Familia cantando

Cantar en familia: «Lo importante no es cantar bien, sino cantar juntos»

Leer Educar a través de la música (Didaskalos, 2019) es darse cuenta de que en la familia (y en el colegio, y en el trabajo) ya no se canta como antes. Y eso que “el hombre está hecho para cantar”, explica a Misión uno de los autores, Juan Antonio Granados, licenciado en Teología, Psicopedagogía y Magisterio, y director del colegio Stella Maris La Gavia. “¡Necesitamos que la música vuelva a resonar con fuerza entre las paredes de las casas y de los colegios!”, reclama.
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Por Isabel Molina Estrada

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

¿Por qué hoy cantamos tan poco?
Al pasar por lugares de trabajo común (una obra, Correos, el puerto), a Chesterton le sorprendió comprobar que cada vez se cantaba menos. Hasta que se dejó de cantar. Porque, en cierto modo, se dejó de trabajar en comunión. El trabajo individualista insemina una prisa y ansiedad por llegar rápido a un resultado. Poco importa el camino. El canto estorba, carece de sentido. Cantar es reconocer que en nuestro obrar común hay algo más grande que uno mismo y su resultado.

¿Qué más nos descubre la ausencia del canto en nuestro día a día?
¡La necesidad de recuperar la alegría del bien de la comunión! Hoy se canta poco (el canto tribal de los estadios, el conocido canto eclesial…) porque se vive con poco impulso el bien de la comunión. En el canto hay un encuentro fecundo, hay un desplegarse juntos en el que surge una belleza que no se puede imaginar en solitario. Esa sobreabundancia nos llena de alegría, pues reconocemos que en la vida hay más de lo que aparece.

¿Así que anima a redescubrir el gusto por cantar?
Necesitamos cantar. El gusto viene después. A veces no cantamos porque esperamos “sentirnos bien” para cantar. Pero sucede al revés: canta y reconocerás la belleza de la concordia. Como aquel que actuando como un marido enamorado, poniendo empeño en darse a su mujer, se volvió a enamorar de ella. Y alegrándote por el canto recrearás una música nueva.

¿Qué otros aspectos abarca el canto?
Cuando hablamos del canto incluimos también formas rítmicas y musicales del lenguaje. ¡El hablar tiene musicalidad, y es clave descubrirla! Una poesía bien leída o declamada, un relato con tonos distintos según personajes, una obra de teatro… Es la práctica de lo que se llama prosodia, el ritmo musical y envolvente de la prosa, que todo educador debe poner en práctica. Por eso no se trata de dar más horas de música como asignatura en los colegios (lo cual tampoco estaría mal), sino de introducir la música como forma de transmisión pedagógica que nos ayuda a asimilar la realidad.

¿Qué tienen que entender los padres para animarse a cantar en familia?
El canto es un don que trae luz a la familia. Por un lado descubre un afecto común: cantamos porque nos ha sucedido algo juntos. Algo que nos rebosa y que tiene que expresarse con algo más que palabras: ¡con canto! Y por otro lado, permite que este afecto cree una memoria afectiva que nos ayuda a ordenar los deseos.

¿Una memoria de qué?
De un cumpleaños, de un aniversario, de los villancicos en Navidad, de los cantos a la Virgen en mayo… Todos esos momentos configuran un universo de afectos que llaman a la familia a actuar junta. El canto educa la alianza. En el “nosotros”, cada protagonista entiende su papel y se vincula.

¿Y cómo podemos elegir los cantos?
Hay que apuntar al canto noble y no “a lo que salga”. Por nobleza entiendo la verdad del amor en la vida. Pero en esencia se puede aplicar al canto el principio de la lectura: de por sí es bueno cantar por cantar, porque nos pone “en camino”. Por ejemplo, podemos cantar esa música popular y folclórica que sin avasallar acompaña, como ambiente, el encuentro.

