que “nos enseñan a pensar en los demás, en sus sentimientos y necesidades, y a situarlos por delante de nosotros mismos”, concluye. 
Ya lo dice el popular refrán castellano: “Educación y buenos modales abren puertas principales”.
Diez claves  para damas y caballeros
Juan Narbona, autor de El libro joven de la gente con clase, y Sheila Liberal, experta en protocolo de la ufv, dan diez pautas de comportamiento imprescindibles para ser una persona bien educada.
Ser puntual o, si se presenta un imprevisto, avisar que se llegará tarde.
Mantener una actitud de escucha: una expresión afable, asentir durante la conversación, no interrumpir y nunca criticar a quien está ausente.
Pedir perdón cuando uno se equivoca y dar las gracias ante cualquier servicio: a la cajera, al camarero, al compañero de oficina, al cónyuge…
Tener una expresión corporal de apertura: no cruzar piernas ni brazos, mantener la sonrisa, no dar la espalda a quienes están a nuestro lado…
Saber esperar: por ejemplo, para revisar nuestro WhatsApp si estamos con alguien más.
Guardar corrección en la indumentaria para cada ocasión: cada evento implica un atuendo específico. Con nuestra forma de vestir, comunicamos la importancia que le damos a ese acto, a las personas que están presentes y a quienes valoran esa ocasión más que nosotros.
Conocer el propio lenguaje: lo que decimos refleja lo que llevamos en el corazón. Muchas palabrotas indican pobreza de valores; el exceso de referencias a uno mismo son muestra de egoísmo.
Evitar comportamientos desagradables y cuidar los modales en la mesa: usar bien los cubiertos y la servilleta, tratar con cortesía a quien sirve, evitar el uso del móvil en la mesa…
Tener control sobre uno mismo: en las comidas, en las discusiones, en el amor, en el deporte… La elegancia exterior expresa la belleza que llevamos dentro.
Ser optimista y reírse de uno mismo. Con expresión positiva y sentido del humor, se gana en humildad.

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