Católicos a prueba de nubarrones

Si tus creencias te hacen ir contracorriente, si expresas una opinión políticamente incorrecta, te acusan de sembrar discordia… ¿Qué hacer?
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Por José Antonio Méndez 

Un alud de cambios sociales está creando un escenario donde un católico no suele ser bienvenido. La política y la cultura de masas parecen cada vez más alejadas de la visión del mundo y de la persona que nace del Evangelio. Parece que a nadie le importa. ¿Qué puede hacer un católico en este contexto, si es que puede hacer algo? 

El “plan” de acción

“Ante esas circunstancias, la respuesta de los católicos no es uniforme: algunos reaccionan reafirmándose en su fe y en su compromiso, otros se retraen porque tienen demasiados líos en su vida (y porque la fe no es una realidad fuerte para ellos), y otros muchos dudan y no acaban de asumir una postura clara. Y no es de extrañar, porque la situación es confusa”, explica para Misión Yago de la Cierva, experto en comunicación corporativa y eclesial, y coautor del exitoso libro ‘Cómo defender la fe sin levantar la voz’ (Palabra, 2016) junto a los periodistas Jack Valero y Austen Ivereigh. La pregunta surge de inmediato: en este contexto, ¿qué puede hacer un católico, si es que puede hacer algo?

Tres ejes de transformación

“Ante situaciones difíciles no se pueden negar los hechos ni pensar que nada podemos hacer, porque siempre podemos hacer mucho”, afirma De la Cierva. E indica que es un camino que se construye sobre tres ejes: la oración, la acción y la formación. O lo que es lo mismo, de lo cercano a la transformación social: “La respuesta de los católicos ha de basarse, primero, en una fe que da esperanza y mueve montañas. La fe no puede ser solo unas prácticas ascéticas o de piedad, sino un modo de vivir que responde a la realidad de que Jesús existe y nos ha redimido”.

Cuando la vivencia de la fe se convierte en una relación personal con Cristo a través de la oración diaria y la vida de sacramentos, “se manifiesta en cómo trabajamos, cómo pagamos impuestos, cómo cuidamos la naturaleza…”. Y no solo eso, sino que descubriremos cuál es el verdadero enemigo a combatir.

Enemigos que no imaginabas

“El enemigo de la conversión es el deseo de derrotar al adversario. Rivalidades, vencedores y vencidos, nosotros y ellos, son categorías mundanas. Jesús nos enseña un camino distinto. El Evangelio muestra que, a pesar de que le acosaban y atacaban, Jesús nunca respondió con violencia ni reaccionó con victimismo, sino que permaneció firme en el amor. Sé lo que representas, recuerda a quién representas”, señala el libro Cómo defender la fe sin levantar la voz.

De este modo, la oración da paso a la acción: “La principal resistencia –explica De la Cierva– está en la vida personal, en la vida de la propia familia y en la vida de las comunidades pequeñas: hemos de implicarnos en la asociación de padres del colegio, el club cultural o deportivo, o la comunidad de vecinos. Si somos fermento donde estamos, ¡claro que hay esperanza!”. Y añade: “El enemigo no son tanto los ataques externos como la frecuente inconsistencia o incoherencia de nuestra fe. El gran adversario de la fe es el católico desnatado”.

Top 4 ideas para defender la fe

En ‘Cómo defender la fe sin levantar la voz’, los autores dan 10 claves muy efectivas para debatir temas polémicos, defendiendo la postura de la Iglesia. Resumimos cuatro:

1. Reformula.

Quien critica a la Iglesia suele defender inconscientemente valores cristianos. Por ejemplo, con la eutanasia se apela a la compasión y a la libertad individual. En vez de pensar en los argumentos a los que te vas a enfrentar, busca los valores a los que apelan y a la ética cristiana (a veces escondida) detrás de su propuesta… y amplía el foco, con los valores cristianos que el otro ignora. Por ejemplo, en la eutanasia: que la dignidad de la persona exige garantizar que el dolor sea paliado; que el Estado debe cuidar la vida de los individuos, no quitársela; que quien esté solo debe ser acompañado y que un enfermo quiere ser libre, sí, pero de dolores.

2. Ojo a los sentimientos.

Las personas no recuerdan qué dijiste, sino qué sintió al escucharte. Tras los temas polémicos suele haber heridas personales. Ser compasivo rompe los prejuicios.

3. Cuenta historias.

La gente prefiere escuchar historias, no clases magistrales. Mejor que hablar en abstracto, pon casos concretos.

4. Mostrar, no convencer.

Se trata de dar testimonio, no de vencer a nadie. No pretendas convertir por la fuerza de tus argumentos (si ocurre, ¡genial!), sino ayudar a entender qué defiende la Iglesia.

Pautas para frenar un entorno agresivo

El trabajo, los vecinos, el colegio… Cualquier escenario cotidiano puede haberse convertido en un entorno en el que cada vez sentimos que todos son más hostiles hacia nosotros a causa de nuestros principios. Lo que suele ocurrir es que, en todo grupo, hay algunas personas que comparten nuestros valores, un pequeño grupo contrario, y una mayoría que prefiere no significarse. Lo más inteligente es reconocer y neutralizar la influencia de las personas hostiles… ¿Cómo? Lo explica para Misión el psicólogo Bernardo Stamateas, autor de los best sellers ‘Gente tóxica’.

  1. Si pocas personas crean mal ambiente por ir contra mis valores, ¿puedo revertir esa espiral? 

En los grupos a veces se establece una lucha de poder que nace de la comparación y la envidia: “No te soporto por tu éxito [tu coherencia, tu felicidad, tu estatus en el grupo…] y necesito destruirlo”. Entonces usan la descalificación. En todo grupo hay tres tipos de personas: los que quieren al líder [o a ti, por los valores que representas], quienes lo detestan y los neutros. La clave está en construir empatía con los neutros, y convencerlos de que quien no persigue el objetivo común [buscar el bien de los niños de la clase, cuidar una amistad, sacar adelante el trabajo con buen ambiente…] no está aportando ningún bien al resto.

  1. ¿Y entonces cómo puedo contra­rrestarlo? 

La gente trata a otros como fue tratada. Quien te agrede te hace saber que fue agredido. Debes enseñar al otro “cómo quiero que me traten” y emplear dos palabras poderosas: “sí” y “no”, es decir, establecer límites que mejoran la relación.

  1. ¿Hay pautas concretas? 

Preguntar más, afirmar menos y abandonar el pensamiento adivinatorio (interpretar comentarios o actitudes del otro). Podemos preguntar: “¿Qué me quieres decir?” o “¿Lo que me estás queriendo decir es…?”. También generar empatía: ponernos “en la piel del otro” para entender por qué ve la vida así, y buscar puntos de conexión. Y a partir de ahí, establecer los límites.

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