Por Isabel Molina Estrada
¿Cuál es su diagnóstico de la generación de adolescentes que le está llegando a la consulta?
Adolescentes que están pidiendo ayuda a gritos a través de la ansiedad, la depresión, la anorexia, la bulimia o los trastornos dismórficos corporales. Es una generación profundamente sola. Creen estar hiperconectados, pero esa hiperconexión digital los lleva a tener cero conexión real; y, como tienen un smartphone, muchos padres asumen que ya son mayores y los dejan solos. Veo también mucha crisis de identidad –¿quién soy? ¿qué está permitido y qué no?…– influenciada por el algoritmo, que les impone deseos irreales y erosionan su autoestima.
¿Cómo han evolucionado los trastornos alimenticios en los últimos años?
Han ido en aumento. Hay un nuevo trastorno, el dismórfico corporal, ya que desde temprana edad los adolescentes han estado viendo en las redes cuerpos idealizados –sin cicatrices, con filtros–. Cuando su propio cuerpo cambia, en contra de esa perfección (vello, acné…) comienzan a desarrollar una distorsión entre cómo se ven, cómo quisieran verse y cómo creen que los ven los demás.
¿Qué vínculo hay entre la alimentación y la salud mental del adolescente?
Lo primero que debemos comprender es que el cerebro y el intestino están directamente conectados por varias vías, como el nervio vago. Y hoy -sabemos que hay cierto tipo de alimentos, principalmente ultraprocesados y altos en azúcar, que son muy tóxicos. Por ejemplo, con los colorantes y los aditivos la microbiota intestinal se inflama. Cuando yo me golpeo un brazo, sufro una inflamación natural sana. El problema surge cuando consumo demasiados aditivos: aunque a corto plazo me sienta bien y tienda a buscar más de esos alimentos, se produce una inflamación de bajo grado, es decir, una inflamación sostenida en el tiempo que va dañando la microbiota intestinal y puede extenderse a otros órganos.
“Los alimentos ultraprocesados y altos en azúcar generan producen una inflamación de bajo grado, es decir, una inflamación sostenida en el tiempo, va dañando la microbiota intestinal y puede extenderse a otros órganos”
¿Qué efectos tiene esa inflamación de bajo grado en la salud mental?
Para hacerlo sencillo, el ultraprocesado es todo alimento que contenga harinas blancas, grasas vegetales y algún tipo de azúcar agregado. Además, contendrá colorantes, aditivos o potenciadores del sabor. Cuando consumimos estos alimentos, el organismo los identifica como dañinos y genera picos abruptos de insulina, una hormona maestra que influye en otras, como las sexuales (de ahí que observemos casos de pubertad precoz y diversas alteraciones hormonales). También genera grandes cantidades de cortisol, que es muy tóxico; y altos niveles de dopamina, que activa las mismas zonas del cerebro que el consumo de drogas. Todo contribuye a que los adolescentes sean hoy la población con mayor cantidad de enfermedades mentales y con muchas enfermedades inflamatorias (itis): dermatitis, colitis, gastroenteritis, como consecuencia de esa inflamación de bajo grado.
¿Por dónde comenzar a corregir esta nutrición altamente inflamatoria?
Si me preguntas por dónde empezar, diría que la prioridad es aumentar de forma intencional el consumo de omega 3, animal y vegetal: salmón, atún, sardinas, aceite de oliva, aguacate, nueces, chía, linaza… Ya que produce esa especie de “miel” que recubre las neuronas y hace que se comuniquen más rápido unas con otras. Esta grasa esencial no la producimos solos, la tenemos que consumir, y en la adolescencia su aporte es especialmente crucial.
¿Algo más que deban tomar?
¡Agua! El otro 40 % del cerebro es agua, no zumo, ni energizantes, ni café. El agua es crítica y vital. Además, conviene buscar alimentos con prebióticos y probióticos; consumir muchos vegetales; moderar la fruta (que se convierte en glucosa y nos da el mismo pico de azúcar); y priorizar las fuentes de proteína vegetal y animal: carne, pescado, huevo, garbanzos, lentejas…
¿Qué está pasando con el sueño de los adolescentes?
Hoy es un problema de salud pública de alcance mundial. El cronotipo del sueño infantil, tipo alondra –se acuestan y se levantan con el sol–, cambia en la adolescencia hacia un patrón tipo búho. A partir de los 10 años la presión del sueño llega más tarde. Un adolescente sano de 14 años que no está expuesto a pantallas, si antes se dormía a las 21:00 terminaría durmiéndose alrededor de las 22:30 p.m. Pero si usa pantalla, no tendrá sueño hasta dos horas después de dejarlas porque la luz azul del dispositivo le indica al núcleo supraquiasmático del cerebro que “todavía es de día”, y el cerebro producirá cortisol para mantenerlo despierto. En cambio, si le doy un libro se dormirá a su hora.
