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Cadés-Barnea

Después de mucho tiempo caminando, llegan al fin a su destino. Ese lugar anhelado por el que iniciaron una dura travesía se vislumbra ahora más cerca que nunca. Atrás quedaron aquellos hombres armados hasta los dientes que los usaban como esclavos y que a punto estuvieron de darles alcance a orillas del mar. En esa nueva tierra ya no volverán a pasar hambre ni sed, ni tendrán que seguir vagando de un lado a otro como un pueblo errante.

Por Isis Barajas

Esperan varios días a que unos exploradores les den informes fidedignos de esa tierra que se disponen a conquistar. El lugar es maravilloso, les aseguran, pero lo habitan hombres poderosos a quienes nunca –piensan ellos– lograrán doblegar. 

Reunidos en Cadés-Barnea, en el linde de la Tierra Prometida, el pueblo de Israel se niega a entrar a ese vergel que mana leche y miel. Decide nombrar un jefe para volver al desierto rumbo de nuevo a Egipto, a la seguridad de aquellas tristes cebollas y de sus ya conocidas esclavitudes.

El pueblo ya no sabe ser libre. Duda, desconfía de ese YHWH que no ha dejado de obrar prodigios a lo largo de su historia y cuya promesa de una vida grande se queda ahora orillada para toda esa generación.

Dice la profesora de Sagrada Escritura Sonia Ortega que Cadés-Barnea no es sólo un lugar histórico, es sobre todo un lugar teológico: “Todos tenemos un Cadés-Barnea en nuestra vida. Dios en un momento determinado nos enseña un plan de vida y nosotros tenemos que decidir libremente si lo acogemos”.

Es quizá una vocación a la que nos resistimos, un don que por miedo buscamos enterrar o una situación donde temibles gigantes no nos dejan ver el brillo del sol que se esconde detrás. 

“El talento, en sentido cristiano, es más bien un encargo, una llamada a meterse en tierra enemiga”

Antes pensaba erróneamente que el talento es algo que se realiza con cierta facilidad. Diría ahora que el talento, en sentido cristiano, es más bien un encargo, una llamada personal a meterse en tierra enemiga, donde nos acechan guerreros más grandes que nosotros y donde nos adentramos acompañados por nuestros propios miedos, fragilidades y limitaciones.

Poner en juego ese don, esa vocación personal, se torna intolerable, casi suicida, si no fuera porque antes se ha recibido una promesa de plenitud. La promesa nos abre a una relación de confianza con otro, que desea hacernos receptores de un don que sólo él nos puede proveer. La dificultad está en que a veces la promesa choca con nuestro proyecto, ese que parte de nosotros mismos y de nuestras propias capacidades para alcanzarlo. 

Matar a los amalecitas, cananeos y otros pueblos aterradores no entraba en los planes de los israelitas, por lo que, obviando la promesa de Dios, perdieron el sentido último de su destino.

“El viajero que franquee su montaña siguiendo la dirección de una estrella, si se deja absorber demasiado por los problemas de la escalada, se arriesga a olvidar cuál es la estrella que lo guía. Si no obra más que por obrar, no irá a ninguna parte”, dirá Antoine de Saint-Exupéry en Carta a un rehén.

El cumplimiento de la promesa requiere no sólo de confianza en aquel que nos la hace, sino de sacrificio y de una disposición libre del corazón. Por eso, Karol Wojtyla resaltaría que “el hombre madura porque se da cuenta de que el verdadero bien es difícil, de que se alcanza con un esfuerzo, con un sacrificio, y de que el precio que el hombre pague por ese bien determina su grandeza”.

Quid hoc ad aeternitatem? es una pregunta que ha marcado la vida de muchos santos. Porque quizá todos esos obstáculos humanamente insalvables pueden dar un giro radical con una simple pregunta: ¿De qué sirve esto a la luz de la eternidad?  

Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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