Por Juan Antonio Reig Pla
1. Poner a Dios en el centro. Desde el Renacimiento, y con distintas versiones, se ha ido desplazando a Dios de la vida personal, familiar y social. En su lugar se ha colocado al hombre, enfatizando en distintos momentos algunas de sus dimensiones: la entronización de la razón instrumental, la voluntad de poder, el emotivismo, el mero utilitarismo, el hedonismo, etc., hasta promover la autonomía radical del individuo, con una libertad sin nada que la preceda. Este eclipse de Dios ha dejado sin respuesta las cuestiones humanas fundamentales: el origen, el fundamento y la meta del hombre en su dimensión personal, familiar y social. Centrar al hombre y a la sociedad es volverlos a centrar en Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo).
2. Revalorización de la teología de la Creación y de la Redención. Hoy la Iglesia necesita responder a la profunda crisis antropológica que se ha producido en los últimos tiempos. Esta crisis derivada de la cultura de la separación (separación cuerpo-espíritu; varón-mujer; individuo-comunidad, etc.) se manifiesta en los atentados contra la dignidad de toda vida humana (aborto, eutanasia, manipulación de embriones, etc.), en la crisis de la vocación al amor (divorcio, crisis familiares, invierno demográfico, etc.) y en la emergencia de ideologías que conducen a la deconstrucción de lo humano (ideología de género, teoría queer, cyborg, transhumanismo y posthumanismo, etc.). La respuesta a estas ideologías no viene de la llamada “tecno-redención”, sino de la propuesta de una renovada -teología de la Creación y de la Redención en la que el hombre es visto, de nuevo, como imagen de Dios, creado por amor, ordenado por la infinita sabiduría divina y destinado a la vida eterna.
3. Promover la unidad en la Iglesia y en el mundo. Nos referimos a la Iglesia de Cristo y no a una simple organización social. Por eso la unidad eclesial, promovida por el Espíritu Santo, se ha de lograr volviendo los ojos a Cristo y custodiando con fidelidad “el depósito” de la fe, contenido en la sagrada Tradición y en la sagrada Escritura.Sólo la verdad, que es Cristo, puede lograr esta unidad y hacer de la sociedad la familia de los hijos de Dios. Sin afirmar a Dios como Padre, como nos enseñó Cristo, no existe un fundamento absoluto para la fraternidad y la unidad.
4. Nueva evangelización y misión. Teniendo en cuenta que la secularización ha hecho estragos en la sociedad y en la Iglesia, la propuesta del sucesor de San Pedro no puede ser otra que Cristo, Camino, Verdad y Vida, vencedor del pecado y de la muerte por su resurrección. Sin Cristo no hay esperanza (virtud teologal) y ello ha de conducir a una nueva evangelización con ardiente espíritu misionero, anunciando el “kerigma”, teniendo en cuenta “la primacía de la gracia” y dando un nuevo impulso a la Catequesis de “Iniciación Cristiana”. Frente a la cultura de la muerte hay que proponer con humildad y decisión la cultura de la vida, anunciando la resurrección y la vida eterna. Para ello es necesario volver a hablar del Cielo, de la Gloria y de los Novísimos que pasan por el juicio de Dios.
5. Revalorizar la Doctrina Social de la Iglesia. La fe cristiana, centrada en la persona de Cristo, no acaba en la dimensión personal individual, sino que abarca todas las dimensiones humanas: personal, familiar, social, con especial atención a la actividad humana, a los elementos institucionales de la sociedad, la economía, la política, el Estado, las relaciones entre pueblos, etc. Todo ello lo contempla la moral social o Doctrina Social de la Iglesia cuyos principios arrancan de la Realeza de Cristo y del primado de la Creación y Redención. Como León XIII respondió a las circunstancias de su tiempo, el nuevo sucesor de san Pedro tendrá que afrontar los retos de la globalización, de la IA, los dramas de la guerra y de tantas pobrezas y sufrimientos humanos, promoviendo una paz fruto de la justicia, del amor y del perdón.
Que san Miguel y la Santísima Virgen María intercedan por el Papa León XIV.