¿Deben expresar algo las canciones?
La letra y la música han de ir de la mano y expresar una verdad de vida: el amor a la tierra, a la creación, a la cultura; evocar a la familia; expresar gozo por un evento… También hay cantos que aparecen al hacer labores juntos, o al caminar hacia una meta.

¿Qué espacio dar a la música clásica?
La música clásica tiene una fuerza educativa tremenda. Generar el gusto por ella requiere inteligencia y paciencia. Nos puede acompañar de fondo en ciertas actividades, en viajes… Y a cierta edad, conviene introducir el gusto por algún instrumento o hacer una visita al auditorio para escuchar esta música en vivo.

Algunos padres podrían animarse a cantar, pero saben que no cantan bien. ¿Qué les recomienda?
Lo más importante del canto no es cantar bien, sino cantar juntos, con otros. Lo cual requiere, ciertamente, ir aprendiendo a no desafinar en demasía, que todo se aprende en la vida… Y al cantar con otros, con paciencia y tesón, va surgiendo el afinamiento (sin pretensión de llegar a ser Plácido Domingo). ¡Ningún hincha deja de cantar por desafinar, porque le sale del alma y así ayuda a su equipo! Entender esto y todos los bienes que se pueden dar en cascada por el solo hecho de cantar juntos nos quita el miedo, y transforma, con humor, al “desafinante”.

5 bondades del canto para la vida en familia

  1. El canto trae el aroma de la confianza. En un ambiente donde se canta uno puede confiarse. Al cantar juntos algo que nos aúna, se dilata la pertenencia a una familia que me recuerda un origen y un destino grandes. ¡El canto genera ambiente!
  2. El canto centra el afecto. Cantar trae una risa o una lágrima, ambas frutos preciosos de un gozo o una pena compartidos. Y así ayudará siempre a ese corazón a recordar que no sufre ni goza solo, ni para sí mismo.
  3. El canto es el tono de uno y de otro. Hasta el abuelo o el recién llegado ponen su nota, como hace un instrumento en la orquesta, o un solo, o una voz que se despliega.
  4. El canto es presencia real. Cantar es “cantar victoria” de las redes humanas sobre las virtuales. Vence la presencia, aunque sea “desafinada”.
  5. Cantar convoca la vida. Sabo­re­ar una pasta, un brindis o un baile improvisado son buenos compañeros del canto (“cantar y yantar, todo es empezar”).

RECOMENDACIONES PARA DESPERTAR EL CANTO
Juan Antonio Granados
advierte de que la pérdida de la poesía o de la prosa entonada ha producido una merma en la sensibilidad de los jóvenes. Una especie de “analfabetismo afectivo”. Para despertarlo, recomienda leer poesía y libros “con música”, y ver cine musical.

Leer libros “con música”: “Todo gran relato tiene música inserta en forma de cantos, poesías o prosa rítmica. Recomiendo relatos inmortales como los Salmos bíblicos, que son todos cantos; El Silmarillion de Tolkien, Las Crónicas de Narnia de Lewis; las tragedias rítmicas de Shakespeare; las obras de Calderón de la Barca”.

Ver cine musical: “Ayuda a comprender la música y el canto como un lenguaje que educa el afecto. Para los más jóvenes: Sonrisas y lágrimas, Mary Poppins, La flauta mágica o El príncipe de Egipto. Para los mayores: Los miserables, El violinista en el tejado…”.

Leer poesía: “Para despertar la capacidad de captar y expresar la belleza de las cosas, ¡esa música que las cosas tienen! Desde las Fábulas de Samaniego o Perrault, hasta buenas adaptaciones de las grandes epopeyas como La Odisea, el Cantar de mio Cid y El Romancero, tan nuestro”.

Películas que afrontan el drama de la música: “Por ejemplo, Los chicos del coro, por el elemento regenerador de la música; o Whiplash, por el drama y la grandeza que conlleva la música. En ambas la figura del maestro es correlativa al crecimiento del alumno”.

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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