“La luz azul de las pantallas hace que el cerebro crea que todavía es de día y produzca cortisol para mantenerse despierto, por eso el adolescente no tendrá sueño hasta dos horas después de dejarlas”
¿El déficit de sueño acarrea peligros?
El sueño es crítico para la salud mental del adolescente. Durante el sueño, el cerebro se limpia de toxinas a través del sistema linfático. Si no logro limpiarlas, la acumulación de toxinas puede desencadenar enfermedades mentales. Hay estudios que demuestran que un adolescente puede llegar a pensamientos suicidas tras sólo una semana de mal dormir. Además, si en lugar de dormir 9-10 horas, duerme 7-8, el riesgo de ansiedad y depresión incrementa entre un 35 y un 40 %. Dormir mal también influye en el metabolismo: basta una sola noche de mal descanso para que al día siguiente el cerebro busque entre 300 y 400 calorías extra. Esto se relaciona con mayor riesgo de sobrepeso, diabetes, prediabetes y desbalance metabólico. Tenemos que ayudar al cerebro adolescente a que tenga sueño a su hora.
¿Cómo les afecta el sedentarismo por el constante uso de pantallas?
Las pantallas tienen un impacto en muchas áreas: miopía, pubertad precoz, retraso en el desarrollo del lenguaje y en habilidades sociales… Pero es más dañino lo que deja de hacer por estar frente a pantallas porque el movimiento es una necesidad biológica. Hay conexiones que ocurren en el cerebro cuando nos movemos y estas ayudan a otros procesos vinculados con la salud mental.
¿Por dónde abordar tantos retos?
Puestos a elegir, diría que hay que educarse en el gran desafío actual: las pantallas. La crianza cambió por completo con las pantallas, que están afectando el sueño, la alimentación, el estrés, la socialización y el vínculo con los padres. Los padres no pueden pretender que si le dan las llaves de un coche a su hijo de 18 años él sepa conducir. Imposible. Igual con el móvil: no pueden pretender que a los 14 años su hijo sepa usarlo. Cuando le doy un móvil a un adolescente, tengo que firmar con él un contrato: el dispositivo es suyo, pero yo tengo un control parental, y acceso ocasional para supervisarlo. Tenemos que guiar su uso.
”La crianza cambió por completo con las pantallas, que están afectando el sueño, la alimentación, el estrés, la socialización y el vínculo con los padres”
¿Qué más recomienda?
No dar teléfonos con acceso a internet antes de los 14 años, ni acceso a redes sociales antes de los 16. Tener una actitud más proactiva, como ir al colegio y pedir que saquen los móviles de las aulas. Interesarse por las cosas de los hijos y ayudarles a encontrar el propósito de su vida lejos de las pantallas. Esto sólo se hace con observación, convivencia y diálogo. Los adolescentes necesitan padres presentes, bien informados, y poniendo límites claros.
¿Cómo le gustaría concluir?
Que se queden con la idea de que los adolescentes no son adultos; su cerebro estará en desarrollo hasta los 25-30 años. Y que nunca es tarde para hacer pequeños cambios que propicien la salud mental: si mi hijo duerme con el móvil, se lo sacaré de su habitación; si compro demasiados productos ultraprocesados, de cada cinco empezaré por eliminar dos. Todo mínimo cambio tiene un impacto positivo a corto, medio y largo plazo en su salud.
4 señales de alerta
Carina Castro destaca cuatro indicadores de que un adolescente está pidiendo ayuda:
1. Falta de sueño. “Es la primera señal de alerta. Atención si ya eliminé pantalla y quité distractores, y aun así lo escucho deambulando por las noches”.
2. Malos hábitos alimenticios. “Si empieza a comer demasiado o deja de comer del todo. Ahí podemos apuntar a ansiedad o a un trastorno alimenticio”.
3. No quiere socializar con sus amigos. “No nos engañemos: el adolescente tiene que salir, hacer actividad física, estar con sus amigos. Socializar desde su habitación no es socializar”.
4. Nunca quiere estar con sus padres. “Creemos que es normal, porque en esta etapa prioriza a sus amigos, pero hay momentos en los que busca a sus padres, aunque sea de forma peculiar. Tal vez se siente a nuestro lado y nos pongan las piernas encima… Esa es su manera de decirnos que nos necesita”.
Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





